Pausa Lekua

Biarritz, lugar de retiro o descanso, moridero en realidad, lo adornes como lo adornes. Un Biarritz más bien recóndito, que me trajo el recuerdo de una novela escrita en 1987, La caja china. Me gustó el detalle de esa veleta anclada en un muro a salvo de vientos y de los propios chirridos. En lugar del chirrido –rugido de dragón alado en ese caso–, la herrumbre, esa pintura del tiempo y de su labor de zapa. Veleta de la curiosidad, otro título, de una recopilación de artículos de hace más de veinte años. Me temo que como pierdas la curiosidad, te vas con ella, diga lo que diga el filósofo a contrapelo, ese que triunfa sobre la iluión ajena llevando la contraria, por puro gusto de fastidiar, y que ve en esa pérdida la temible, por verdadra, puerta de escape. Curiosidad no es sinónimo, no por fuerza, de dispersión. El camino único puede dar en el callejón sin salida.  Digo lugar de reposo, de tregua, recoleto encima, escondido, pero pienso en el camino, en la distancia, en alejarse en el paisaje, y cuanto más lejos, mejor.

¿Curiosidad digo? Me intrigan esos dos lauburus descabezados de manera intencionada… ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Quién?

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