El club de los zánganos

IMG_0255 IMG_0256Hubo un tiempo en el que los jovencitos sin botines tenían como autor de cabecera a Wodehouse. Era elegante decirlo, cuando lo que se llevaba era El libro rojo, de Mao, o comerla en Casa Cuevas, en honor de los gopistas del 36,  lo mismo que levantar la mano en una asamblea universitaria para pedir que se enviara un telegrama de felicitación al Consejo de Guerra de Burgos por sus condenas a muerte… dandysmo, dandysmo, como Robert de Montesquiou, pero con olor a pez, a bodega oscura y a sacristía. La perica en papelas hechas con billetes de mil duros –¿Eh, Alvarito, te acuerdas?– vendría más tarde, con el pasaporte diplomático. Pero no vivían en Londres, sino en un pueblón sin otra gracia que no tenerla del que escapaba todo el que podía para no regresar jamás, como Morenés. El club de los Zánganos sin embargo seguía abierto, aunque al final lo fuera de matones, porcheros y bien empericados, carcomas de muerte lenta, y los primeros fueran envejeciendo y luego falleciendo uno a uno lo que daba lugar a grandes funerales nacionales con marcha de pompa y circunstancia… melancólica incredulidad con todo. (Moriremos nosotros también, fragmento)

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