El bien que viene…

… te hará llorar.

william_blake_005_satana_esulta_su_eva_1795El ministro de Interior, intentando emular a su amo, en su alarde permanente de necedades verbales, acaba de decir que «No hay mal que por bien no venga», refiriéndose a los atentados de Bruselas que, de nuevo, han elevado un coro generalizado de dolor e indignación, aunque notablemente menor que los atentados de Bagdad (30 muertos) y Yemen (17 muertos) e Irak (más de 30 dicen) perdidos ya en el tumulto mediático y en escenarios lejanos. De la tragedia de los refugiados en las fronteras griegas, de eso no se habla porque sus autores se lavan las manos con jabón de Europa.

         Lo explique como lo explique el ministro, y esté de manera preceptiva «sacada de contexto» la expresión, lo dicho es una necedad y un despropósito, y si cualquier ciudadano hubiese comentado lo mismo, refiriéndose a ese o a otro atentado terrorista, estaría procesado porque para el ciudadano se retuercen las leyes ad hoc que es un gusto. Él no, él puede decir y hacer todas las tonterías que le vengan en gana por muy abusivas que resulten: vírgenes, mojamas, monjas, etas, abortos, ángeles custodios aparcacoches, vaquillas… Nos ha dado pruebas suficientes de lo que afirmo. Tantas que se ha convertido en una atracción más del Circo Hispano, ese circo en derrota que lleva en el programa un esperpento permanente. No dan para más.

         Con su recio y apretado discurrir de casposo refranero tal vez se refiriera el ministro a que ese atentado le puede permitir, sin oposición alguna, un control más exhaustivo de la ciudadanía, el desarrollo e intensificación del régimen policiaco que ha puesto en marcha y desarrollado de manera inquietante. Las pesquisas y las medidas de fuerza, el extender el mapa de los sospechosos, son su única respuesta a un tiempo de verdad convulso, de poblaciones cada vez más controladas y a la vez más inermes y aterrorizadas, tiempo nuestro de los asesinos.

         ¿Tiempo de los asesinos? Sí, cierto, pero no sé si el del poeta Arthur Rimbaud, hecho lugar común a fuerza de repetirlo viniendo o no a cuento, o el de los profesionales del terror, sea su escenario una zahúrda de mugre o el Wall Street de traje, corbata y talones de aguja, o el del Viejo de la Montaña de los hachischins ismaelitas.      Traduzco una nota encontrada al vuelo a propósito de los fanáticos «asesinos» (haschichins): «El principio de los «asesinos» era lanzar uno o dos individuos (en todos caso un pequeño grupo) para matar a un personaje hostil a su causa o, como más tarde, por encargo. Pero sobre todo matarlo en medio del mayor número posible de gente, y de hacerse matar a continuación […] Los «asesinos» aterrorizaron a la población de la época porque nunca se sabía cuándo, cómo o dónde atacarían. Siempre disfrazados, eran invisibles. Y la fortaleza de Alamut, inconquistables salvo para los mongoles, reforzaba el terror que producían».      No hay cuidado, estamos hablando del siglo XII, es decir de hace ochocientos años, en Persia, en la fortaleza de Alamut, nido de buitres.

         Está visto que reclutar jóvenes para inmolarse en cuerpo y alma a fin de ganar la salvación o el paraíso viene de muy lejos, por mucho que el último grado de la doctrina secreta de la secta ismaelita fuera «nada es verdad todo es posible». Los F16 belgas pueden bombardear hoy de manera vengativa posiciones de ISIS, los drones norteamericanos suprimir personas concretas donde quieran y sus líderes políticos azuzar desde la sombra guerras de trasfondo económico y mercantil, pero bombardear ideas y arraigadas creencias religiosas seculares en las que está en juego la vida y la muerte, y el más allá, es sin duda más difícil. Paradoja de más o de menos, la inseguridad la tenemos asegurada por mucho que haya que rendir culto a la fuerza defensiva, y no se te ocurra no comulgar con la religión dominante y sus dogmas, aquí y allá, estés en la trinchera en la que te encuentres. Cuídate del bien que del mal venga y sobre todo de sus ángeles custodios y sus sumos sacerdotes.

