Richard Bohringer

Se lo compré esta mañana  a un gitano, reconvertido en bibiófilo con empaque, como Luis Alberto de Cuenca, pero con una flota de fragonetas y menos altivo, que pone sus mesas, cada vez mayores, en la puerta del mercado de Bayona. El libro tenía bastante mugre, como si hubiese sido fatigado en una cocina más que en una biblioteca.
A Richard Bohringer, lo descubrí en la película Diva, de Jean-Jacques Beineix. Los felices ochenta, el tiempo de La gran ilusión (1989), el del recorrido exhaustivo de los pasajes parisinos.
Bohringer, Fante, el primer Philippe Djian, cuya novela 37°2 Le Matin, llevó también Beineix a la pantalla con el título Betty Blue (1986). La lune dans le caniveau, otra película Beineix de aquellos años, y una especie de nuevo “fantástico social”, hecho de derrota, marginalidad, inadaptación, “mal de vivir”…
Bohringer publicó en 1988 C’est beau une ville la nuit, una novela de ficción  autobiográfica que, como todas las pistas anteriores, también veo de manera borrosa detrás de La gran ilusión: el trago, la deriva o el vagabundaje urbano, el desamparo, el desgarro del desamor… y un lenguaje desprovisto de ropajes retóricos, crudo, bronco, nada prolijo.

Le borde intime des rivières es otra cosa, una deriva por la memoria, escribe como sueña al ritmo de las olas del recuerdo, mar agitado de la memoria, desiertos calmos y encantados, gentes extraordinarias que todos podemos conocer, escritura urgente de quien sabe que no tiene un minuto que perder y que la escritura no solo es la única verdad que podemos echarnos a la cara, sino la única droga, el único y el último refugio… Acude Léo Ferré en mi ayuda: Il y a l’amour… peut-être. C’est une solution, une solution à un problème qui reste un problème. Alors… Rien. A cierta edad tienes más remordimientos que otra cosa y ni siquiera el miedo a la letra muerta, el de los despertares, te disuade de la urgencia de la escritura.
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Un pensamiento en “Richard Bohringer

  1. El «bibliófilo» nómada me recuerda a unos muchachos rumanos a los que saludamos en un vertedero de San Juan de Luz, a donde me llevó un amigo bibliófilo una tarde de lo más surrealista a la busca de viejos libros en unos contenedores de papel.

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