Llegó la nieve

dsc_0015Llegó la nieve. Empezó a caer antes de que amaneciera del todo. Los críos entraron en la ikastola con más alboroto de lo habitual. Voces festivas las suyas. La nieve trae con ella una inexplicable alegría. Ahora se ha ido y las ovejas que hay en el prado frente a mi casa se han quedado quietas y han terminado por ir a buscar un abrigo. Un golpe de esquila de cuando en cuando. El tiempo de las andadas de la nieve ya pasó, eran feroces, largas, imprevisibles… La nieve está bien para verla a cubierto o para caminar un rato y prestar atención al silencio que viene con ella, quedarse a la escucha, aparece el pájaro que no ves y las huellas del corzo o del jabalí que de ordinario se esconden en la espesura. Invita a sentarse a la mesa, a los platos contundentes, a la sobremesa y a la converación. Y que el fuego arda en un rincón, como postulaba Thomas de Quincey en sus Confesiones de un inglés comedor de opio… la botella de laúdano a mano y un libro de metafísica alemana (en su caso). Si es para descargar camiones no está tan bien, me dice un amigo escritor que anduvo de costalero por los Estados Unidos (Claudio Ferrufino-Coqueugniot lo cuenta en El exilio voluntario) y para perderse en ella o quedarse bloqueado en un lugar perdido, tampoco… Una novela de la nieve: Hacia rutas salvajes, de Jon Krakauer. Sigue nevando y acaba de pasar un rebaño, ganas me dan de echarme a dar una vuelta…

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