Necrológicas y derribos (Berger, Ferlosio, Valparaíso)

john-berger-humanista-radical_ediima20150331_0803_5La tribu literaria está de luto. Leo con sentimiento, y la reverencia debida, las necrológicas de John Berger, maestro de mirada y de crónicas de viaje, de este viaje más a trancas y barrancas que a otra cosa como es el de la mayoría que tiene pocos lujos a su alcance. Berger, autor tan seguido y tan de culto, cuyas enseñanzas magistrales tan poco se les nota a sus devotos españoles, expertos en El arte de viajar de gorra y en el repique de guías de viaje y museo como creaciones de verdadera ambición. Hacerse el Malraux sale caro. Para ir tras los pasos de Berger, además de medios, hace falta talento. Suele pasar. A mayor calidad humana y literaria, más inapreciable el eco celebrado del magisterio. Me gustan las derivas de Berger a partir de una imagen, de una noticia, de una cosa vista al pasar, su dejarse llevar por la evocación, esteticista o no, y las reminiscencias eruditas, sus versos al vuelo. Suelo acordarme a menudo de una frase de no sé qué obra suya: «A veces, para rebatir una sola frase hay que contar toda una vida», algo que invita a callarse si la pregunta o la frase escuchada son enojosas, porque para qué vas a explicar nada, para qué contar tu vida. Mejor dejarlo correr. A Berger se le elogia por hacer algo difícil, como es darle entidad literaria al mundo rural en una época en que ese mundo está cada vez más desdibujado o está solo para explotarlo de manera industrial o para destrozarlo. Es difícil conseguir que a alguien le interese el drama de ese mundo condenado a la desaparición, aunque mucho dependa del nombre del autor y de la editorial, de si está o no de moda, y de los palmeros, siempre los palmeros que jalean lo que mande la patronal. Del drama de la estampida y desertización de las zonas rurales, y consiguiente fuga a la gran ciudad aquí se escribió mucho, por sus protagonistas y testigos directos, pero se ha olvidado mucho más porque lo escrito tenía ese desgarro y esa sordidez de lo que es dudosamente esteticista, y solo es patético, de un desgarro de polvo, adobe y frío. (Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 4.1.2017, aquí enlazado)

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