La dictadura sensata

commedia-dellarte«Las dictaduras no tienen libertad, pero tienen cierta paz y orden», leo que ha dicho el inefable Rivera al regreso de su viaje triunfal a Venezuela. Frase que, días después, es agua pasada porque en este país todo es enseguida agua pasada. Ese es el gran alivio de los maleantes, el olvido, la sucesión de despropósitos y canalladas que se tapan unas a otras, y la réplica de que, cites lo que cites, está fuera de contexto: no hay bellaquería que no lo esté.

Con todo, en esa frase hay algo que me llama la atención: el «cierta paz». Es muy reveladora, a mi juicio. Se traiciona a sí mismo Rivera y a lo que de verdad piensa de las dictaduras y en concreto de la española que no ha condenado con firmeza y de frente. Una vez más no hay motivo alguno para rasgarse las vestiduras porque lo dicho por Rivera está ampliamente compartido en este país entre sus votantes y entre quienes no lo son. Esa valoración de la dictadura y del franquismo hunde sus raíces en un pasado que cada día que pasa está menos remoto, nos viene royendo los zancajos y nos da alcance triscada tras triscada, como perro rabioso de pesadilla.

¿Dictadura sensata? ¿Pero de qué demonios hablan? Claro que de quien no se ha opuesto ni al estado policial ni a la ley Mordaza, no se puede esperar otra cosa. Rivera representa al país antipático, hostil, cruel, el de los vencedores y los vencidos, el de la convivencia maltrecha sin remedio.

Rivera demuestra que le importa un comino el pasado reciente de este país, ese que está todavía aquí, durmiendo en fosas comunes, en juicios militares canallescos que no han sido anulados, en páginas no escritas, en defensas expresas del fascismo, en negativas a condenarlo. Una más por tanto, un rasgo más del autorretrato que día a día traza este personaje.

Pero tal vez lo más repugnante, lo que mejor le retrata, sean sus lágrimas venezolanas, un montaje de mala traza y un engañabobos de mala comedia sin otro objetivo que la caza de votos. Si Rivera quería llorar no tenía que haber ido tan lejos porque aquí mismo le sobran motivos para aliviar sus lagrimales: las colas del hambre y los refugios de los sin techo que no hayan sido corridos a golpes antes de su llegada al escenario, el interior de los CIES, las cárceles… A Rivera le bastaba con haber ido a donde las ciudades pierden su nombre (Francisco Candel) para encontrar motivos de llanto y si quiere internacionalizarse en busca de votos fáciles, con acercarse a Idomeni le basta, pero no, necesitaba el facilón escenario de Venezuela que es donde se está desarrollando la nueva campaña electoral española, caracterizada por un juego sucio redoblado y una tartufería fuera de todo límite. Un cínico. Una impudicia la suya y una falta de respeto a unos ciudadanos ya tan abusados, tan burlados que una burla más cae en saco roto. No reaccionamos. No reaccionamos ante las noticias de las canalladas y la baja estofa de una campaña electoral que empieza con berridos de gallera. ¿A quién pretendía engañar Rivera con sus lágrimas? Pues a los muy engañados, porque a los demás, los que se arraciman de manera sorprendente a su sombra, me temo que les da igual, con tal de que consiga una parcela de poder. ¿Y de la financiación ilegal, qué? Pues nada, qué va a haber. Hasta que hablen los tribunales, nada, es decir, nunca, jamás, amén… o tarde, que es peor, cuando del barco no queden ni las ratas y la historia sea otra. A nadie puede extrañarle ya que alguien capaz de esas cucamonas fraudulentas aspire a ser presidente de gobierno de un país europeo (porque esto después de lo de Idomeni no significa nada) o líder de una renovación nacional lírico-visionaria, y sobre todo trapacera, de un país en descomposición y derrota. Y es que lo más asombroso de este personaje es que, por muchas canalladas que haga o diga, tiene votantes, nutridos, de renombre, agazapados detrás de sus zascandileos… lo mismo que Rajoy con sus mayúsculas estupideces, igual.

