Nueva carta de Pablo Cingolani (Punta Arenas y Chatwin)

DSCN0440La carta salió en diciembre pasado pero recién llegó estos días.
Carta número 2 a Sánchez Ostiz (a propósito de Punta Arenas y de Chatwin)
Querido Miguel:
Hay un dicho que dice más o menos esto: si uno viaja triste a Bulgaria, al volver de allí, no hay derecho para decir que Bulgaria es triste. Quien dice Bulgaria dice Punta Arenas.
Recuerdo Punta Arenas, una ciudad absurda, como todas las que el capitalismo ha forjado en el siglo XX.
Ciudades de extremos, ciudades inverosímiles, allí donde antes no pudieron ser fundadas y levantadas y sostenidas como tales, como ciudades, digo.
Ciudad del Rey Felipe, tú lo sabes mejor que yo: así se llamó la segunda ciudad, in extremis, que el más lúcido de todos, el más erudito de todos, el más noble de todos los españoles de su época –me refiero a Sarmiento, a Sarmiento de Gamboa- quiso fundar a pocos kilómetros del actual emplazamiento de Punta Arenas.
La historia no hace falta que la cuente: para eso está internet. Lo único que tengo el deber de anotar es que al puñado de ciudades que, como tales, el bueno de Sarmiento quiso fundar en el estrecho que inmortaliza a Magallanes, a ésta, a la segunda, la historia la terminó conociendo como Puerto Hambre, Puerto del Hambre.
Era imposible fundar un asentamiento humano perdurable en esos sitios en el siglo XVI. Y eso fue así por tres siglos más.
En el siglo XX, al calor de lo que el señor Lenin llamó la etapa superior del capitalismo, éste, de la manera más miserable y triste de todas, llega hasta el último confín de la Tierra, o a casi todos. Y con ese ímpetu por saquearlo todo, devorarlo todo, marcarlo todo con su huella de sangre y destrucción, deja ciudades que hasta hoy perviven, como Punta Arenas. O como Manaus o Riberalta o Ushuaia o Leticia o Puerto Maldonado o tantas otras en otros confines de los otros continentes.
Dime que no.
Dime que no es eso lo que otro señor, en este caso uno que pasó a la leyenda como Joseph Conrad, quiso retratar en su más celebrada y, a la vez, la más incomprendida de sus novelas. Dime si don Vargas Llosa no quiso lo mismo cuando escribió El sueño  del celta, por cierto, un libro valioso.
Ciudades que no son ciudades, ciudades que han nacido como factorías, como puertos de embarque de mercancías, como burdeles y como cantinas, donde los que bebían y fornicaban eran –en su inmensa mayoría- nuestras propias versiones  de Kurtz: los Braun Menéndez, los Suarez, los Arana, los Fitzcarrald, los Popper, los que la historia oficial considera héroes, pioneros de la nacionalidad, defensores de esa mañuda “soberanía” a costa de la perra vida y la peor muerte de los indios que habitaban esos confines del occidente, esos extremos donde el capitalismo sólo pudo establecerse tras su tarea de zapa, de masacre, de genocidio. Tras que ellos llegaron y arrasaron con todo y luego dejaron como herencia, como triste herencia, la bandera de Chile o la de Argentina o la de Brasil. Las banderas, manchadas de sangre.
La culpa no la tiene Punta Arenas en sí, la culpa de esa pesadumbre que tu viviste cuando fuiste a Punta Arenas, la carga la memoria de los muertos, de la matanza, de la orgía de sangre que parió estas ciudades-enclave, estas ciudades- fantasmas, estas ciudades que son no-ciudades, porque en esos sitios, deberían seguir estando ellos, y no nosotros, ellos –los alacalufes, los yámanas, los onas, los huitotos, los boras, los ese ejja, los harakbut- y no nosotros, menos que menos Pantaleón y sus visitadoras.
Te cuento todo esto, a propósito de tu texto pero también porque me recuerdo bien de Punta Arenas, la ciudad no-ciudad, a la cual llegamos con Carolina y una niña de nueve años, Juliana, nuestra hija, a la cual arrastrábamos junto con nuestras mochilas, hace quince años atrás.
Hicimos un viaje también absurdo: partimos desde La Paz, antes de que se cumpla el paso de un milenio a otro, con el peregrino propósito de llegar hasta Lapataia, el lugar donde culminan todos los caminos de América. Después de Lapataia, están el rosario de islas que terminan en el Cabo de Hornos y luego, ya sabés: después del Cabo de Hornos, están los dominios de Arthur Gordon Pym y de nadie más.
