Bolivia, cielos e infiernos.

P1120982*** La imagen de una de las coqueras de la calle Sebastián Segurola, de La Paz. La cuelgo al azar de un libro de crónicas paceñas que termino estos días.

Da gusto ver la cantidad de bolivianólogos que han aparecido en España después del asesinato del viceministro Illanes; y especializados en cuestión minera, encima. Leen cooperativista y se corren, sin tener la más remota idea de lo que hay detrás, ni de quién o quiénes son los verdaderos propietarios de esas minas, y desde donde las dirigen. Asombroso. Parece mentira que en un país tan poblado de listos y de doctos estemos gobernados por incapaces y chorizos. Para variar, Bolivia ha recuperado existencia mediática gracias a la violencia sangrienta.

Para mí, Bolivia, después de nueve viajes, entre 2004 y 2014, y de haber pasado allí alrededor de año y medio de mi vida, sigue siendo un enigma, por mucho que haya conocido y tratado a líderes mineros de Llallagua y Siglo XX, abogados mineros del gran capital, ministros del Evo, un ex presidente de la República, galeristas de arte, pintores, activistas del MAS y del proceso de Cambio, taxistas, policías antinarcóticos de la FELCN (a mi pesar estos), un fiscal, ladrones y maleantes ( a mí pesar también), escritores, periodistas, editores, pichicateros, diplomáticos, movimientistas de la revolución de 1952, golpistas, arquitectos, hombres de negocios, procesados y encarcelados por genocidio, paramilitares y militares de los que acabaron con el Che Guevara, torturados, poetas, profesores, gorrones de embajada casi profesionales, hispanistas fules que me colocaban Navarra en Castilla la Vieja, ensayistas de la derecha y de la izquierda, músicos de valía, historiadores, estafadores del negocio turístico y estafados, cocineros, coqueras y coqueros con y sin conversación, las caseras del mercado Rodríguez y aledaños, oenegistas tramposos y otros que no, gente que daba el callo en la cara oscura de la vida ruidosa –por ejemplo cuidando ancianas judías supervivientes de Auschwitz–, curas de la derecha y de la izquierda, monjas, yatiris y borrachos de profesión u oficio…

He leído, visto, oído y escuchado de todo: marchas, bloqueos, recepciones de aparato, clubs exclusivos de corbata preceptiva, casas de lujo y casas proletarias, madereros durmiendo rifle al brazo, rescatadores de oro del Madre de Dios, contrabandistas de coches en la frontera brasilera, riqueza y miseria sangrante, dinamitazos, gente que corta el camino machete en mano y pocas bromas, muertos NN en la morgue «apilados como leña, pues», cementerios clandestinos, mítines vibrantes en la plaza Murillo y en lugares perdidos del norte de Potosí, allí donde el diablo perdió el poncho, he pijchado duro con campesinos y con visionarios de la cosmovisión andina, y en la soledad forzosa de todo viajero, he asistido a conferencias culturales más pesadas que cuto en brazos; he visto a izquierdistas españoles y franceses caérseles la baba y tolerar y justificar cosas, como la justicia comunitaria y el uso del chicote, que en su tierra no tolerarían jamás; he oído culpar de los estatutos de autonomía a la ETA, a los nacionalistas vascos y catalanes en general como asesores del Gobierno; he visto el declive de los entusiasmos políticos de hace ocho años… y sigo sin hacerme una idea de lo que allí pasa, ha pasado y pasará a nada que hagas de adivinador del porvenir. Hace años escribí un artículo titulado algo así como «Patear el avispero». Esa es una imagen recurrente que me sigue pareciendo válida.

 Durante estos años, y desde este lado, me he dado cuenta de que Bolivia solo salía a relucir como motivo de burlas o con el pretexto de algún hecho sangriento de violencia ciega, como ahora con el viceministro Illanes y eso me ha parecido injusto y me ha apenado. Me incomoda cuando veo que se trata a Bolivia como un parque de atracciones, un laboratorio de experimentos políticos o un muladar del que sacar tajada mediática propia del espectáculo de variedades en que vivimos. Me duele y tal vez consiga explicarlo algún día.

No sé nada de Bolivia y no me atrevo a decirle a nadie como es y como tiene que ser su vida, que me parece no ya arrogante sino una falta mayúscula de respeto. Si no tengo una idea muy clara del mundo y el lugar en el que vivo y no deja de sorprenderme, para rato voy a tenerla de aquel país complejo y laberintico.

Estoy seguro de que mañana, cuando el ruido del asesinato de Illanes se apague, Bolivia regresará a su limbo con su cooperativista y sus propietarios mineros en la sombra, sus ansias de reformas políticas y sociales, sus abusos de autoridad, su clasismo y su racismo, sus indígenas originarios más olvidados que otra cosa en cuanto miras detrás del escenario, sus riquezas y su pobreza sangrante… mañana, esa es otra.

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