Algo habían oído

CSQrPfnUwAAwNX5 Tal vez por eso, por haber oído “algo” de la estruendosa astracanada valenciana que suena desde hace años, una auténtica mascletá de indecencias, se acaba de saber que, semanas antes de las elecciones, el Partido Popular cambió los discos duros de sus ordenadores de Tesorería y quiso alterar sus números de serie, pero que la empresa suministradora de Hewlett-Packard se negó a cambiar las placas de identificación porque es ilegal.

Parece, eso dicen, que los dejaron a cero, como los de Bárcenas y sus papeles, asunto este que también les debe sonar de oído y de lejos, por mucho que estén directamente implicados y hayan puesto la mano en el fuego por gente que está en la cárcel. Luis sé fuerte ¿recuerdan?… y hay más: ponían como ejemplos éticos a delincuentes.

También han oído algo, solo algo, pero se ve que de lejos, de pasada, de que hay alrededor de mil personas relacionadas directa o indirectamente con el PP que se encuentran acusadas, investigas, procesadas, encarceladas, ex imputadas… nada, un rumorcillo, un viento de calumnia, desdeñable por tanto, por mucho que, ahora, los jueces se estén por fin aplicando y aflore lo que hace unos meses o años no acababa de aflorar, no sabemos por qué, porque el clamor, el rugido, el estruendo lo oíamos todos. Su tarea era negar la evidencia, dentro y fuera del Congreso, de viva voz o por medio de la prensa que les ha servido de ministerio de propaganda. Decir que hemos estado gobernados por bellacos es poco.

No cabe mayor desfachatez en un gobernante que la demostrada por Mariano Rajoy, el decidor de necedades y cabeza visible del partido político más corrupto de la historia reciente de España, en dura competencia con el franquismo y su aparato, del que proviene desde su fundación. ¿Cómo lo iba a condenar? Imposible. Rajoy pasará a la historia universal no sé de la infamia o solo de la bobería, si todavía hay alguien a quien le queden arrestos para escribirla.

El último gobierno de la nación ha hecho del no enterarse, del no querer enterarse, un principio político, una filosofía, una moral. Oídos sordos, narices tapadas porque la podre se imponía y en la boca, la patraña, y todos de cara a los ángeles custodios, esos que andan metralleta o porra en mano, a las vírgenes y a las mojamas, que son los que juntos o por separado iban a poner remedio a este país cada día que pasa más irremediable, más putrefacto. Su no enterarse de lo que ha sucedido es signo de complicidad dolosa. La impunidad es un clima.

Imagino que algo habrán oído los gobernantes de los refugiados que andan desamparados a las puertas de una Unión Europea que ha enseñado los fondillos, su peor cara, la del perro de presa, porque entre lo que a bombo y platillo dijeron a propósito de acoger refugiados hace unos meses, cuando se produjo la estampida, y lo que en realidad sucede y han hecho, hay tal diferencia que cabe afirmar que, en efecto, no se han enterado de lo sucedido por mucho que los medios de comunicación, tanto los que ellos manipulan, como los que no, abrieran páginas e informativos con noticias de hechos que no pueden ser más dramáticos… cuando no los han tergiversado adrede para crear alarma social en contra de los refugiados, echándoles encima la sospecha de la delincuencia generalizada. Algo que no ha sido atajado de manera firme desde las instituciones. Esa información negra que tiene a los refugiados como protagonistas es algo que excede a la libertad de expresión dichosa, esa que beneficia a unos y perjudica a otros, siempre o casi siempre los mismos. A todos nos pueden aplicar una estadística, o dos si nos descuidamos.

Una vez más han echado a rodar a sus ángeles custodios, armados hasta los dientes y no es cosa de nadie, es de Europa. Los abusos están al caer e impedirán la información, aunque ya total para qué si hay público que los aplaude. Al drama humano, el gobierno, escudado en Europa, responde con la violencia, no solo física, que también, sino institucional, política, hecha ley del más fuerte, ley a secas. Es todo un aviso de futuro.