Recuerdo que celebramos la navidad de 1999 en Calama, otra ciudad absurda, otra ciudad no-ciudad, en el medio del desierto, el más desierto de todos: el de Atacama. Y nos agarró el nuevo milenio, y no su euforia, en La Serena, en la casa de unos amigos chilenos. Desde allí, fuimos saltando de casa en casa hasta Puerto Montt, la “iracunda” Puerto Montt, y luego el destino nos cruzó a Chiloé, donde empezó algo que aún no termino de digerir, ni menos de escribir, sino que son fragmentos de algo demasiado fuerte, algo que está más allá de la muerte, más allá incluso del recuerdo de la muerte como diría Quevedo: algo que tiene que ver con la vida de los que murieron pero que todavía resiste, allí, en esos lugares, donde vivieron, y que no es ni magia ni es museo, es otra cosa, que te insisto, no sé cómo se compone, cómo se narra, cómo te la digo: sólo sé que me sigue provocando atracción y respeto, entusiasmo y respeto, algún tipo nómade de celebración y respeto.
Eso sentí en Punta Arenas. Ya era el año 2000 y terminamos recalando en un alojamiento, regenteado por un par de lésbicas. Ahora está de moda, por estos lados del mundo, aprobar mediante leyes –otra cuestión bien absurda- los llamados matrimonios igualitarios y esas vainas. Esos años de fin de milenio, la morada de estas mujeres era un extraño fin del mundo sociocultural dentro del fin del mundo geográfico donde sucedía: daba gusto compartir con ellas. Recuerdo los piscos que nos tomamos todos juntos –no, la niña-, recuerdo cómo nos reímos todos juntos del absurdo más grande de todos –del mundo, su capitalismo- y hasta conservamos un recuerdo visible de ellas –no hubo fotos, menos que menos “selfis” entre nosotros- que son unas medias térmicas que ellas le regalaron a Carolina y que mi mujer, todavía conserva, y yo usé en alguno de mis viajes a la cordillera de Apolobamba. Llegábamos como gitanos desde los Andes tropicales, arrastrando mochilas, arrastrando una niña, y nos faltaba logística: ellas, las muchachas de Punta Arenas, nos lo brindaron, como obsequio, como amparo.
Por todo ello, te imaginaras, me es imposible decir que en Punta Arenas, no celebramos la vida, no la honramos, como debe ser.  Llegamos felices a Punta Arenas, nos fuimos más felices aún. No puedo decir que Punta Arenas sea como Bulgaria. Me entiendes, ¿sí? Historias del fin del mundo, nada más que eso.
El fin del mundo, la Patagonia: la primera vez que leí el libro de Chatwin, apenas lo publicó Sudamericana en español, el 85, lo detesté. Cuando vengas a mi casa, un día vendrás, yo lo sé, te voy a mostrar, lo que escribí, en el propio libro. Chatwin, Bruce Chatwin, el inglés Chatwin –(casi) todos tenemos motivos para odiar a los británicos, a la Union Jack, no a los Beatles, a la Reina Victoria, no a los Rolling Stones, a Margaret Thatcher, no a Eliot o a Coleridge o a William Shakespeare. Pero después lo aprendí a querer a Chatwin, al so british de Chatwin, lo mismo que me pasó con Soriano, hasta con Borges, o con el ya citado Mario Vargas. Chatwin, un gran fingidor como diría Pessoa, no tiene la culpa de la babosada que lo ha rodeado, como tu bien dices. Uno que tuvo esa culpa fue Sepúlveda. Fue su Patagonia Express. Pero, con el tiempo, también lo he perdonado a Lucho Sepúlveda: carga esa amabilidad mestiza que nos caracteriza, y un exilio sin fin porque un cabrón, pro británico, como Pinochet, lo arrojó lejos de Chile, de su Chile, el de Allende, que es el de todos nosotros. Queríamos tanto al Chicho, como a Glenda, diremos parafraseando a Cortázar, alguien que, hasta hoy, me sigue costando querer, pero igual lo quiero. Al fin y al cabo, de esa arcilla somos, de esa madera y ese vino estamos hechos, sino yo no escribiría en el mismo idioma en que tú escribes, y no pudiésemos compartir, así como compartimos.
Como compartimos con las chicas de Punta Arenas, a las cuales, desde ya, dedico estas palabras que te envío a vos, con un abrazo en el alma, hasta allí donde te encuentren, hasta Navarra, hasta tu propio confín, y tu propia Bulgaria (y la mía también!).
Fraternalmente, y con un abrazo
Pablo Cingolani
Río Abajo, 5 de diciembre de 2015