Anuncios

Chesterton de paso por Biargieta

cb3Llevaba tiempo detrás de esta cita. Había olvidado en qué libro de Chesterton estaba. Incluso la había modificado a mi conveniencia. La necesitaba como guía de una novela en la que se trata de Biargieta, ese barrio que abre sus puertas entre dos luces. Esta tarde, por fin, la he encontrado. Está en Autobiografía. Chesterton deambula por las calles de North Kensington y fabula sobre el pasado remoto de ese destartalado escenario urbano, una selva de ladrillos y cemento, y se detiene con la mirada cautivada ante un pequeño bloque de tienditas iluminadas… “Encontraba emocionante contarlas y darme cuenta de que contenían las cosas esenciales de la civilización: una farmacia, una librería, una tienda de comestibles y un bar. Y por último, para gran regocijo mío, había también una pequeña tienda de antigüedades erizada de espadas y alabardas…”… Yo por mi parte le he añadido un comercio de naturalista, cochas, fósiles, mariposas, un fumadero de opio dentro de una funeraria… pero esta es ya otra historia. La aventura comienza, las ganas de correr en la noche conducen el tiro bravo… ¡Y vaaaamonos!!

 

Otrosi digo: la ilustración es una antigua fotografía de la taberna de Charlie Brown, en Limehouse… pero esta es otra historia.

Rip van Winkle de nuevo

Rip Van Winkle, Arthur Rackham«Rip se despertó. ‘Seguramente -pensó- he dormido aquí toda la noche. ¡Oh, ese frasco! ¡Ese maldito frasco!’…»

Se refiere Rip van Winkle al bebedizo que le ofrecen los hombrecillos del bosque en el que se ha extraviado y que le transporta a un tiempo sin tiempo, un sueño de tiempo detenido.

Vuelvo a la historia de Rip van Winkle una y otra vez. Desde niño: las lecturas de la leñera, la cueva, el Tesoro de la Juventud, ilustraciones de Arthur Rackham… Me parecía maravilloso poder vivir algo parecido, ahora que eso forma parte de la mitología literaria personal, de las reminiscencias, me parece algo más sombrío. La otra cara es el relato de Irving sin otros adornos que su trasposición al presente, a cualquier presente y a cualquier historia personal que esté teñida por el extrañamiento: el tipo que regresa a un mundo que le desconoce, que lo ve como un viejo grotesco, un mundo que él, a su vez, no entiende. Se ha perdido la vida que los demás, sus vecinos y familiares, han vivido en su ausencia, porque eso es lo que pasa, que ha estado ausente y que, a la manera de Oscar Wilde, si a su regreso no reconoce a nadie es porque ha cambiado mucho, más de lo que supone, tanto que en vez de recuerdos, tiene que inventarse una vida al paso.

“La foto del horror”

n-NAUFRAGIO-large570¿Y qué vas a comentar que no se comente solo? Si ni siquiera sabes desentrañar la confusa mala conciencia que sientes cuando recibes y digieres como puedes noticias como esta… ni por qué, en el caso de que la sientas, que es probable, porque tener mala conciencia es uno de lo signos de nuestra época, por esto o por lo otro, por lo vivido y lo no vivido, pero también puedes mirar obstinadamente para otra parte haciendo como que te interesas y conmueves e incluso te involucras en las tragedias y escapando de tu propio susto, de la oscura amenaza que para tu propia seguridad ves en esos naufragios… ¿como espectador? Hoy esas imágenes, mañana otras muy parecidas, o peores… y las que nos ocultan. No tengo solución alguna que ofrecer, nadie parece tenerla. Las tragedias parecen estar condenadas a ser catástrofes inevitables.

La foto del horror: capta el momento en el que naufraga una embarcación frente a Libia

Coca quemada (por Pablo Cingolani)

9999_20160524Q8osKb

Tal vez no sea yo el más indicado para hablar de este asunto, pero como no comparto ni de lejos la animadversión y el enojo de amigos bolivianos –en la línea de Fausto Reinaga y otros– hacia el acullico, y estoy convencido de que la coca no es cocaína, y de que, en cambio, es beneficiosa para unos cuantos males, copio y pego un texto enardecido que me acaba de enviar su autor a propósito de una noticia que aparece en los medios de comunicación bolivianos sobre la destrucción de dos obras del pintor Gastón Ugalde.

