In festivitate sancti Michaelis…

img_0348Es lo que ponía en la dedicatoria de un libro que trataba de la escultura romanista de mi tierra, algo que me deja absorto porque fue hace 42 años… “El simple pasar del tiempo incomprensible”. Quien me lo regaló, gran depredador, ya fuera en Quito o en Alejandría, se fue, poco después de que pujáramos por El asombro elucidado de las ideas o arte de memoria especulativo (Madrid, 1735), del conde Nolegar Giatamor, de la Academia de los Intrépidos de la ciudad de Ferrara. Cosas del tiempo, otro. El de san Miguel era  día de feria de ganados en el que se ajustaban los pastores para todo el año, se conciliaban de manera preceptiva los enconos vecinales (al menos durante un rato), se probaba el dulce de higos recién hecho, las comportas de la vendimia estaban vacías y olorosas a uva ya pasada en la puerta de casa, se encendía el primer fuego del año, la mesa se cubría con una mantelería de lino recio, la cristalería y la vajilla que venían de otras vidas salían de los vasijeros… la comida en cambio no era gran cosa, no vayamos a exagerar. Era el día de los cuentos que se hacían recuentos, las medias verdades, las historias familiares acomodadas para poder vivir con ellas, las melancolías de lo que pudo ser y no era, y por el aire de la sala de respeto pasaban los fantasmas de los que ya no estaban, como ahora el del autor de esa dedicatoria latina y se habían quedado lejos, tanto, que hasta los lugares se habían desvanecido, derrumbados, tragados por los carrizos, la selva, el polvo abrasador… Es la única vez en mi vida que supe con certeza que aquella era la última y que aquel mundo amable se había acabado, y que se desbaratara por completo era cuestión de tiempo, poco. Metía miedo y la luz, la luz era la misma que la de esta mañana, lo incendiaba todo, hasta los últimos rincones, los más oscuros.

Anuncios