El asco indecible

780-george-grosz-6ab_zpsy4bdxb2u-jpgoriginalEl asco indecible. Es el título de un pequeño libro de reflexiones que publiqué hace cuatro años. No, no teman, no es publicidad ni encubierta siquiera de aquel libro. Entonces dije que el libro se había ido escribiendo solo, al hilo de los días, o mejor, que nos lo habían escrito en la chepa, sin pedirnos permiso y pese a nuestras protestas. Lo dije y lo mantengo. No hice sino poner por escrito lo que era un clamor y algo de lo que se nos había venido encima, el anuncio de lo que iba a seguir, para lo que no hacía falta ser adivinador del porvenir.

         Eran tiempos, días, intensos, de indignación, éramos los indignados que no callábamos, los que estábamos recuperando esa calle, algo más que asfalto y cemento, de la que se habían apropiado los que tienen la fuerza en las manos, una fuerza que se ha ido acrecentando con los años hasta alcanzar grados de represión que podrían parecer, en otro tiempo, insostenibles, pero que por lo visto se sostienen con facilidad de costalero adiestrado. Somos costaleros de nuestro propio entierro ceremonial.

         ¿Han cambiado las cosas desde entonces? A peor sin duda, dentro y fuera de nuestro país, pero ¿y la indignación? La indignación, no sé si se han fijado, ha desaparecido del vocabulario, es palabra en desuso, anacrónica, la han ido borrando del invisible diccionario, callejero o no, que usamos, el de nuestras palabras verdaderas a base de palos, multas y resignación inoculada bajo el disfraz de sesudo pacifismo. Te arrebatan tus derechos sociales y los hacen migas, pero ante todo la paz y la convivencia. Asistimos a casos de desvergüenza gubernamental cada vez mayores, pero lo hacemos con mortecino disgusto, expresado de muy sesuda manera, que es lo que ahora se pide: nada de acción, sino reflexión, teoría… mandanga, mucha, cuanta más mejor. Y hacerse con el relato del presente y su historia y hasta con su lenguaje. Eso, hemos pasado de la indignación rebelde al disgusto del devoto al que le predican la mansedumbre de corazón, y ojo con salirse de ese papel procesional. Deberían darnos un premio, pero algo grande. No hemos inventado el reloj de cuco, pero casi; eso sí, con la inestimable ayuda de los antidisturbios y sus jueces a la puerta. La paz del miedo. Exageración, sin duda, todo lo es, como si hubiésemos regresado a los tiempos en que estaba prohibido pisar el césped, también llamado yerbín…¡oh!

Entonces, hace cuatro años, apoyaba apuestas políticas que hoy no apoyo porque he sentido algunos cambios como una estafa triste. Lo digo porque sé que no estoy solo en esa decepción. No puedo sostener, sin mentir, que no ha habido cambio social alguno de los que considerábamos necesarios, pero estos han sido tenues, periféricos y más de adorno que otra cosa. Entre tanto, el gobierno del estado ha convertido conquistas elementales en concesiones graciosas, en dádivas, porque en lo fundamental ya se encargan de zancadillear todos los cambios legítimos sostenidos en leyes que no les gustan, gracias a esa coyunda, que funciona como una apisonadora, de políticos, jueces y banqueros, que son los que gobiernan. Hablarán los tribunales… frase tan hecha como hueca, pero el caso es que sí hablan, pero parece que lo hacen en apoyo única y exclusivamente de las arbitrariedades de los gobernantes y sus caprichos, no de la justicia.

No se habla de indignación, digo, y motivos sobran para sentirla y para mostrarla. ¿O es que tenemos más trabajos y mejor pagados para escapar de la precariedad o de la pobreza energética y poder pagar sin mirar esa estafa permitida que es la oscura factura de la luz? ¿Ha mejorado nuestra libertad de expresión? ¿Nos mienten menos, como han hecho con el rescate bancario sin dar exigibles explicaciones? ¿Sigo? No, para qué. No se trata de que las denuncias sean baldías, sino de que los hechos son tan graves que se denuncian solos. ¿Que no salimos a la calle? Ese es nuestro problema. Ya hemos votado ¿no?, y hemos pedido ¿no?, pues entonces que hagan lo que les dé la gana, que lo hacen, porque están en su derecho… No sé si todos actúan así, pero este es el resultado. Esto es lo que va a quedar, esto es lo que está quedando y cuya sombra fría y espesa se va a proyectar en el futuro, mientras los hechos concretos, como los titulares de las noticias bomba que les dan publicidad, se irán apagando y esfumando con el paso de los días, sustituidos por otros sin duda más graves. Ha cambiado el clima, eso es lo que ha pasado, que el cambio climático ha entrado, como un tufo asfixiante como si lo hubiese hecho, furtivo, por debajo de la puerta.