 

Ruedo Ibérico

Captura de pantalla 2016-03-13 a las 17.02.02Ruedo Ibérico, sí, y Viva mi dueño de paso, aunque el cuchillo sea de papel, pero tan cruento como el de acero, en manos de navajeros, profesionales de la cuchillada trapera: El País, ABC, La Razón… Don Ramón María del Valle Inclán llama a la puerta del teatro bufo y como no le abren, porque no le oyen, porque no quieren oírle, echa su tarjeta de visita por debajo de la puerta y ahí queda, en la oscuridad de este tiempo que se alarga como una pesada losa.

         Pero en la tarjeta puede leerse: «Los Ministros del Real Despacho, en aquellos amenes isabelinos, eran siete fantoches de cortas luces, como por tradición suelen serlo los Consejeros de la Corona…». Consejeros, ministros, bocaslerdas, como el propio presidente de Gobierno, amigos, cortesanos, compiyoguis de la realeza en sus saraos y copetines, cuyas andanzas cubre un secreto de Estado abusivo que burla el concepto mismo de ciudadanía con una complicidad mediática que calla cuando conviene y muerde cuando ordena el amo.

La única diferencia con los personajes de Valle es que por desgracia no estamos en los amenes de la monarquía y los «Ministros del Real Despacho» y asimilados pueden suplir las cortas luces con una voracidad temible, una astucia y un nulo sentido del decoro que los hacen peligrosos hasta que caen en relativa desgracia, como el yerno de Villar Mir. Voraces como aquel Prado y Colón de Carvajal, hombre de confianza del rey juerguista, que dio en la cárcel, pero dejó un reguero de amigos y parientes que siguen en el termitero del Estado, en el ruedo del esperpento.

 La trama del Ruedo Ibérico es tan espesa e inextricable como la de la serie televisiva The Wire, como bien sabe Rato, ese gran tejedor de tramas de fortuna, y como va demostrando la aparición de negocios más sucios unos que otros, aparejados al desempeño de cargos políticos en este interminable amén de un sistema podrido.

En este ruedo que viene de lejos, unos mensajes electrónicos de la realeza, escritos con auténtico desparpajo, enseñan los fondillos de la Corona y del Estado de paso, hacen ver que una cosa es el aparato y otra, muy distinta, las trastiendas, y que estas apestan. Es decir, que se nos vende mercancía averiada a precio de primicia, y desde hace mucho, además. Lo escrito por la reina da vergüenza ajena.

A la vista de lo sucedido cunde una sospecha que enseguida se hace certeza: esa gente privilegiada se mofa abiertamente de quien no lo es. Están por encima de los demás mortales y de las leyes del común. El Ministro de Justicia se alborota no por la seguridad jurídica de todos los ciudadanos, sino porque han tocado a los intocables. Las comunicaciones son secretas, cierto, pero la aplicación de la ley depende mucho de quien seas, algo que ya es de manual y figura en el programa de mano del esperpento nacional.

Esperpento el de un país cuyo presidente hace estallar en carcajadas a los tendidos cuando abre la boca y con sus lapsus y embrollos verbales demuestra que padece trabajos en los desvanes. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? Pues eso lo supo Valle-Inclán, visionario de un país en derrota y en franca descomposición ahora mismo, un país ruidoso, taurino y milagrero, cuyas Vírgenes y mojamas andan por los pasillos y covachuelas del Tribunal Constitucional gracias al ángel del ministro del Interior que le aparca el coche y los refugiados, aquellos que dijeron con pompa y majeza española que iban a recibir y no han recibido, sino todo lo contrario. Las dos medidas siempre, la fachenda y las trastiendas, el tablado donde una cosa es lo que se dice y predica, y otra bien distinta lo que se hace.

Esperpento el de un país de embaucadores y pillos en el que de un personaje de feria, el Pequeño Nicolás, llegan a decir que tiene en jaque al Estado, nada menos que al Estado, y todo gracias a los navajeros mediáticos que dan y recortan alas a conveniencia, y convierten en notición el que el cerebro privilegiado de hace nada no sepa, ahora, en un programa guarreras de televisión, localizar Australia en un mapa.

*** Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias, 13.3.2016.

La ilustración es un fragmento del fabuloso cuadro de Bartholomäus Strobel El banquete de Herodes (Mueo del Pardo) que mi modo de ver ilustra el “barullo” al que no creo  se refiera el rey de España en su mensaje.

