Gilbert Arragon, librero, en Saint-Esprit

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Al final va a resultar que el único motivo real que tengo para ir a Bayona es  pasar por la librería de Gilbert Arragon, y más por las chanzas y el humor del librero que por lo que encuentro, que también, claro. Pero ese rato de risas y sarcasmos no tiene precio. Me voy con la idea de que es más lo que dejo, que lo que me llevo, pero eso ya qué más da, eso no tiene cura ni escenario preciso. La librería está ahora en el barrio de Saint-Esprit, el antiguo barrio judío de Bayona, el de la sinagoga y el cementerio, pero cuando la conocí, hace mucho, demasiado,  estaba en la Petite Bayonne, siempre atiborrada de libros en los que hay de zarpear que es un gusto. Con el tiempo se metió en el local de al lado, que era una carnicería y luego algo de bicicletas. Nunca he salido con las manos vacías: viajes (Monfreid), filosofía –aquellos Cioran leídos y anotados por un cura–, Céline (en sus panfletos antisemitas),  Cendrars, Muray, Bove, Jarry, Apollinaire, Perret… qué sé yo, buena parte de lo leído estos años viene de ahí. No se trata de titulos, ediciones, autores, ni bibliofilias, sino del rompecabeza de tu mundo literario, al que te agarras como puedes. Temo el día en que pueda encontrarme la persiana echada.

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