*** Artículo pubicado en los diarios del Grupo Noticias, el 5.2.2017

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Un pensamiento en “El asco indecible

  1. Ahí le dejo unas interesantes reflexiones-muy actuales- de Gregorio Morán con las que coincido en cierta medida. No, Miguel, la indignación de ésta nuestra sociedad es pasajera, porque así piensa una mayoría y porque así trabajan los reaccionarios poderosos para evitar un cambio de vida de la gente, de la sociedad, y conservar intocables sus intereses, sus privilegios, sus poderes. Pero es cierto que esa indignación permanece viva en muchos y muchas, y veo bien que se mantenga con fuerza; pero los tiempos en los que nos encontramos son nuevos y difíciles para la indignación, para el cambio. Ha llegado la calma, el sosiego, el conformismo -jerarquía, mucha jerarquía-, el servilismo, la aceptación de la pobreza, la asunción de una vida vagamente placentera, materialista, inhumana, insolidaria, como apunta Morán. Es un ciclo de Historia nuevo, ya iniciado a finales de los años 70 del siglo XX (de la treintena gloriosa a la treintena opulenta, como decía Zygmunt Bauman); entonces…

    Y qué, ¿qué puede uno esperar?, ¿adónde dirigir la confianza, adónde depositar la bondad de mi parte humana?, ¿adónde se ha ido la REVOLUCIÓN, a las arenas movedizas, al fango, al vertedero, al puto cementerio de la NADA?. Tantos años de lucha aquí, en mi pueblo…, ¿para qué, para ver la muerte de la REVOLUCIÓN y el triunfo del REACCIONARIO? ¡Maldita sociedad! Tiempos nuevos, tiempos difíciles.

    13-02-2017

    El ciclo se ha cerrado (I)

    Gregorio Morán

    En el momento que estamos gobernados por las derechas más corruptas e incompetentes, las izquierdas están empeñadas en disimular lo más posible para que no se noten sus inclinaciones. No se trata de repetir las bobadas de que no hay derechas ni izquierdas, o aquella chuscada orteguiana tan citada antaño por todo fascista español que se preciara: ser de derechas o de izquierdas son dos maneras de ser idiota (cito de memoria).

    Este año se celebran, o se sepultan –depende del ángulo con que se analice–, cien años del borrascoso 1917, y cuando se dice 1917 mezclamos dos revoluciones en Rusia. La de febrero, con Kerenski y la socialdemocracia, que no fue poca cosa, y sobre todo “los diez días que estremecieron el mundo”, que relató con pluma maestra un periodista norteamericano, John Reed (1919). La revolución rusa de octubre de 1917, la de Lenin, Trotski y los bolcheviques, fue no sólo el comienzo de un ciclo revolucionario –exitoso y fallido, pero incontrovertible–, sino el hecho histórico más importante del siglo XX. Tanto que su eco y sus consecuencias duraron cien años; algo sin precedentes.

    Abrieron ese ciclo de revoluciones que hizo tambalearse al mundo y que provocó el terror de la derecha, que la llevó a meterse en aventuras criminales que parecen hoy apenas carne de historiador que reparte responsabilidades como si fuera un juez venal. Pero el contenido de aquellas revoluciones rusas, su ambición, sus proyectos –luego frustrados, cuando no convertidos en dictaduras sangrientas–, abrieron un tiempo en el que aún se aspiraba a conquistar los cielos, como había dicho Karl Marx de la Comuna de París.

    Eso se acabó. Los restos de los naufragios revolucionarios fueron dejando un poso de corrupción y nepotismo y mucha retórica. Hasta tal punto que se puede decir que toda la verborrea de la derecha liberal conservadora que dominó brutalmente el siglo XIX se trasladó como por ensalmo a esa nueva clase que tenía el poder fuertemente agarrado a partir de una revolución y no les quedaba más que la retórica y la represión. Tantito igual que había hecho el enemigo de clase unas décadas antes. Burguesía emergente, nomenklatura impasible.

    Pero lo más llamativo fue la decadencia de una clase obrera que había perdido absolutamente cualquier conciencia de clase y quería ser como mínimo aristocracia sindical. Conforme gran parte de los obreros fueron desapareciendo por los avances tecnológicos y se convirtieron en dignísimas piezas de museo, cargadas de historias, de fracasos, de estafas (algún día se explicará Asturias y su minería como un fenómeno espectacular de laminación de aquella que fue, o había de ser, la sal de la tierra), llegó la calma salpicada de rabia.