La absolución de Iván Ramírez

 

http://www.publico.es/sociedad/ivan-ramirez-no-satisfecho-del.html

La sentencia absolutoria de Iván Ramírez demuestra que la policía miente y pone en pie atestados falsos que dan lugar a acusaciones judiciales basadas en la falsedad, como le consta de manera cumplida a la fiscalía que ejerce la acusación… otra cosa es que la magistratura se resista a ponerle coto a esa rutina perversa,  no emprenda acciones por falsedad en documento público o falso testimonio, y avale lo inverosímil. Les importa la fortaleza del Estado, no que este se sostenga en la mentira y el abuso, la arbitrariedad y la ley de la fuerza. Lo peor es que, lo mires por donde los mires, esta situación está muy lejos de remediarse y corregirse de manera política y social: es un uso social que sobrepasa las fronteras nacionales. Ni siquiera tiene la acogida mediática necesaria. Los grandes medios de comunicación avalan con su silencio o su apoyo expreso este estado de cosas. El ciudadano tiene unos derechos más frágiles e ilusorios que otra cosa, el juicio justo es una parodia. Nos conviene creer lo contrario. El adormecimiento y la indiferencia ayudan mucho.

Felipe González, según Javier Ortiz

felipe01b_galeria_landscapeY gracias a Doppel Gänger

Compartido públicamente.  –  Ayer a la(s) 21:10

Javier Ortiz trazó este perfil de Felipe González allá por 1.996:

Felipe González: el hombre que necesitaban

Una revista argentina de gran tirada me pidió, allá por 1996, que trazara un “perfil” de Felipe González. Éste es el texto que les envié y que publicaron.

