«Las pirañas» sobre la mesa

 

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Cuando llegaba un nuevo libro a casa era motivo de celebración y un rito ponerlo sobre la mesa. Ahora no es muy diferente, pero ante este libro, 25 años después, siento una melancólica incredulidad. Miro hacia atrás y me tengo que creer lo que veo: un barullo. Tuve que escribirlo, era para mí un libro necesario, una puerta a franquear. Casi me alegro más por la gente que se ha ilusionado con su edición y puesto mucho empeño en ella que por mi mismo. Les estoy muy agradecido a (por orden de aparición) Víctor San Frutos, Beatriz Jordán, Eduardo Irujo, Juncal Pibernat (que me dijeron era pariente del Santo Job) y Silvia Broome. Juncal ha hecho un trabajo minucioso de revisión del texto y Silvia y Eduardo han escrito una marginalia generosa y acertada, desde la elección del epígrafe, un poema de Las palabras perdidas (1993) titulado «Acuérdate de estos años», que guarda una estrecha relación con esta novela; el poema que da título a ese libro también tiene que ver con el motivo por el que la escribí, ahora que gracias a ellos lo releo me fijo. Hoy, con que  mi novela encuentre un (buen) puñado de lectores, en este tiempo de pocas lecturas reales, me conformo.

Casi todo lo que tenía que decir sobre el libro ya lo he dicho en el prólogo que he escrito para esta reedición y en un texto que publiqué aquí mismo semanas atrás.  Con todo, diré que nadie vea la vida del prójimo por el ojo de esta cerradura de papel, porque probablemente será la suya, la que preferiría no ver, y sobre todo diré que Las pirañas es una novela, esto es una «historia fingida y texida de los casos que comunmente suceden, ó son verosímiles», como decía el Diccionario de la Lengua Castellana, en su edición de 1786.

Para mí Las pirañas es sobre todo  el retrato de una época, los felices ochenta, pero  fue tomada por otra cosa. Eso no dependió de mí, tampoco ahora. Solo sé que me quedé corto  y que en estos últimos veinticinco años he tenido ocasiones sobradas de escribir novelas como esta porque motivos no faltan, sobran. Ahora lo que me faltan son ganas y me temo que  fuerzas, pero sobre todo ganas… ¿Para qué? Cuando te haces esa pregunta es porque no sabes responderla. Ahora todo se resuelve en equívocos, malentendidos, reclamos… Corregir esta novela ha sido una tarea ingrata, por asomarme a una época que recuerdo con disgusto, y para mí un recordatorio no ya de una serie de incidentes miserables y desagradables, sino de errores personales que estimo  graves, como el no haberme ido para siempre del lugar donde nací, entre otros relacionados con el por qué de mi libro,  y eso me temo que ya no tiene remedio. El exorcismo se quedó a medias,  solo fue de papel y tinta, y eso poco vale en realidad, para completarlo debería haberme despedido de mí mismo, y no fue así o no del todo. La escritura que vino luego, sí, fue diferente, pero no del todo, se bifurcó, me bifurcaba, intentaba caminos distintos, hasta esa final Perorata del insensato (2015), que es como si no la hubiese escrito, pero siempre quedó algo pendiente. Siento que me eché un cepo al cuello con una alegría impropia de la ceremonia de exorcismo de la que se trataba. El cepo, buen título para novela… La picota tampoco está mal, porque a ella me subí creyendo que era un tablado de barraca de feria que hoy está aquí y mañana, allí. Bien, esto es todo amigos, que sus lectores de hoy sean bienvenidos…

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