Coca quemada

“Los europeos siguen demostrando que son unos bestias incurables: el supuesto faro de la civilización, de la civilización occidental, sigue demostrando su incomprensión, su odio, su temor, su desprecio y su ira contra todo lo que no sea, para ellos, digerible, procesable, entendible y aceptable desde su cosmovisión excluyente, esa que ha llevado al planeta a dos guerras mundiales ayer, en el siglo pasado, acompañada de un genocidio de escalas desconocidas contra judíos, gitanos, eslavos y homosexuales, millones de asesinatos que se agregaron a otros millones de asesinatos impunes que ya habían cometido siglos atrás en América, en Asia y en África en aras de una supuesta superioridad cultural que siguen exhibiendo, sin pudor y sin remedio, cada vez que pueden.

“Esa nueva ocasión de manifestar su racismo y su cinismo inmemoriales la tuvieron ahora contra dos obras de arte de un artista nuestro, de un artista boliviano, del artista Gastón Ugalde y dos de sus cuadros, elaborados en base al uso de hojas de coca, como soporte de su creación artística, una técnica que Ugalde viene utilizando hace décadas y que lo ha destacado en el ámbito de la cultura nacional e internacional con obras tan famosas como su retrato en coca del comandante guerrillero Ernesto Che Guevara, un icono de las luchas de liberación de todos los pueblos oprimidos del mundo, precisamente, contra ese colonialismo histórico ejercido por los europeos contra ellos.

“La noticia es escalofriante porque asegura que los cuadros, dos obras de arte, fueron quemados en una dependencia oficial del estado holandés, en los tenebrosos Países Bajos, cuyas atrocidades cometidas contra los pueblos del Extremo Oriente son bien conocidas. Las masacres y torturas ejecutadas por los neerlandeses contra la población local de la actual Indonesia son de dominio público, y sólo comparables con las que los belgas, sus vecinos, ejecutaron en el África, en el Congo.

“Sin embargo, el hecho de haber quemado las obras, nos retrotrae a uno de los sucesos más siniestros de la historia: cuando los nazis, especialmente los jóvenes universitarios nazis, guiados por esa declaración de insania titulada las 12 tesis contra el espíritu anti alemán, una noche de 1933, se dedicaron con despiadado esmero a quemar todos los libros que pudieron de autores que, según ellos, no representaban ese espíritu, el de ellos, el de la raza superior, la alemana, encarnada en el gobierno nazi, liderado por Hitler.

“Hubo, hay, en la historia muchos más ejemplos de esta demencia que hoy es moneda corriente en el Oriente Medio y el Asia Central donde, por un lado, los yanquis y sus bombas destruyeron la biblioteca y el archivo nacional de Irak, un repositorio único que incluía testimonios de la civilización sumeria, la primera registrada en los anales humanos, y del otro, talibanes destruyendo los budas gigantes de Bamiyán y los nuevos demonios de ISIS arrasando con la histórica ciudad de Palmira, en Siria. Holanda, la tan cacareada y progresista Holanda, ahora puede ser sumada a la lista de naciones y grupos abominables destructores del alma humana y de su expresión más sensible: el arte.

“Falta aludir al hecho específico de que estos bestias aduaneros (de la paradojal cuna del esencial Vermeer y del no menos trascendental Van Gogh) hayan quemado dos cuadros hechos con coca, asociando el material artístico a la droga, a la cocaína, y a toda la parafernalia hipócrita y esquizoide  vinculada a ella. Creo que esto convierte el hecho de la destrucción inmoral de arte, también en una agresión a la cultura ancestral de los pueblos originarios de los Andes. La coca es una planta maestra ligada de manera indisoluble a los saberes y las tradiciones de dos países, especialmente uno, Bolivia, de donde, no casualmente, es oriundo el artista Ugalde.

“Este doble atropello cultural –la quema de las obras de arte porque estaban hechas con coca que para los censores pirómanos eran droga- nos debe seguir alertando sobre la necesidad histórica de que terminen de caer nuestros velos sobre la supuesta distinción entre una Europa abierta al diálogo intercultural y la cooperación para nuestro desarrollo con identidad –formulas y mas formulas que no dicen un carajo frente a tan devastadora prueba de desprecio por lo nuestro, lo genuinamente nuestro- y unos norteamericanos, cerrados y obstinados en seguir con su avasallamiento cultural y, de paso y como consecuencia de ello, con la permanente intromisión que significa la llamada “guerra contra las drogas”, impulsada desde Washington. Frente a las evidencias, frente al despropósito lacerante de los cuadros de coca quemados, no queda sino asumir que son todos lo mismo, que nos humillan por igual y que nada bueno podemos esperar de tanta ignominia.

