Los suicidios

imagen-15 Fueron primera plana en los días, hace ya años, en que una de las frases que más se escuchaba en la calle encendida era «Esto tiene que explotar por algún lado». Relacionados o no con los desahucios, o con las consecuencias de una crisis que no solo ha sido económica, eran motivo de debate y hasta hubo obispo que negó rotundamente que su causa fuera la pérdida dramática de las viviendas en casos en los que, encima, la relación era directa y evidente.

El suicidio ha sido un tabú social y religioso, que remitía a los cementerios civiles, a aquella cochiquera pegada al camposanto donde iban a parar los réprobos, los suicidas y las basuras. No convenía airearlos, su sombra se proyectaba sobre las familias. Además, en España no se suicidaba nadie, gracias al salero, al sol del Mediterráneo y a las castañuelas, no como en los países nórdicos donde se suicidaba todo Dios, porque hacía frío, estaba oscuro y vivían amargaos… Basta con ponerse a recordar.

De las primeras planas de hace cuatro años, los suicidios pasaron a un silencio o a un discreto hablar informativos, más marginales que otra cosa, para quedar relegados luego a la burocracia judicial y al Anatómico Forense; pero han regresado estos días, en forma de fría estadística, comparados con las muertes por accidente de trafico: los suicidios superan a estos y no porque la seguridad vial haya aumentado de manera espectacular. Son de pronto un fenómeno social, más que un drama, que hay que tener en cuenta… como mínimo un par de días. Ahora encienden las redes sociales y las tertulias porque de algo hay que hablar, un lugar común sobre otro, más los prejuicios y las creencias religiosas añadidos, pero me temo que el drama que suponen (salvo para las fieras) regresará enseguida por donde vino.

Así las cosas, está visto que, con silencios de por medio o tabús informativos, en este país hay gente que se quita la vida porque esta le resulta insoportable y sé que decir esto es aventurado porque el último motivo de quien se quita la vida, lo desconocemos. En muchos de los casos que se han hecho noticia, su relación directa con la pérdida de la casa en la que vivían y los motivos por los que habían llegado a esa situación está clara; en otros, no, solo los suponemos y nos los explicamos a medias con respeto y melancolía, o echamos a rodar repulsivas y violentas bravuconadas de matasietes de la vida que nos retratan.

Hasta ahora se han ocultado como han podido los suicidios, como se ha ocultado el ritmo imparable de los desahucios de viviendas por mucho que las estadísticas hayan cantado (por los rincones) sus resultados. Ya no eran materia de primera plana, munición para tumbar el Gobierno o denunciar las tropelías de la banca, ya no interesaban. Las PAH eran un movimiento que se daba por desaparecido… no porque no siguiera sosteniendo a las víctimas de los abusos bancarios o de la pérdida de trabajo, sino porque no se hablaba de ellas, porque no interesaba, porque hacerlo causaba alarma social, daba mal ambiente y contradecía las consignas de la propaganda oficial. Hablar o no hablar, de eso depende nuestra existencia, cada día más mediática.

Un detalle llama la atención en la estadística sobre fallecimientos publicada estos días pasados: los suicidios en mayores de ochenta años, relevantes por su porcentaje. Otro mundo vagamente existente, que emerge de manera tenebrosa de cuando en cuando y a la sentina informativa regresa cuando ya no da cámara: los ancianos en soledad, abandonados a sí mismos, impecunes, desatendidos, desasistidos… te dirán que es falso o folletinesco, pero a poco que prestes atención puedes escuchar testimonios turbadores que contradicen las versiones oficiales de esta Jauja permanente. Silencio pues, y lo más deseable, un gráfico, una curva, en colores si es posible, una estadística, compromete menos, no compromete nada, y puedes pasar la página aliviado porque por el momento no va contigo.

Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias el 3.3.2016

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