A comienzos de los años 60, el Pentágono ya era consciente de que el régimen de Franco difícilmente sobreviviría a su sangriento fundador. Según sabemos hoy gracias a la desclasificación de los documentos oficiales norteamericanos de la época, Washington comprendió que era necesario ir preparando una sucesión al franquismo que no pusiera en peligro los intereses norteamericanos en España, país de primera importancia estratégica de cara al Mediterráneo.
Trazó un plan. Sin prisas. No se trataba de ponerlo en práctica de inmediato. Habló con sus socios socialdemócratas europeos: con los alemanes, con los italianos, con los suecos, con los franceses. Fijaron en comandita un retrato-robot del partido y del líder que les hacía falta para conseguir que, cuando no quedara otro remedio, en España pudiera cambiar todo y todo siguiera igual, según la máxima lampedusiana.
Entretanto, su hombre se paseaba por Lovaina (Bélgica) en busca de patronazgo.
Había nacido en Sevilla el 5 de marzo de 1942 y pasado una infancia y una primera juventud sin sobresaltos. Antifranquista, se había cuidado de disimularlo. La Policía política no encontró nada molesto en él, básicamente porque él no hizo nada que pudiera molestarla. Con los libros de Derecho aún bajo el brazo, marchó a Bélgica. «Si la democracia cristiana europea le hubiera ofrecido una beca, se habría hecho democristiano», dice quien ejercía entonces de responsable de las Juventudes Obreras Católicas en Lovaina. Fue la socialdemocracia alemana la que reparó en él, y se hizo socialista. En 1962 entró en las Juventudes Socialistas. Y dos años después, en el PSOE.
Llegaba a su término la década de los 60 cuando el núcleo de estudiantes de Madrid con los que González trabó pronto contacto acudió a la Embajada de los EEUU en la capital de España a ofrecer sus servicios para combatir «contra la creciente influencia comunista en la Universidad», según consta en un mensaje reservado –hoy público– que la legación diplomática estadounidense remitió de inmediato a sus jefes. Washington decidió apoyarles de cara a una meta más amplia: acabar con la vieja y anquilosada dirección del socialismo español y ponerla en sus manos. El objetivo lo lograron en 1974, en el Congreso que el PSOE celebra en Suresnes, cerca de París.
A partir de ese momento, la maquinaria de la poderosa socialdemocracia europea, con respaldo norteamericano, se pone a la obra. Dedica ingentes cantidades de dinero a promocionar al nuevo PSOE y a su líder. Lo pasea por Europa y consigue que en España la Policía no estorbe sus actividades. Cuando Franco muere, el tinglado aún no está del todo a punto, pero sí lo suficientemente rodado. González se aprovecha de las debilidades del Partido Comunista de España, dispuesto a cualquier cosa para conseguir su legalización, y lo embarca en la empresa de la reforma del régimen franquista. En las primeras elecciones dignas de ese nombre –pero que se celebran cuando aún algunos partidos políticos siguen en la ilegalidad–, el PSOE de González queda en segundo lugar, por detrás del partido de los franquistas reconvertidos en demócratas, pero el PCE queda prácticamente fuera de juego. En 1982, González logra vencer y obtiene mayoría absoluta: es la culminación de lo planeado más de veinte años atrás.
Lo ocurrido durante los casi 14 años posteriores de Gobierno felipista es sabido: España culmina su integración en la OTAN, entra en la CE (ahora UE) y se adhiere plenamente a las doctrinas económicas imperantes en los organismos internacionales del ramo: FMI, OCDE, Banco Mundial, etc. La modernización del país, real, conduce a la desindustrialización y al paro creciente. El PSOE se instala entre banqueros y especuladores, convirtiendo el monetarismo en dogma de fe. Arrogante, cree que puede acabar con el terrorismo de ETA por la vía rápida y pone en marcha los GAL, nombre que encubre el terrorismo de Estado y que certifica la muerte de 28 personas, algunas ajenas a ETA, secuestradas o asesinadas por error.
Algunos han creído ver en todo ello un proceso de degeneración: del socialismo juvenil al neoliberalismo rampante. No hay tal. «El Poder no corrompe; sólo desenmascara»: la observación de Rubén Blades encaja a la perfección referida a González. De joven fue ambicioso, marrullero, simpático, guapo, listo, nulamente escrupuloso, sin principios, visceralmente anticomunista. Con el tiempo se ha hecho más viejo y menos simpático. En todo lo demás, sigue siendo exactamente el mismo.

http://www.javierortiz.net/ant/ortizestevez/PROLOGOS/fgonzalez.htm

Banksy y Los Miserables en Calais

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En Londres cubren con paneles de madera una obra de Banksy, colocada frente a la Embajada francesa, que denuncia el trato –la «gestion» dice L’Express– que reciben y padecen los refugiados de Calais que intentan dar el salto del Canal de La Mancha. ¿Censura a petición de la Embajada francesa o negocio en marcha por parte del propietario del inmueble donde se colocó el grafiti de Banksy? ¿Intento de robo o de destrucción gratuita de una evidente obra de arte de características peculiares, mucho menos efímera de lo que se supone? No sabemos más que lo que nos repican. Los Miserables de Calais, ahí siguen, llevan años, en las trastiendas informativas, ni más ni menos visibles que hace tres días, en la jungla, porque aquí lo que cuenta es la obra de Banksy. Los Miserables nutren otros espacios informativos, cuando lo hacen, cuando no queda más remedio o la indignación o rugido del público reporta algún beneficio político de ocasión.

Abrazos y libertad de expresión

AS06289 Curioso país este de las dos medidas y de la impunidad, la desmemoria, la desfachatez y la hipocresía a raudales. Dependiendo de quién seas puedes insultar a quien te venga en gana con la seguridad casi absoluta de que la magistratura te va a amparar con el capote de la libertad de expresión. Y no solo la magistratura, sino el público, ese implacable poder. Impunidad y desvergüenza de pasar por lo que no eres.

Con ocasión de la entronización de su obra «El abrazo» en el Congreso de los Diputados, decía hace unos días el artista Joan Genovés que todavía es posible darse el abrazo de la Transición, aquel que, hecho monumento en la glorieta de Antón Martín, de Madrid, conmemora sobre todo la matanza de abogados del 24 de enero de 1977. Monumento junto al que hace un par de años oí a unos jóvenes, que se fotografiaban con él de fondo, en la festiva convicción de que era un monumento a los juerguistas, habida cuenta de que está en las puertas de una zona de marcha intensa. Aquellos jóvenes no creo que supieran nada de la matanza porque probablemente no habían nacido.