“Reafirmemos nuestras convicciones más puras, empeñémonos –como quería Mariátegui- en que nuestra vida, nuestra lucha, nuestro arte no sean ni calco ni copia sino creación heroica y, como alguna vez dijo también Fanon: olvidémonos de Europa, de esa Europa que nos sigue escupiendo en la cara, y miremos otra vez, con orgullo y con fe renovada, hacia nuestras montañas, nuestras selvas, nuestros ríos venturosos, nuestras plantas sagradas como la coca. Allí está la materia prima y la inspiración de todo el arte que necesitamos, de todo el arte que construye comunidad y despliega la creatividad de pueblos dignos, nuestros pueblos. Solidaridad con Gastón Ugalde, mi solidaridad incondicional con Gastón Ugalde.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 24 de mayo de 2016

“Mensajes fuertes”

6c73b36c93776540b9cca1310d1a7474Los que el gobierno francés envía, dice, a los terroristas y que consisten, sobre todo, en el control de la ciudadanía, en la presencia de militares fuertemente armados que patrullan calles medio desiertas, en la abundancia de nuevos matones de seguridad con plenos poderes, en los registros en museos, galerías y centros comerciales, aeropuertos, estaciones de tren y pasillos del metro. Se ve que los mensajes fuertes no llegan a quienes deben ser sus únicos destinatarios o llegan mal porque no impiden que se comentan nuevos atentados, como el último del avión Egyptair en su vuelo París-El Cairo; y mejor no olvidar que los autores de los últimos atentados estaban identificados por los servicios secretos, pero no lo suficientemente controlados como para que no pudieran cometer sus crímenes. Así que no veo a quién y cómo llegan de manera efectiva los mensajes fuertes que se utilizan como baza política y prueba de eficacia gubernamental. Para empezar el gobierno francés ha prorrogado dos meses el estado de emergencia.

No hace falta ser visionario del porvenir para aventurar que esos estados de alerta, urgencia, emergencia, excepción, o como tengan a bien llamarlos, vienen para quedarse y no solo en suelo francés, más que nada porque esa es mercancía fácilmente exportable, como lo son los sistemas norteamericanos de tortura a detenidos en su justificación legal, un producto apetecible para gobiernos autoritarios en democracias débiles.

Esas medidas vienen para quedarse porque son elementos de una nueva sociedad y un nuevo orden. El mundo feliz que se nos propone no es un idílico paisaje de tarjeta postal, sino un centro comercial gigantesco, un espectáculo de luz y sonido permanente, y unas actividades de trabajo y ocio sobre las que se ejerce un poder de control casi absoluto como vamos viendo a diario. La realidad en modo jardín de infancia es una fantasía venenosa.

Lo peor, a mi juicio, de esos mensajes fuertes es que más que los terroristas, es la ciudadanía en su conjunto la que los va a recibir de pleno, incluidas las miles de víctimas no combatientes de los bombardeos de castigo, de los que cada vez se sabe menos gracias a la bruma informativa en la que vivimos.

¿Estamos más seguros o más acoquinados? Estimo que más bien lo segundo y que quien más quien menos imagina escenarios de terror al margen de viajes, espacios públicos y aglomeraciones. Es viejo ya el eslogan de que siembran miedo para vender seguridad. Y es exacta la referencia a la venta de la seguridad en la medida en que el volumen de negocio de las empresas de seguridad ha aumentado de manera opaca e incontrolable, no ya por parte de los poderes públicos, que alientan y participan de cerca o de lejos en esos negocios, sino por unos medios de comunicación cada vez más serviles y más débiles, y que no cumplen otra función que la transmisión de las consignas gubernamentales.

