R. L. Stevenson en su Sermón de Navidad

sargent_-_robert_louis_stevenson_and_his_wifeTiempo de luz nueva, bueno para leer una vez más el emocionante Sermón de Navidad, de Robert Louis Stevenson. Lo hago cada año desde hace mucho y cada vez me detengo en un pasaje distinto, aunque hace ya dos que lo hago sobre todo en los mismos.  Uno es ese del comienzo en el que Stevenson habla de los legionarios de Germánico que amotinados le pidieron a este que les metiera los dedos en la boca para que con las encías descarnadas se diera cuenta de los años que llevaban fuera de casa y les permitiera regresar a envejecer del todo lejos de las fronteras de las guerras y las conquistas del imperio. Habían servido lo suficiente. 35890Tácito hablaba de la expansión de Augusto y Stevenson de la vida de cada cual sin ambiciones de heroicidad más allá de las propias fuerzas. Stevenson y sus lejanías, Stevenson y su canto al entusiasmo por la vida y lo vivido, por salir de este bosque cuando menos sin estropearlo. Stevenson en las negruras de Edimburgo y en las luminosas lejanías de Vailima, Stevenson veneno de la infancia y adolescencia, y Stevenson de nuevo, nunca abandonado, de la senectud: los mismos libros, idéntico discurso, escuchado de una y otra manera al compas de los otoños y los inviernos, del recuento de lo hecho y lo dejado de hacer, de lo mal hecho y de lo que no podrás hacer ya, aunque te lo propongas, algo para lo que también hace falta coraje y humildad.
El otro pasaje, ya de la parte final, es donde dice que: «aunque a veces sean necesarias, aunque a menudo resulten divertidas, todas esas intervenciones y denuncias y defensas militantes de medias verdades morales constituyen obligaciones de una categoría inferior. El mal humor, la envidia y la venganza hallan aquí un terreno de disfraces piadosos…» y etcétera. Paciencia, buen humor, valentía… autocrítica necesaria, esa sí, que la vida no está hecha para satisfacer tu vanidad, dice el abogado de la juventud que habla de vicios y virtudes, de alegría y pasiones tristes en este andar más a trancas y barrancas que otra cosa.

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3 pensamientos en “R. L. Stevenson en su Sermón de Navidad

  1. Saludos cordiales. Te deseo horas tranquilas y alegres-c´est diffícil parfois-.
    Arbolito, arbolito, alumbra sin deslumbrar, Feliz Navidad.
    Haz brillar del deseo de amor y paz .
    Salud Miguel¡

  2. Ante todo salud para tu cuerpo y tu mente, y paz y tranquilidad en tu vida. Los abrazos no deben responder a tiempos concretos de falsedad e hipocresía , por lo que te lo envío desde el Sur para todo un año, un tiempo más de vida. No espero sino que deseo seguir ilustrándome con tu trabajo. Gracias, Miguel.

  3. Hola Miguel, voy a buscar luego en la Biblioteca de la Chantrea el sermón de Stevenson. Dice, por lo que he leído en alguna introducción: «la cordialidad y la alegría deben preceder toda norma ética», esa frase me ha proporcionado chispa…
    Bien, pienso un poco: ¿porqué me menoscabo?. Luego me viene el «nada soy que valga» de Apollinaire. Hay algo inútil en mí.
    Y ese Jacarandoso catoliquísimo, cristiano de risa, se confiesa, ya está… ya puede volver a los negocios. Centrales atómicas, fármacos, camisas de leñador-pero no se si hablamos del mismo-. Parece que va a ser la época del hombre máquina, welcome to machine cantaban The Pink Floid. Sonrisa Cassavettes y adelante. Se hace difícil reír sin socarronerías en este mundo sin Chaplin sin Cantinflas. La ciencia no se ríe.
    Saludos cordiales.

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