Maldita ciudad (José María Fonollosa)

Ojalá que llegara
el fin del mundo esta noche
y esta noche no acaba, no, nunca acaba
maldita ciudad, maldita ciudad,
maldita ciudad, maldita ciudad.

Fantasías. José María Fonollosa. Albert Pla. Maldita ciudad… Bah, ese es sonsonete de perdedor y de cuitado, un arrebato de mala lírica ya muy gastado. «Kavafis, que te den con tus ciudades y al I-Ching con su pozo de mierda, lo mesmo», me habría dicho Basurde, difunto. Parientes que de pronto dejan de serlo, que nunca lo fueron en realidad, cuadrilleros de la peor de las rondas de noche. Puertas cerradas. No llames, para qué. Te daban rejón aprovechando que dormías, dice mi loquico, me lo chamulla a la oreja, como el demonio que me invita a dejar misa y rosario y a seguir bebiendo – Viva La Cepa, Viva el Marrano, Viva el 84, sí, ese el de los granujas, y el Marceliano… no existen–, inquisidores de bobería, rateros de la palabra, tramposos que bailan aurreskus sobre las tumbas de los que sin duda habrían apiolado, memorias borradas como pizarras de escuela abandonada, cementerio abarrotado, árboles genealógicos agusanados, lo dijo Juan Konitzer, grande, en La Paz, una noche de poetas vaso en mano y viejos (viejas) guerrilleros, manos que quedan en el aire, garrotas debajo de la almohada, Viva Cristo Rey o Gora ta gore porque lo es y mucho, da igual, exactamente igual, aquí cuenta el compadreo, no la ideología, el pañuelico y los potes, el tendido y el sillón, la ventaja y el nosotros de sociedad gastronómica, la perra que os tiró, os habría dicho Zitarrosa, miopía la mía, falta de elemental precaución… ¿Que más? Mucho más. La edad del recuento no es agradable, pero los inventarios, por muy dementes que sean, alivian, vaya que si alivian, y si no, que se lo pregunten al loquico que vuelve con su momia a cuestas… en escena entra, ocultémonos que aquí viene.

Sólo yo voy sin rumbo en la calle
piso la ciudad, la insulto y la escupo
pero ese saber que nadie te espera
hace enemiga la calle desierta.

No, no soy yo quien lo dice, ni siquiera el loquico de Perorata del insensato, sino cualquiera que viva la propia ciudad como un cepo del que no ha sabido o podido (o querido) escapar, y sabe que se le ha hecho tarde para irse y también para ser ligeramente dichoso en ella. No hay poema que valga para ese trance (y mejor no hablemos de los lapos).

Anuncios