Mensajes fuertes como los que está recibiendo la ciudadanía española en un auténtico chaparrón de abusos administrativos (policiales), amparados por la ley Mordaza, o por ninguna, y que solo en contados casos, como el de las esteladas catalanas, un juez ha obligado al gobierno a tragárselas. Medidas represivas, medidas vengativas de acoso y castigo, sometimiento disfrazado de ese orden social en el que no hay quien no quiera vivir, y que es mejor ignorar que es un espacio mejor o peor decorado en el que se vive en libertad vigilada, en libertad condicional y a merced de poderes políticos incontrolables que quiebran el principio de soberanía nacional, como las leyes transnacionales que van imponiendo los Estados Unidos, auténticos cajones de sastre en los que cabe todo, cualquier cosa, más incluso al arbitrio policial que judicial.

Los gobiernos occidentales no consiguen detener el terrorismo, eso está claro, pero a cambio intentan convertir sus territorios en ciudadelas en las que es cada vez más difícil entrar y encontrar refugio para quien padece el pisoteo de sus derechos humanos y en la que se vive en la antipática ficción de la seguridad y la garantía del ejercicio de libertades elementales como el de poder comprar todo aquello para lo que alcancen tus ingresos o tus ayudas sociales o lo que logres mendigar.

*** Artículo pubicado en los diarios del Grupo Noticias, el 22.5.2016

**** La imagen es de la película La ronda de noche, de Peter Greenaway.

Item más: la utilización política y mediática que de la catástrofe del avión de Egyptair hace el gobierno francés me parece indecente y una prueba más de que la información oficial esconde la consigna, la manipulación de la conciencia del ciudadano.

Le temps retrouvé

13217186_349011585222769_2103683241557205637_oDudo que aquel que de verdad perdiste puedas recobrarlo de la manera que sea, ni escribiéndo de él de forma compulsiva; tal vez inventándotelo, pero no es seguro. No pateas una ciudad para encontrarte con tus famosos días de la vida porque no encuentras nada de lo que buscas, no está y tal vez ni siquiera estuvo… por no hablar la taberna de los fracasados de la aventura cuya puerta tanteas en un muro ciego.

Juan Recio de León y Pelechuco (por Pablo Cingolani)

Rutas-DOrbigny-Andes-Foto-Dorbigny_LRZIMA20141121_0152_11Todos los caminos conducen a Pelechuco

Historia de confines, de afanes desmesurados, de gloria y riqueza abrasadora, de jugarse el cuero y la honra para lograrlo. Historia de límites, de límites que se superan, se desconocen o se vuelven invisibles: donde la realidad se mezcla con la fantasía, con el mito, con la leyenda, con el deseo, con la arena en los ojos, con el brillo en los labios. Historia de frontera y donde cada cual, con su osadía y su genio, es capaz de marcarla. Historia del fin del mundo que por esos azares de la misma historia, deviene su centro, su eje, su nervio vital; como la Roma imperial en su apogeo, debemos decir para enmarcar nuestra propia y pequeña y gran historia que buscamos narrar aquí: todos los caminos conducen a Pelechuco.

Date cuenta: alguien lo escribió, más o menos así, en 1625. Hace casi cuatro siglos, un hombre —cualquier hombre, aunque éste se llamaba Juan Recio— le envió un escrito al Rey de España donde le decía: “Oye, Majestad, abrí los ojos”.

Estaba en Madrid, desesperándose por volver al Nuevo Mundo, pero con un nombramiento bajo el hombro: gobernador del Paititi y el reino de las Amazonas; estaba solo y afiebrado en la ciudad de la corte. De seguro, en alguna taberna brumosa, empujó con generosidad un tinto espeso y siguió escribiendo: “Oye, Rey, desde Pelechuco, pasando por San Juan de Sahagún (un vaho de nostalgia lo envolvió) y la ciudad de Nuestra Señora de Guadalupe en el valle de Apolobamba y de allí a las dos iglesias de Uchupiamo e Inarama, navegando los ríos, pasando por el reino del Gran Señor del Paititi y el Amazonas, el mar y España están ahí, están a la mano… por allí no sólo es más fácil sacar todo el oro del Perú si no todo el oro del Paititi, todo el oro de las Amazonas, el oro, el oro, Rey…”.