Genovés y su obra fue un icono de la izquierda y del antifranquismo y de la lucha por la democracia. Resultaba de verdad curioso verle rodeado de gente peligrosa que no cree en otro abrazo que en el del oso hecho presa. Qué abrazo te vas a dar con Celia Villalobos, la dormilona jugadora de Cundy Crush que cuando despierta ladra, con ese campeón de aleonado bostezo y las destemplanzas autoritarias que es Posada o con ese pijo devoto de Méndez Vigo más simplón que otra cosa. Ninguno. Ellos tampoco creo que se quieran abrazar con aquellos a quienes consideran sus enemigos de clase y trinchera política. La conciliación o reconciliación nacional es un espejismo que conviene y aprovecha más a unos que a otros, en 1978 y ahora. Lo que no sea ruptura es timo.

O Genovés cree mucho en el mercado y sus efectos directos e indirectos, o no se ha enterado de lo que ha pasado en este país en los últimos años y de la situación que ahora mismo estamos viviendo, y que ya no se trata de darse abrazos que lo son de Judas y que concluyen en que uno hable y otro se vea obligado a callar, expoliado, empobrecido gracias a gente como los que se ríen a su lado.

8642841639_733c400d43_bQué abrazo te vas a dar con quien pone en peligro tu vida saqueando las pensiones aprovechándose de la debilidad sindical, con quien apoya un régimen policiaco apoyado en leyes de inspiración franquista –si esto lo ignora Genovés es mucho ignorar–, una remilitarización de la sociedad, la proscripción de la República, una reforma laboral criminal y una precarización del empleo contra la que sin duda habrían luchado de manera frontal aquellos abogados que han sido recordados hasta ahora con el abrazo de Genovés.

Ver a esta gente que nos ha amargado la vida durante cuatro años reconocerse en el cuadro de Joan Genovés al menos a mí me resulta repulsivo, cuando no creo que hayan condenado jamás el motivo por el que ese cuadro fue pintado ni de qué ha servido desde entonces. Solo les falta ponerse camisetas con la «esfinge», porque en eso la han convertido, del Ché Guevara, ya total qué más da.

Ítem más: flojita la respuesta del Ejecutivo navarro al empujón propinado por un indocumentado que se prevalece de su uniforme alcanforado y de su grado militar, por muy en la reserva que esté, para insultar y hacer alarde de paso de falta de instrucción cultural. Flojita. Como todo. Hubiese sido el caso de pedir explicaciones al ministro del Ejército, Perico El Bombas, pero no, mejor bailar el minué. Tienen voceros, tienen servicios jurídicos, tienen medios políticos… allá ellos. Bien es verdad que siendo este el país de la impunidad, lo más probable es que los insultos del Chicharro sean solo libertad de expresión, genuina, ¿no?, mientras que tú no puedes mentarle la madre so pena de arriesgar una condena y un ruidoso rasgarse las vestiduras de los demóKratas de toda la vida, los que ahora se acogen al capote del abrazo de Genovés, como si aquí no hubiese pasado ni pasara nada.

 

Menú diplomático

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El Menú de una comida de diplomáticos españoles en Egipto –que festejaban al Estado como momio–, entre ellos un navarro, uno de aquellos que habían salido bien de la guerra y de la depuración del cuerpo diplomático hecha desde Burgos en el otoño de 1936, uno que luego pasaría por el Berlín nazi,  de donde escribiría un diario que junto con el resto de su archivo, incluida su nutrida correspondencia sentimental, quemó un jito zuri a orillas del Bidasoa… episodios de una novela que no escribiré.
Enrique Llovet no estaba en esa comida, estaba lejos, pero cerca de la casa donde encontré ese menú y donde el autor es posible que escribiera su novela Elizondo, publicada en 1945 ¿O tal vez fue después de hacer su servicio militar en la guarnición de Baztan? Nada que ver con aquel estupendo Sócrates, que puso Marsillach en escena en 1973… exhortaba a no comerciar con los dioses. Tuve durante años el programa de mano de la obra, un cubo armable, colgando del techo de mi cuarto… estará en Biargieta, novela esta que sí escribiré, que ya estoy escribiendo, lejos de Egipto y cerca de Elizondo. Concibo mis novelas como un rompecabezas que se han ido uniendo por algún lado como una galería de espejos quebrados, una galería de feria. socrates

 

¿Indocumentado o granuja?

