Pulgas de Ahetze

img_0028Esta mañana fuimos a Ahetze apenas amanecido para llegar al mercadillo mensual antes de que empezaran las aglomeraciones. Hacía años que no íbamos, pero las calles del pueblo estaban igual de ocupadas que en aquella última ocasión o más. A muchos vendedores, franceses y españoles, gitanos simpáticos y dicharacheros de ambas nacionalidades –por Dios lo que se mueve esta gente con sus fragonetas–, los reconoces de un mercadillo a otro, su mercancía invendible lo mismo, alguna les dura meses entre las manos, otra vuela, claro, pero las defunciones aseguran la renovación segura de la mercancía, las defunciones, las ruinas, las liquidaciones por derribo, los empujones de la especulación inmobiliaria que derriba para elevar construcciones basura, aunque su precio sea fuerte. dsc_0043Puestos y más puestos, toldos, mesas, maletas, furgonas muy trotadas enseñando sus vientres, camiones que venden desde la baca,  ropa, mucha, cada vez más, calzado,   juguetes, juegos de mesa, relojes, y sobre todo el yo qué sé y el cualquier cosa, los objetos de adorno, lo que para nada sirvió nunca, mucha cubertería de plata a pedo burra, mucha vajilla que fue de lujo, mucha pieza despareja y viuda de casi todo, restos del derribo del inventor de Bayona –antiguo aviador militar cuya cartilla de vuelo estuve repasando hace unas semanas combates y bombardeos– y sobre los que han caído varios chamarileros de la zona a repartirse el botín, motocicletas, bicicletas, cartelería de marcas y negocios en extinción, «Allez fouillez, fouillez, c’est le bordel!, berrea el gamberrazo vinoso», cerca del  tipo cachazudo que se aprieta una cerveza al sol y del rabioso que por quisicosas de la compraventa entre negociantes se va echando humo al grito de «Et aujourd’hui je suis calme!», armas, mobiliario antiguo y moderno, maniquís, cuadros infames, lo roto y lo medio roto, lo que viene de la cocina apagada y muerta y de la sala de los muertos, donde ya no entraba nadie antes de que desaparecieran los dueños, alfombras, juegos, cafeteras como la de Balzac, pero incompletas, –ay, qué fetiche eficaz no pondrías a tu lado para inventar de verdad–… un muestrario de todo lo que la mayoría dejamos a nuestra espalda como un lastre enojoso del que otros tienen que desembarazarse.

img_0021Lo único valioso que he visto ha sido un registro de exiliados españoles de 1834, «no amnistiados», entre los que se encontraba un mariscal Méndez-Vigo y un O’Donnell, así como jueces, catedráticos, comerciantes, escritores, abogados, diputados… sujetos a recibir ayudas del Gobierno francés de la época. Lo demás, morralla, ferralla, trozos de trozos, mobiliario más abandonado que vendido, lo que antes iba a parar a… ¿a dónde iba a parar lo de antes? Al fuego, al chirrión, al lugar donde las cosas desaparecen como si nunca hubiesen existido. Lo que la mayoría dejamos atrás y tiene la huella de nuestras manos, poco o nada vale.

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