Los burócratas del monarca no le creyeron, a pesar que el hombre —cualquier hombre, pero éste se llama Juan Recio y era de León— afirmaba haber sido maestro de campo y lugarteniente del gobernador y capitán general de dichas tierras —el segundo en los anales de la conquista, después de don Álvarez de Maldonado que fue el primero, y cuyo final fue tan desdichado como el de todos en esta historia. Ni mierda: no consiguió los títulos ni menos —después, cuando se las vio negras— que le reconocieran los gastos. Su rastro se pierde algunos años después de este escrito del cual presentamos un extracto. Su rastro se pierde en el olvido: en una sucia pelea callejera al salir de una pascana, en un barco con rumbo incierto, en los prostíbulos de Túnez, quién sabe.

Es otra vida imaginaria que pudo haber contado Marcel Schowb, pero la de Juan Recio ya no solo tiene entidad histórica —su Breve Relación (…) de las Provincias de Tipuani, Chunchos y otras muchas que a ellas se siguen del Grande Reino del Paititi, fechada en el año 1623, es una de las fuentes primarias más citadas por los estudiosos de la etnohistoria amazónica— sino que, con solo leer sus escritos, es sencillo comprobar que lo que narra es real y es la pura verdad.

Pelechuco estaba ahí, en su escondrijo de nieblas como anotó D’Orbigny; Nuestra Señora de Guadalupe fue el segundo intento frustrado de asentar una población permanente en el actual valle donde se localiza Apolo y también estaba allí; de las dos iglesias nombradas sobrevivió la comunidad quechua-tacana de San José de Uchupiamonas y ambas estaban situadas a orillas del río Tuichi, y de allí, navegando que es preciso —Tadeo Haenke escribió lo mismo 150 años después; la Geografía de la República de Bolivia de Luis Crespo, Secretario General de la Sociedad Geográfica de La Paz, de 1910 estableció que solo 11.089 kilómetros separaban a Pelechuco de Lisboa, vía Rurrenabaque y el Pará—, de allí, es tan fácil navegar a Europa, mi Rey, a casa, mi señor, a la gloria, mi monarca.

Pero Su Majestad no entendió y menos sus sabios y sus cartógrafos arrogantes que a Recio no le dieron ni el saludo. Historia de confines: seguro que Juan, decepcionado y triste, murió delirando con la imagen del país de las Amazonas anegada en sus sueños; esa misma imagen que cualquiera puede observar hoy mismo si se trepa hasta la Chunchu Apacheta de Pelechuco y mira hacia donde sale el sol, de donde viene el verde, las nubes y el calor y donde, hasta hoy mi dios, no pueden quedar dudas que para el que se anime es posible llegar desde allí hasta el Atlántico y de allí a Europa o a la China, si es cuestión de llegar a algún sitio.

Todo era posible para Recio: su sino estaba marcado en las cinco letras de su apellido. No solo tenía razón —hoy diríamos que poseía conciencia territorial— sino que se animó a escribirlo.

Será por eso que el personaje —esta vez no cualquier hombre, sino don Juan Recio de León— siempre me causó simpatía y son testigos algunos de mis amigos —Aliaga, Ibáñez— de mis afanes, primero para localizar el manuscrito de la Breve Descripción… en la Biblioteca Nacional de España y luego por leerlo, desencriptarlo, copiarlo, volverlo a leer, trazar sus huellas, arribar al río Beni, toparse con el Gran Reino de los Mojos, admirar la Fortaleza del Inca, navegar con él hasta el Atlántico, al Mar del Norte, la osadía.

Pobre Recio: tal vez se murió atragantado con una oliva, se cayó en el pozo de un aljibe o lo agarró una pulmonía una noche fría. Por eso —para rendir culto al coraje (Carajo: supongo que había que tener valor para enviarle un memorial al Rey para afirmarle que desde una ignota villa de sus desconocidas comarcas en América, una villa que había sido fundada en 1560 por unos frailes que la pusieron bajo la protección de Santiago, un poblacho perdido en medio de los Andes, se podía llegar al mar, a casa, a España, a la gloria…)— más abajo transcribo el documento que detonó esta especie de intrépido homenaje a cualquier hombre (aunque éste se llame Recio, Juan Recio), a cualquier hombre que siga sintiendo que la vida es eso: una frontera para pasar de largo, un límite al cual vencer, un más allá donde siempre habrá algo que encontrar como lo intuyó Recio desde Chunchu Apacheta, desde las alturas de Pelechuco, hace casi 400 años. Aunque sólo sea para volver a casa más rápido, como anhelaba el hombre.

