Navideña

535c0d5d8fff3c426da2ec6197d1679fDel espíritu navideño no sé si es mejor huir a la carrera o echarse en él con los brazos abiertos, admitir la tregua generalizada por muy dudosa que esta resulte, y sobre todo no ser cicatero con los gozos ajenos aunque esto sea de todos los días. La Navidad, como los toros, tiene sus detractores feroces y sus incondicionales fervorosos y militantes; puedes estar un rato con unos y otro con otros: «A medida que envejecemos, todos caemos en la tentación de censurar los placeres de nuestros prójimos», dice Robert Louis Stevenson en esa emocionante lección de ética que es su Sermón de Navidad, escrito en sus días de Vailima, los de la vida. Paciencia pues. Días de la luz nueva estos y de agua también nueva enseguida, los de Jano, el de las dos caras y las dos llaves… ¿Y eso a quién se lo cuentas en este siglo de horrores? Pues no sé, la verdad. No sé qué andaría escribiendo si no tuviera nada.

Días de tregua convencional y de píos deseos para acabar el año, entre el Dickens de la infancia, el Stevenson de la madurez y el «Gracias a la vida que me ha dado tanto…», de Violeta Parra, antes de que se fuera de propia mano, algo de lo que te acuerdas cuando puedes perder la vida por las buenas, pero que al día siguiente olvidas: «Esa cara sonriente, tan fácil de ensombrecer y tan difícil de volver a iluminarse», sigue Stevenson en su sermón. (Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 28.12.2016 aquí enlazado)

Anuncios