Luz de Iquique

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Va para cinco años que saqué esa fotografía, que se dice pronto… jour aprés jour, les jours s’en vont. Qué hacía yo hace cinco años en Iquique, al norte de Chile, sobre esa costa abrupta y desolada, con rincones que guardan el recuerdo de los viejos balleneros, de las guaneras… Pues ir de Valparaíso a La Paz con parada obligada en ese aeropuerto militar antes de entrar en Bolivia y tropezar con problemas de inmigración. Pasé unos días en Iquique en el 2004, camino de La Tirana y de las nitrateras, días de temblores de tierra y de piscosauers quitamiedos; pero ese de 2010, después del último gran terremoto de Valparaíso, pasé por allí con el temor a no regresar nunca a Valpo y de haber dejado a mi espalda páginas pendientes que no sé si podré concluir alguna vez. Ahora, con Bolivia, me pasa lo mismo. Esto ha sido sorpresivo. No me lo esperaba. Acabas por ver la propia vida como una historia tan embrionaria como inacabada, una riada a la que es difícil resistirse. Y eso no tiene remedio. Ninguno. Te aguantas. No es nostalgia, es desvelo de senectud. Entre tanto te agarras al barullo del presente, a su ruido, a su cuadrilleo, al vivir el espejismo de la falsa camaradería, y en el fondo desertas, de la luz de Iquique, de la taberna de Sveijk, de la melopea del ventarrón de Magallanes, de la luz de la Pequeña Sofia, de las botas de Stevenson, en Edimburgo, emblema del viaje y de la fuerza y las ganas de vivir, y hasta de la verdadera mesa de trabajo sobre la que sueñas y deliras, mesa de pino, de matanza, esa a la que los estropajos y la sosa hicieron de sus vetas pentagramas.

Texto publicado en Vivir de buena gana, 17.2.2015

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