Bueno, dejo la lata y aquí va el documento:

“OTRO MEMORIAL de Juan Recio de León

(…)

Copia de las leguas que hay desde todos los asientos de minas, villas y ciudades del Reino del Pirú hasta el pueblo de Pelechuco. La provincia de la Larecaja, Señor, en el Reino del Pirú, hace frontera y raya con los naturales y tierras del dicho descubrimiento; y por el pueblo de Pelechuco último de ella, al Norte, y en 16 grados de la Equinoccial, al Sur, y doce leguas de las minas de Carabaya, se hizo la entrada. Está este pueblo de Pelechuco casi al medio de todos los asientos de minas, villas y ciudades y las mejores provincias del dicho Reino, que es como sigue: Desde Potosí al dicho Pelechuco hay ciento veinticinco leguas; desde los Lipes, 170; desde La Plata, 130; desde Oruro, 85; desde Pacajes, 30; desde La Paz, 45; desde Chuchito, 25; desde el Collao, 20, 30 y 40; desde Arica, 70; desde Arequipa, 80; desde Locumba, Zama y Moquegua, 40; desde Paucarcolla, 20; desde el Cuzco, 50; desde Vilcabamba, 60; desde Huamanga, 120; desde Huancavelica, 100, 130, y Castro Virreyna, 130; Pisco, Ica, Nazca, 130; Lima, 200; Trujillo, 280; Quito, 490; que es lo más apartado de dicho Pelechuco; que cuando se haga difícil o trabajoso de subir la cantidad de Quito se puede remitir con el oro de Popayán al Nuevo Reino de Granada, o a Panamá, por el puerto de Buenaventura, que son seis días de navegación; y todo lo demás está tan acomodo para juntarse en el dicho Pelechuco, como está dicho; siendo asimismo los caminos y pastos mejores de todo el Reino y muy baratos de mantenimientos y acomodados de servicios. De todo lo cual carece Arica como es notorio, que es la causa de la gran careza de los fletes que desde Potosí corren hasta Arica y gastos que en ella se hacen; que serán bien la mitad menos los desde Potosí a Pelechuco, por las causas referidas.

(…)

En Madrid y Diciembre ocho de mil seiscientos y veinticinco años

Juan Recio de León”

Gracias a la gentileza de Luis Oporto Ordóñez, director de la Biblioteca y Archivo Histórico del Congreso Nacional de la República de Bolivia y al personal a cargo de las bóvedas, esta joya historiográfica llegó a mis manos. Solo actualicé los topónimos para hacerla más comprensible. Por si quieren saberlo, el original está en el British Museum. En este caso, lo tomé de la colección de Maurtua. No pude evitarme todo este río de palabras, todo este aluvión de sentimientos, todo este alimentar el cauce que me regresa una y otra vez allí donde termina el mundo pero que, como ven, para el bueno de Recio, no era más que el lugar a donde te llevaban todos los caminos, todas las huellas, todos los deseos. Todo es posible.

*** Artículo de Pablo Cingolani publicado el La Razón, La Paz, 23.11.2014

No lo entienden

 Tartufo_o_el_hip_crita-241248143-largeLo que más llama la atención de los profesionales de la política atrapados beneficiándose indecorosamente de sus cargos o puestos burocráticos es que no entienden por qué se les denuncia y recrimina. La máscara de la dignidad herida y del padecimiento de una terrible injustica es la que acompaña de ordinario su procesamiento y las consecuencias de este. Están siempre tan seguros de haber actuado de manera correcta que su asombro, parejo a su mala fe, es contagioso… De hecho no les falta razón. Según sus criterios han actuado de manera correcta, porque ese es el problema: sus criterios, según los cuales el ejercicio de la cosa publica significa en la práctica beneficiarse de esta.

