Todas hieren…

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Todas las horas/ golpean al hombre/ la última/ lo manda a la tumba

Hace un rato, de regreso a casa, pasé por Sara. Quería sacar una fotografía del reloj de sol de la iglesia y de una leyenda que hay en el interior, pero la memoria me ha jugado una mala pasada y la leyenda que copié hace años, un día de fiestas patronales, la que puso el príncipe Luciano Bonaparte en 1865, en recuerdo de Pedro de Axular, el autor del Gero –Ez dago atsedenik / ta odei gabe egunik / Zeruetan baizik:  No hay descanso / ni día sin nubes/ fuera del Cielo– no era la que yo buscaba.  En el cementerio hay losas tombales hermosas, desgastadas por los pasos, la lluvia, el tiempo; y en la torre de la iglesia, una de esas leyendas que resultan muy literarias, muy otoñales, pero que son de verdad sombrías. Sí, todas hieren… buen título para agavillar los diarios de una vida. Como me han entrado ganas de mear, he buscado los servicios que suele haber en los cementerios. Los de Sara no están dentro, sino fuera, a la vista de las tumbas y panteones, komunak w.c., rudimentarios urinarios para aprietos funerales, y en la puerta me he llevado no la sorpresa de mi vida, pero casi: me he encontrado con un viejo amigo, a quien no veía hacía más de veinte años y con quien no hablaba, por teléfono, desde hacía quince. No vive, ni por asomo, en la región. De hecho, tuvo que irse y le sobraban motivos. Sabía de su vida porque es un hombre casi público, él de la mía, nada o poca cosa… casi mejor. Nos hemos dado la mano y de pronto él ha dudado de que yo fuera yo. Le he tenido que asegurar que sí, que yo era yo, y no un fantasma, salido del camposanto, y que sí, que sigo escribiendo… Hemos recordado algunos lances comunes, como aquella vez, en Londres, en diciembre de 1989, cuando el director de la Casa de España, fumando un puro y copazo en mano, porque dijo venir de comer con unos lores, nos quiso vender unos cuadros de Gustavo de Maeztu, que nuestro anfitrión decía eran de Romero de Torres y que sobraban en el edificio que estaban modernizando. Los tenía sin bastidor, enrollados de mala manera.   He comprobado que cada cual recuerda las cosas como le conviene, sobre todo si se trata de episodios comunes. Lo demás, el tempus fugit… y el todas hieren, y el comprobar que llevamos vidas muy diferentes, en lugares y ambientes muy distintos, y sobre todo que las cosas se ven de muy distinta manera si tienes poder –y tú y los tuyos podéis imponer el relato de la historia y del presente–, o si no lo tienes y andas por extramuros, y lo que para ti son prejuicios o errores, formas torcidas de ver las cosas, para otros son verdades reveladas que hay que acatar, y viceversa. Es el relato de lo vivido, hecho en el peor de los casos contraseña de casta y clase, lo que acaba por separarnos de manera irremediable. Lo demás, ficciones y tiempo ese sí, ese de verdad irremediable.

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Un pensamiento en “Todas hieren…

  1. El dueño del Coviran de la esquina, de profesión economista decía una vez que el tiempo era muy caro. Se me ocurrió pedirle 1 Kilo para hacer un asado pero luego pensé en que era demasiado y le compré medio kilo suficiente para unos espagueti.
    Tal vez el asunto consiste en considerar la pérdida y la ganancia del huidizo intrincado inconmensurable dios.
    Preferiría no perder tiempo pero dónde está el límite de lo perdido no ganado…
    Por otra parte se puede estar tan bien repantingado como tocando el piano.
    Una abrazo Miguel.

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