Vuelta de Orabidea

 

dsc_0060Unas hora de caminata te disipan la niebla que puedas tener en la cabeza, eso dicen al menos, y si es por el bosque más. Hay aflicciones que cuesta más aplacar, pero el poner un pie detrás de otro, ayuda. Hay oscuridades que resultan más acogedoras de la luz, menos violentas. El ventarrón soplaba con fuerza en el collado de Beltxuri, luego, la bajada, hacía el hondón de Orabidea, ha sido más silenciosa. Musgos, agua, hojarasca, algún pájaro, golpes de viento, muy altos, de cuando en cuando. Parece mentira que alguien haya podido vivir en esos bosques, que más que a la vida retirada, invitan al esconderse, al acogerse a la madriguera; pero las ruinas de algún caserío son la mejor prueba de que así fue. Otro mundo, otra vida sobre todo, que hoy nos resulta incomprensible: huimos hasta de su relato, como no sea acorde con nuestros prejuicios y lirismos de pacotilla, convencionales hasta la náusea. Idilios frente a oscuridades de candil y mordaza. Entre lo que podemos ver y lo que hemos leído o visto, preferimos lo segundo. No ver con nuestros propios ojos, sino con ojos ajenos, es más fácil. Mejor Arthur Rackham (que está muy bien), que tú mismo, y mejor siempre los bosques lejos, que los que tienes en la puerta de casa y te esperan con los brazos abiertos. Se nota mucho cuando alguien escribe del bosque y no lo ha pisado. Si ayer, en Sara, mi encuentro fortuito fue con gente del pasado, hoy, al regreso de la caminata, ha sido con gente del presente, otra, muy distinta y más cercana en todos los sentidos, y todo han sido risas y muestras de afecto, sin hipocresía ni maneras salonardas. ¿Puedes pedir más? Para qué.

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