         El pitorreo más que la admiración ha venido acompañando el eco de las noticias que venían siempre de fuera, de otras culturas que parecen remotas, en las que se daba cuenta de que este o aquel político había dimitido por lo que aquí se considera nimiedades. Aquí no ha dimitido nadie de los que debieran haberlo hecho. Nadie… de verdadero motu propio. No se estila. Se toma como un signo de debilidad, y el poder debe ser fuerte y honorable, el poder debe ser cómplice de la infamia llegado el caso, debe tapar más que destapar, debe apoyar al corrupto en la medida en que todos pueden serlo en un momento o en otro: hoy por ti, mañana por mí. De lo contario no se entiende. Antes que destapar y clarear, echar a rodar la chicana jurídica, las disquisiciones, el retorcer argumentos legaloides.

         Cumplir con lo estipulado, porque estipulación es o así debe ser tomado lo dicho en los programas electorales, no usar el cargo o el puesto para alimentar un red de beneficiarios, amigos y familiares, no actuar con descaro al margen de la ley en la confianza de que teniendo las riendas del poder no va a pasar nada, deberían ser normas de ética política, pero esto se ve que no se entiende o se entiende mal, y es cosa de curas, de ilusos o poco menos.

         Se entiende mejor, por contra, que el poder es trago de mucha graduación porque se nota que embriaga, ensoberbece y que debe ser muy fuerte la tentación de aprovecharse de la manera que sea del cargo o puesto que se ocupa, para sí, sus amigos, deudos y allegados. Es como si una vez conseguido el cargo político o el puesto administrativo entraran en otra dimensión, en otra casta social en la que las reglas del común son desdeñables porque ellos se rigen por otras, la ventaja inmediata la primera de ellas… y para siempre, en un continuo hereditario, familiar, y al final mafioso con descaro.

         No tengo la menor esperanza de que esto cambie, ni ahora mismo, ni en un futuro inmediato. La cosa pública como negocio particular es una tara que viene tan de lejos, tiene tantas implicaciones educacionales, culturales y religiosas, que haría falta un programa de renovación y reconstrucción general que en este nuevo mundo que vivimos da más risa que otra cosa. Dejar de creer en la selva y su ley, y que se pueda reconducir esta, es gollería. Me temo que, incluso, esta reflexión tiene tintes de sermón anacrónico porque el juego es otro y yo al menos no me explico bien sus reglas. Mi generación, no toda, no nos engañemos, se sigue moviendo de cerca o de lejos por referencia del humanismo surgido después de la Segunda Guerra Mundial y eso está más que acabado, es objeto de la carcajada de las fieras de las sicavs, los panamás, los consejos de administración de estafas públicas y las ejecutivas de partidos que son negocios, solo eso, negocios, por mucho que sus protagonistas hubiesen pasado por Lovaina haciéndose los preocupaos antes de oficiar de puntos de tablao, palmeros de caseta de abril y de putero de Semana Grande… gentuza de caja de ahorros y socialismo de impostores. Me temo, una vez más, que me encuentro más ante lo que es que ante lo me gustaría que fuera, pero me conformaría, no ya con que lo intentaran, sino que por lo menos, cuando les atrapan, entendieran algo elemental: que no es de recibo la falta de decoro y que si estamos obligados a vivir en un permanente trágala, al menos que tengan el coraje de declarar que esto es la ley de la selva y solo por ella está regido.

Las cosas de los muertos

13147683_347000665423861_5731883731497464977_oLo que queda de una vida. Poco. Cositas que se desperdigan y unos recuerdos e inventos a ellas aparejados que contigo desaparecen, si te haces de manera pasajera con ellos y los incorporas a tu cacharrería. Marcel Proust fue muy claro a este respecto en El tiempo recobrado: . Atrapar el tiempo, atrapar lo inatrapable, aferrarse a lo que es tanto el recuerdo de un momento feliz como de la desdicha y de la vida que no fue, conservar el recuerdo de personas a las que no asistista lo suficiente en vida, y lo sabes. Conocí a una persona que escondía como podía sus recuerdos rotos, recompuestos, porque era lo único que de verdad tenía, y de pronto aparecía en escena para regalártelos, que era como consignártelos, que te hicieras tú cargo de ellos, pasarte el testigo de un historia que no has acabado de descifrar: las verdaderas vidas novelescas estaban a tu lado, no lejos, no en los escenarios de papel, estaban haciendo noche contigo.