    Los partidos o grupos con aspiraciones a ser una alternativa al capital más feroz que conocieron los tiempos no están formados por trabajadores asalariados, que venden según el canon marxista su fuerza de trabajo, sino por profesores. Si hay algo que caracteriza el final del ciclo revolucionario que se abrió en 1917, y que ya antes cantaba La Internacional, que hoy suena a charanga de desvergonzados –“Arriba parias de la tierra, en pie famélica legión…”–, tiene como un eco sarcástico puesto en boca de miles de profesores, catedráticos… eso que da ahora en llamarse enseñantes. Lo primero que habría que hacer es inventarse un himno y dejar de burlarse de un pasado duro y sangriento, y evitar La Internacional, que ya es canción para nostálgicos de la derrota o funcionarios sin demasiados escrúpulos.

    Con el final del ciclo revolucionario se acabó La Internacional. Lo demás son payasadas. ¿Qué revolución se puede hacer con funcionarios del Estado? Hay que variar el marco y el rumbo si el ciclo presuntamente revolucionario se ha terminado. Ahora, a lo más, transformaciones profundas y una ética política de respeto ciudadano, que incluya no robar a los colegas, que no otra cosa es estafar, tirar de comisiones por favores subterráneos, y todas esas variedades que han ido creando los funcionarios de un Estado corrupto; cuando más altos, más corruptos. Que el más importante y respetado líder sindical de la minería en Asturias, sede del mítico SOMA-UGT, tenga cuenta en Suiza por valor superior al millón de euros se traduce en muchas cosas, empezando por una puntilla mortal a un sindicato que no comparta con la mafia métodos y ambiciones.

    Ya no hay obreros, salvo excepciones honrosísimas, que voten a la izquierda. Se desplazan a la derecha, y en su mayoría a la radical extrema derecha, porque la que antaño fue radical extrema izquierda se pasó de vueltas y está copada por funcionarios, voluntariosos enseñantes, que se diría ahora, que tienen todo garantizado –subida aquí, bajada allá–, pero un Estado protector contra el que ellos en su mayoría lucharon. En parte les concedieron ese estado que ahora contemplan soberbios y admirados, igual que las clases bajas, los restos obreros, aseguran una cierta estabilidad frente a la tropa funcionarial que tiene muy lejos la idea y hasta la ambición de “conquistar los cielos”. ¡Dejemos los cielos para los curas y los ángeles, y peguemos los pies en tierra porque se acabó la solidaridad fuera de las oenegés, que felizmente no son partidos políticos!

    No hace falta ser un lince para detectar signos de decadencia en una izquierda, la española, cuyo ciclo inició su mortal caída en 1982, cuando muerto el dictador –rodeado de los suyos–, iniciada una invención académica de gran éxito entre la gente llana y gran fortuna entre los que invertían en futuro, que se llamó transición, la población –no me atrevería a decir ciudadanía, que es término muy ligado a la libertad de criterio y a la conciencia crítica– decidió una gran apuesta. Llevar la izquierda al poder, aquel PSOE de Felipe y Alfonso. Entre otras cosas no había opción posible que no fuera esa, o un señor cuyo nombre no debería ser borrado de los anales de la inanidad política, Landelino Lavilla. Gente seria y formada, funcionario del Estado desde siempre y con muy alta calificación.

    Todo se fue al carajo, pero eso sí, muy risueños, porque el PSOE tenía la lección aprendida y estaba advertido que el ciclo aquel de las revoluciones y los cambios profundos estaba en la UCI del hospital de la historia. El ciclo apenas podía ya respirar arrollado por una derecha segura de que tenía una larga extensión en el tiempo y que no había peligro en el horizonte. No hay cosa más patéticamente divertida que un partidete, Ciudadanos, que nació en Barcelona, por el que nadie daba un duro, dirigido por un tal Albert Rivera, orador de concurso. Empezó con un puñado de notables y cándidos intelectuales, convencidos de que la socialdemocracia no estaba bien representada en España. Tardó unos años, pocos, para conseguir hacerse un figura respetable en un mundo político como el español, poco inclinado a la respetabilidad. Pero lo logró y es su mérito.

    Lo primero que hizo en su reciente congreso es dejar de ser socialdemócrata para definirse como liberal. ¿Qué otra cosa iba a hacer un tipo ambicioso con ganas de tocar poder a costa de lo que sea y que no se note que la política es trabajo que tiene mucho que ver con la carnicería? Si el ciclo aquel que se inició en 1917 en Rusia se fue agotando hasta llegar a la pobreza y luego a la miseria caben dos opciones: esperar tiempos mejores, y para ello se requiere tiempo (que algunos ya no tendremos), y voluntad de poder. Lo demás son discusiones semánticas con florete, arma especialmente inadecuada para la pelea en campo abierto.

    Fuente: http://www.lavanguardia.com/opinion/20170211/414237362414/el-ciclo-se-ha-cerrado-i.html.

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