Esperpento y ese poso de amarga melancolía y desgarro que inspiró nuestra picaresca hambrona.

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L’Arbalète

El Astrónomo, a quien echo mucho de menos, cuando se ponía pomposo los llamaba “solaces bibliofílcos”, pero en eso ando, con olor intenso a moho y a encierro que me hace pensar en alguna de esas casas cercanas al mar cuyos ocupantes fallecen y sus pertenencias son desbaratadas en chamarileros, encantes, salas oficiales de subastas… el derribo de muchas vidas. De ahí viene sin duda esta pequeña joya cuyas páginas intonsas  voy abriendo en esta tarde de nubes rápidas hacia el sur y de bandadas, lentas, de grullas hacia el norte que oigo y apenas distingo… veo, oigo, sí, grullas lejanas, muy altas, y el concierto para violín no.3, Op.7, de Vilvaldi. L’Arbalète, revista de literatura, publicada en Lyon, en plena Ocupación y en la inmediata posguerra. Las primeras páginas de Jean Genet, Antonin Artaud y los Tarahumaras, Sarte y Les autres, Henry MIller, Boris Vian, y esa pieza de teatro de combate de Ernest Hemingway, La quinta columna, el hotel Florida y el bar Chicote, el Madrid cercado y las Brigadas Internacionales…

Solaces biblofílicos, vueltas atrás imposibles, el Astrónomo no está, se fue, se le cayó la persiana encima, él me regaló la primera edición de Viaje al final de la noche, encuentros y desencuentros, desde la infancia, San Sebastián, el topo a su paso por Amara, la barca que alquilamos en el puerto y no sabíamos remar, Barcelona, barrio de Gracia, husmas librescas y comilonas de tragaldabas, noches de aldabas y aldabonazos, sirenas y puños cerrados, Pascual y su capital de tercer orden… Cada vez tengo más claro que somos nuestros muertos. No me hace falta leer a la petulante Simone de Beauvoir en La vieillese para saberlo. Leo breviarios del susto y me agarro como puedo a las andanzas de Conrad Killian, de Pablo Cingolani en el Altiplano boliviano o de Francis Lacassin y “La aventura en botas de siete leguas”… cualquier cosa con tal de salir del cepo de una época cenagosa. No hay tiempo perdido, hay pasos ganados, basta contarlos, aunque los hayas dado en el vacío o en la oscuridad para saberlo. Muchacho, no hay trinchera, hay negocios y no son tuyos… ¿Oyes, muchacho?… Nada, ni caso.

 

Pausa Lekua

Biarritz, lugar de retiro o descanso, moridero en realidad, lo adornes como lo adornes. Un Biarritz más bien recóndito, que me trajo el recuerdo de una novela escrita en 1987, La caja china. Me gustó el detalle de esa veleta anclada en un muro a salvo de vientos y de los propios chirridos. En lugar del chirrido –rugido de dragón alado en ese caso–, la herrumbre, esa pintura del tiempo y de su labor de zapa. Veleta de la curiosidad, otro título, de una recopilación de artículos de hace más de veinte años. Me temo que como pierdas la curiosidad, te vas con ella, diga lo que diga el filósofo a contrapelo, ese que triunfa sobre la iluión ajena llevando la contraria, por puro gusto de fastidiar, y que ve en esa pérdida la temible, por verdadra, puerta de escape. Curiosidad no es sinónimo, no por fuerza, de dispersión. El camino único puede dar en el callejón sin salida.  Digo lugar de reposo, de tregua, recoleto encima, escondido, pero pienso en el camino, en la distancia, en alejarse en el paisaje, y cuanto más lejos, mejor.

¿Curiosidad digo? Me intrigan esos dos lauburus descabezados de manera intencionada… ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Quién?

“Escribir es desaparecer”

“Escribir es desaparecer”, concluye Jorge Muzam una de sus notas, citando a Pascal Quignard, autor a quien sigo desde hace años, desde los Petits traités editados por Maeght. No se trata de eso, se trata de ventanas abiertas y cerradas, y de que la escritura las abre y te ayuda a cerrar aquellas que resultan innecesarias o meros trampantojos porque no se abren.

