Mis muertos y tus muertos…

jose-gutierrez-solana-el-espejo-de-la-muerte-ca-1929Aplausos, silencios, convenciones, conveniencias, desfiles, procesiones, berridos patrióticos, banderas, arengas cuarteleras, sermones, desplantes taurinos… aquí lo que voy viendo es que todo lo público nos separa y enfrenta de manera irremediable, luego te lo cuentas como te conviene, pero la bronca y los malos modos están de fijo agazapados a la vuelta de la esquina. Nos separan los vivos y los muertos, a cada cuál los suyos, banderines de enganche del encono que no cesa. Hay que aplaudir a toque de cornetín de órdenes. Hay que compartir aunque no creas en lo que compartes, para que no te linchen. Nos separa el relato de la historia pasada y presente, y para hacerla común es preciso acomodar el Código Penal para castigar a quien se atreva a disentir, que no se atreve, claro. Todos somos Abel, Caín siempre el otro, siempre hay uno a mano para cargar con el muerto. Hacer de lo que debe ser privado algo público, ceremonial, que afiance la pompa ritual de un sistema de tahúres es la norma, otra de las normas. El nosotros pasa por la trampa y el abuso. ¿A qué tener cortesía con quien no la tiene contigo? Hipocresía y mala fe a raudales, y una invitación a vivir, mientras puedas y te dejen, en los arrabales, fuera, lo más lejos posible… y agitando las tinieblas a destiempo.

*** El espejo de la muerte, de José Gutiérrez-Solana.

 

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Un pensamiento en “Mis muertos y tus muertos…

  1. Que tal Miguel. Yo creo que lo que pasa ahora es que te puedes ir al arrabal más lejano-pongamos Groenlandia- que estás en el hilo. El anonimato es casi una estrategia. Las tácticas y exigencias de la clandestinidad son desgaste y pérdida, de espontaneidad, de claridad descriptiva, de juicio ético. El anonimato lo permite todo. Puedes ser San Agustín o Jesse James. Me acuerdo fumando a escondidas paquetes de Celtas debajo de un avellano al borde de los raíles del tren cuando el barrio era extramuros y en los fosos de las murallas había humedales en cuyo fondo dormían los esqueletos de lo caballeros que osaban atacar las murallas-por cierto hoy los maravillosos fosos son un erial que ni pensado por Mangado-.
    Esto de ir a jugar a los fosos no había que hacerlo en el mayor de los secretos pero era algo de lo que no te podías ufanar en familia, como de quitarle el sujetador a la chavala amparado por matojos y juncos, o de darle una pedrada al jefe de la banda del barrio de al lado…
    No nos podemos dejar y me parece a mi que ha llegado el momento del art plastique. Je soi livre.

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