Vuelta de Aroztegia

DSC_0124Fui a parar a Aroztegia en el mes de junio de 1974, hace mucho, y recuerdo que aquel día olía a hierba recién segada. La gente que estaba en el palacio, trabajando en el larrain, bajo la enramda de los plátanos, me miraron de manera zumbona como a una aparición, y sin duda lo era. Regresé en el mes de diciembre de aquel mismo año, con niebla cerrada y lankarra que no he olvidado porque en un camino me crucé con dos guardias civiles a caballo con capotes relucientes del agua que me impresionaron. No volví  hasta veinte años después, cuando la casa estaba ya de capa caída, y no vivía nadie en ella, aunque sirviera para  cuadra y establos.
En parte utilicé ese escenario para una novela, escrita del año 1987, La quinta del americano, y otras. Cuando investigué la historia de la casa me apareció un militar chileno de hace 200 años cuyo rastro he perdido.
Desde 1995 he pasado ni sé cuántas veces por Aroztegia. He asistido a su deterioro, a la ruina de sus dependencias, al arrase de sus manzanos e higueras en lo que fue su huerto… la vieja calera estaba hasta arriba de jiña. Conozco bien sus sendas, caminos, y portillos, yendo y viniendo de Lekaroz a Elizondo, y de Elizondo a la regata de Beltxuri, a las bañeras de los frailes, a Legate… conozco también árboles magníficos, ejemplares extraordinarios, y como decía el difunto Gastearena: «Estate seguro de que los árboles también te conocen a ti…». Es un lugar muy especial, lo saben quienes lo conocen, no así los que hablan con autoridad de él y no lo han pisado de verdad nunca.
Volví a Aroztegia, con otro nombre, en mi novela Perorata del insensato, escrita en 2014 y publicada el año pasado, y puse en escena atropellos y matones de seguridad, y a mi loquico, Juanito pastillitarojigualda, que en sus delirios no sabía muy bien si allí iban a hacer un hotel de quince hoyos o una golf de cuatro estrellas, o viceversa, una avería en todo caso. Ahora van a hacer una urbanziación de lujo, un campo de golf y un hotel y no sé qué más.
Me apena que ese mundo, por muy crepuscular que fuera, se haya convertido en lo que los desvergonzados llaman con desparpajo «una bonita operación inmobiliaria», y que no haya otra forma de devolverle vida a todo aquello que la tuvo intensa que entregarlo en bandeja a la especulación inmobiliaria… y  me indigna (con mucha desgana ya porque nada espero de ellos) la actuación de los  políticos que iban a traer con ellos el cambio social y político y que entregan en bandeja las condiciones legales necesarias para llevar a cabo ese proyecto de urbanización, hostelería y ocio a los especuladores inmobiliarios o financieros que a mi juicio son, en buena medida, los causantes de la crisis y sus principales beneficiarios, y lo hagan encima con añagazas, estas sí populistas, como es la creación de puestos de trabajo, un señuelo más falso que sus programas electorales, pero que funciona como eficaz tapabocas. ¿Demagogo? Por supuesto, todos los somos para el otro, cuando no gusta lo que decimos y sentimos.
Hoy he dado una vuelta a Aroztegia y recorrido las sendas y rincones que conozco, he visitado los robles, y he pensado en que no es que las cosas cambien, sino que nosotros envejecemos. Voy viendo que entre lo que me gustaría que fuera y lo que es, está la realidad: «lo que nos rodea y resiste», en palabras de María Zambrano. No me rindo, tampoco doy por perdido ningún combate que me parezca justo, pero empiezo a aceptar que las cosas no son siempre como me gustaría que fueran y que mis razones no tienen por fuerza que imponerse, y mucho menos donde no hay otra razón de peso que la ventaja inmediata, una lacra ya vieja en este país. Contra la devoción al dinero y a quienes lo poseen, y llevan por ello la razón de mano, poco se puede hacer… hace cuanto quiero… y ablanda el corazón. Además, sé que hay caminos que no vuelves a recorrer y que cuando desapareces de su trazado  es como si no hubieses pasado nunca por ellos.

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Un pensamiento en “Vuelta de Aroztegia

  1. Hola Miguel. Me parece que la quinta del americano, falta en los anaqueles del cicivox de Mendillorri. A la vista de las fotografías, el título se hace más seductor…”como decía el difunto Gastearena: «Estate seguro de que los árboles también te conocen a ti…».” Que idea tan interesante. “Lo que nos rodea y resiste”, es por ahora todo nuestro, ahí esta la gracia, mientras nuestros sentidos laten ahí…Claro¡, la perorata del insensato, la casona. Leí la novela y me decojoné un rato…me pareció muy quevedesca…de chaval lopasé muy bien leyendo El Buscón pero temo que las sensibilidades modernas no son las que nosostros admirábamos..No sé, también yo la primera vez que recuerdo haberme retorcido de risa fué en Lecároz viendo una peli del gordo y el flaco…Y sobre lo de no haber pasado nunca por ellos, vete a saber…
    Estoy replicón. Un saludo afectuoso. Mi nombre es: Arteta, Javier Arteta. Hasta pronto¡.

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