Cambios de vida y cambios de escritura. No sé cuáles son antes y cuáles después, pero suelen ir aparejados, al menos en las puestas en escena. Parecen sobrevenir por sorpresa, de golpe, cuando menos te lo esperas, y eso que los puedes esperar mucho y en balde, pero lo más seguro es que lleves mucho tiempo incubándolos, alentándolos, que hayan ido creciendo a la sombra de lo vivido, en su respuesta. Hay gente que tiene la fortuna de no necesitarlos. Es cierto que conforme envejeces son cada vez más difíciles y hasta comienzas a temerlos, porque si llegan, lo más probable es que sean señales de ese envejecimiento. Eres en buena parte rutina, y la rutina y los cambios, por muy necesarios que estos sean, no van bien juntos. Hace tiempo que no entiendes a Julio Cortázar cuando sostenía -¿En El libro de Manuel?- que la rutina era una de las mejores armas de la muerte, porque sin darte cuenta acabas buscando protección para la imparable escorredura en la rutina. Y sin embargo, escuchas o crees que escuchas voces olvidadas, dices que desandas el camino andado, que el tuyo, vayas hacia donde vayas, es un camino de regreso, sin saber si te refieres a otros tantos espejismos y hasta crees que las palabras perdidas y reencontradas se reordenan sobre la página de otra manera. Con la edad, menos descreído de lo que te figuras, confundes la ilusión con la esperanza y esta con un engaño doméstico que te permite poner una palabra detrás de otra. [La novela desordenada, 2009-2016]

Cuestión de renacer

12308461_1050465271652613_3326384311500443735_n“Cuando no te queda más que la memoria, entonces es el momento de renacer”, Yilmaz Arslan, en Brudemord (2005). ¿A quién le cuentas? A las fieras no, que están muy ocupadas en su realidad contante y sonante, y a quien vive con el cieno al cuello tampoco, porque bastante tiene con defenderse de la ciénaga y no está para fantasías, hermosas, pero fantasías. A cierta edad no es tan fácil renacer, ni echarse al camino, ni desandar lo andado. Eso sí, lo que hagas con le temps qui rest es cosa tuya. Tal vez no puedas ir a la tierra del Dolpo, pero el viaje que te queda por emprender no por fuerza te lleva lejos en los mapas.

Sepultura

12342406_1050829034949570_8743710710154324043_n¿Sepultura? No sé, nunca llegué a Sepultura, cerca de Oruro. Hay otra, creo, al menos en el mapa, entre Potosí y Tupiza. Pero así aparece en ese glorioso desbarre que es Quién mató a la llamita blanca? (2006), de Rodrigo Bellott. Sepultura aparecía en el mapa del mantel grasiento de Las Cabecitas, Pasaje Kuljis, tremebundo, en la oscuridad del Abuelo, entre tragos y pijchus, derribos y poetas, evocando la escritura  de Adolfo Cárdenas, en esas conversaciones que se encienden con el que hay que ir a algún lado, aunque luego no se vaya… Sepultura, otra ronda, otra vuelta.

¿Obligados a mezclarnos?

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Extraña idea  tiene el candidato socialista a la presidencia de Gobierno de la convivencia política, de la convivencia a secas y sobre todo del ejercicio del poder. ¿Mezclarnos? ¿Con quién? ¿Con nuestros adversarios políticos o con aquellos a quienes consideramos nuestros enemigos y así los tratamos… o simplemente con nuestros cómplices, nuestros iguales, aunque vistan de otro modo y solo sean competidores comerciales de ocasión? Un descacharrante melting pot de trileros que se adueñan del cajón de la vida pública (y de la privada). Detrás de esas torpes palabras yo no veo más que una voluntad de hacerse con el poder y sus ventajas a cualquier precio.  Lo que cuenta es el poder y el negocio a su ejercicio aparejado, en propio beneficio y en el de aquellos que mueven los hilos cada vez menos en la sombra y se muestran como los verdaderos protagonistas de la obra y sus autores.

*** Utilizo como imagen el cartel del grupo de teatro La Trapera para su obra El Tartufo.