La línea de sombra

StateLibQld_1_142167_Joseph_Conrad_(ship) La relectura de La línea de sombra, de Conrad, se la debo a una reciente “conversación” que tuve con Salvador Gargiulo. Me preguntó por calmas chichas y  casi de inmediato me acordé de este relato autobiográfico de Joseph Conrad que también es  un manual de navegación contra calmas chichas y borrascas en esa navegación en la que estamos todos. Son varias las líneas de sombra que atravesamos, no solo la de la juventud a la madurez, no solo las de la madurez a la senectud, sin olvidar  las intermedias,  las ocasionales y sorpresivas, las crepusculares… Líneas de sombra pues, una detrás de otra.  Hay alguna temible, como la de la vejez extrema cuando te puedes ver obligado a dejar todo lo que ha sido tu vida a la espalda y echar el ancla en un moridero. Negruras al margen, me gustaba mucho este libro de Conrad, muy subrayado, muy fatigado, mi edición princeps barateja, pero princeps en el sentido que le da Proust en El tiempo recobrado. Déjate de biblofilias (me digo), tiembla o emiciónate con las palabras, con eso basta, lo otro es poco menos que humo (dijo la zorra de las uvas) o negocio (tirando a malo)… No es Marlow quien habla en La línea cde sombra, sino el  capitán Giles, un liante, que también parece estar por encima del bien y del mal,  a quien Conrad le relata los padecimientos de su travesía frustrada en el Omago y este le habla de la ncesaria lucha del hombre “contra la mala suerte, contra sus errores, su conciencia y otras zarandajas por el estilo. Si no, ¿contra que lucharía uno?”. Cierto, solo que propósito tan lúcido y solemne se te olvida, como casi todo lo que figura de manera pimpante en los breviarios morales, de Marco Aurelio para abajo, cuando de los ejercicios prácticos se trata.

r0_0_3551_2367_w1200_h678_fmaxEl pecio del Omago, el barco de Conrad entre 1887-1889

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