Cuando Baroja visitó a Durruti

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Baroja visitando a Durruti, ¡Oh! ¡Ah! Solo falta que como música de fondo suene El asombro de Damasco… Curiosamente el anarquista Baroja –una de las grotescas imposturas literarias que adornan al personaje– hizo aquel viaje, no en pos de las huellas de anarquista alguno, sino del general carlista Gómez, el de la famosa «expedición», en compañía de dos personajes que poco más tarde le informarían puntualmente de los atentados cometidos por la Falange en Madrid, en los primeros meses de 1936, incluido el atentado contra Jiménez de Asúa del que estuvo acusado, qué casualidad, uno de sus dos compañeros de viaje… de contar las cosas, contarlo todo. Baroja fue a marcarse un tanto y cobrarse «bonitamente» (en genuina terminología de la famiglia) unos duros viajando de gorra en un coche de lujo que no era suyo, sino de un amigo adinerado, erudito, mucho, en guerras civiles, y bibliófilo consumado, que los representaba en España (y primo carnal del abuelo de un zascandil que ya me aburre con sus cuentos).  El anarquismo de Baroja es filfa de la buena, un lamparón más que un adorno. A Baroja le iba el folletín, ya fuera la pena de muerte, el anarquismo, el fascismo o las metempsicóticas… Y qué miopía la de Durruti y sus compañeros creyéndolo uno de los suyos.  (En París, casualmente en las cercanías del Colegio de España que acogió gratis a Baroja entre 1936 y 1937)

 

 

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