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O las dos cosas. Quién sabe.  Lo que sí me gustaría saber es cuál es la opinión de Pedro Morenés, ministro de Defensa, sobre este asunto, el de los insultos de un uniformado a autoridades civiles que ostentan sus cargos por la fuerza de las urnas. Es de desear que el Gobierno de Navarra interponga una acción judicial contra ese uniformado, aunque sabiendo que este es el país de las dos medidas y de la impunidad más absoluta para los franquistas y sus herederos, es más que posible que esa acción se resolviera estimando que el Chicharro ha actuado en uso del derecho de libertad de expresión, el mismo que a ti no te asiste si se te ocurre mentarle a la madre.

Editorial del Diario de Noticias, de Navarra.

El abrazo

Captura de pantalla 2016-01-08 a las 07.46.30

Como no sea el de Judas… me parece imposible dar siquiera la mano a la gentuza –excluyo por el momento a Joan Genovés*… pero, carajo,  a lo que obliga el mercado del arte– que aparece feliz en la fotografía, que se lo den entre ellos, para los que no somos de su banda ese abrazo es el del oso. Esos gestos ya no son creíbles, son pamemas. Esa gente no cree en abrazos conciliatorios o no en otros que en aquellos que puedan manetener sometido al abrazado… Esa gente solo cree en el abrazo de la ventaja económica, el de clase, como no sea a eso a lo que se refiere Genovés, claro que es posible que haya vivido en Babia estos últimos años y no se haya enterado de lo que han hecho, de dejado de hacer, e impedido hacer a otros, los maleantes que aparecen satisfechos en la foto para quienes la política derivada de esos abrazos ha supuesto un enriquecimiento personal indecoroso.

* Tal vez porque para mí sigue teniendo el prestigio de la obra realizada.

Cacería policial

http://www.publico.es/politica/numero-policia-quiere-detener-periodista.html

Lo propio de un régimen policiaco, No se trata de la defensa legítima de derechos, sino del acoso a quien publica información incómoda sobre las trastiendas del régimen. Esto no es más que el comienzo. Libertad vigilada la nuestra.

Eduardo Laporte, en ABC

Captura de pantalla 2016-01-04 a las 10.03.29El sábado ABC Cultural publicó un reportaje-entrevista que me hizo hace un par de meses Eduardo Laporte. Imagino que a unos les gustará bastante más que a otros, o bastante a secas. Sé que ha sido escrito con afecto, pero sin adulación ni compadreo, y que recoge algunas cosas de las fundamentales de mi vida en estos últimos años, como el haber publicado estos tres títulos el año que he dejado atrás: A trancas y barrancas, Perorata del insensato y El Botín, libros que no han tenido el menor eco en la prensa nacional, la misma en la que tuve las puertas abiertas o entreabiertas, o que cuando publicaba un libro, se hacía eco del mismo. Tempus fugit.   –Oh, qué mal gusto hablar de esto, dirá el que tiene la jubilación asegurada–. Tanto Alfonso Armada, que dirige ahora ese suplemento literario, como Eduardo Laporte han sido generosos conmigo, algo que les agradezco en el alma. No voy a elogiarlos aquí porque suena a lambisconería y eso es algo que detesto, pero Alfonso y su obra andan por un libro que me traigo entre manos, Bon voyage, y Eduardo en el que ahora mismo corrijo para mandar a imprenta. Hombre, un poco excesivo me parece el reclamo de ser el prototipo de escritor maldito y de outsider, pero bueno, reclamo publicitario es; la realidad, como siempre, otra cosa, y entre gente del hampa literaria, más. Además, me acuerdo de la zorra y las uvas verdes, cuando en realidad lo estaban y la pobre se fue de vareta. Max Aub decía (en su biografía de Buñuel) que eres o acabas siendo no como te gustaría, sino como te pintan. Tu autobiografía no puede coincidir con tu biografía, por muy estrepitosas o mortecinas que sean ambas. Nada coincide connada, ni el que vive a oscuras con el que vive a la luz del día, aunque al final entierren o incineren al mismo.

El reportaje de Eduardo Laporte, aquí, en pdf, para quien quiera consultarlo

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La fotografía es de Clemente Bernad y salió mal impresa, lástima, porque es del dominio público que es un excelente fotógrafo.