El saltador de Paestum, Juan Pedro Quiñonero et alii

tomba-del-tuffatore-659291Estaba buscando unos enlaces barojianos cuando me he tropezado con unas páginas que escribió Juan Pedro Quiñonero hace unos años en apoyo expreso de la situación  creada por la publicación de Pío Baroja, a escena: ostracismo y vetos. Pocos lo hicieron, muy pocos. Eduardo Laporte fue otro… y Txema Aranaz, mi editor de Pamiela.
Y me he acordado del saltador de Paestum –glosado por Pascal Quignard en Boutés– y de esas palabras que habladas o escritas, pero sobre todo escritas no admiten la vuelta atrás. Son como la pedrada: la piedra no vuelve a la mano. Te puedes dar cuenta de inmediato, como me sucedió hace unos días, cuando un mensaje acerbo, mucho e insultante, dirigido a una persona fue a parar a otra; o puedes reparar en tu error pasado el tiempo. En los dos casos concluyes, al menos yo, en que has sido injusto, ingrato y ofensivo de manera gratuita. Lo fui con Quiñonero hace tres años, al tiempo de este desdiós político que estamos todavía viviendo. Olvidé, además, que es posible que sea dudoso o cuando menos no forzoso lo que decía el padre Mateo Ricci en su libro chino sobre la amistad, que los amigos de tus enemigos es difícil que puedan ser tus amigos (algo así), porque  eso conduce a la bandería y al cuadrillismo. Palabras airadas que no tienen remedio, por mucho que lo sientas. ¿Por qué lo sientes? Ese es quizás el meollo de la cuestión. Si es solo por haber quedado mal o por cálculo de tomaydacas, puedes ahorrarte tus remordimientos, porque son trapaceros, si es por haber podido herir a otra persona, entonces puedes explorar los motivos de fondo y concluir de manera benévola que tus alteraciones de humor y de carácter te juegan malas pasadas, pero también que nunca has hecho mucho por dominarlas, y si sigues por esa trocha igual sirve de algo escribir un diario verdadero.

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