El artista se rebela… un rato.

14315447_667275050105723_1337690503_o La rebelión del artista contra el mandarín de la cultureta del pueblón subido a su trono paleto o  al de los  Reinasofiías,  poco importa, gracias al despliegue de su palabrería abstrusa e imparable, o de la exhibición de cien mil datos y ninguna idea precisa, es lo mismo. Lo que cuenta es ser un experto en la creación de favores debidos, un eficaz amaña concursos-oposición para llenar plazas de museo o del funcionariato y que los colocados le guarden gratitud eterna convertidos en una especie de guardia pretoriana que no pasa una, poder decir quién es y quién no, quién puede salir a flote o en otro caso estar condenado a la inexistencia, el que reparte las canonjías, los comisariados, las curatorías, los catálogos… el que dice, decía y dejó dicho, que es peor, antes de desaparecer de la escena, porque, en el primer caso,  si te vas, dejas de decir, pero en el segundo has colocado tu canon como una Excalibur imposible de arrancar en forma de valor seguro e intocable. Inútil o pírrica rebelión del artista que sabe que si arma demasiada bulla, se queda sin catálogos, sin exposiciones, sin ventas a instituciones que igual le arreglan unos meses… y al final se juega la existencia misma porque los medios de comunicación solo prestan atención a lo que, de entrada, tienen eco oficial y no estropea el paisaje con pedorretas. Lo marginal no es negocio, eso para las redes sociales y sus me gusta y sus te sigo, su timo pavoroso, pero tan rico, ¿no? La rebelión del artista es efímera o está condenada al fracaso, al happening: el sistema se lo traga o lo tronza. La irreverencia de hoy es el sarcasmo de mañana entre conjurados y poco más.  Un combate inútil salpicado de golpes de azar y un fondo de miseria del que, encima, es de mal gusto hablar porque está muy visto, muy oído, y poco o nada repicado por esos otros mandarines que son los periodistas culturales solo atentos a lo que da cámara al tiempo que se las dan de adelantados, de paladines… un guiñol de mala traza: el callejón sin salida.

*** La ilustración, obra del pintor Patxi Ezquieta, se reproduce por cortesía del también pintor Fernando Iriarte, a cuya colección particular pertenece.

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