Cremación en el Père-Lachaise

_DSC0106 Un día gris, frío, vamos hasta el Père-Lachaise a la cremación de nuestro familiar y llegamos con mucha antelación. Hacemos tiempo en un café que está a la puerta y que se ve vive de los entierros y funerales, de los cafés rompe nervios y de la bodega y cocina bien surtidas quitapenas.

—Vous avez du monde! –dice un parroquiano de luto en tono admirativo.

—Ah, vous savez, pour le Premier Mai et la Toussaint c’est la folie! –replica el dueño bandeja en alto sin poder ocultar su satisfacción.

Y del café al crematorio. Hay que esperar porque hay atasco. Damos una vuelta por los panteones de los alrededores, los hierbines alimentados con cenizas, los monumentos a los muertos en los campos de concentración nazis, hasta el muro de los fusilados de la Comuna, frente al que está la tumba de Clement el de Le temps de cerises, ese que no llega nunca y cuando lo hace es para acabar a tiros que reciben siempre los mismos.

_DSC0115.jpgDe vuelta pasamos por el panteón de Oscar Wilde protegido con muchos  morros de carmín estampados en el vidrio que protege el monumento funerario… devociones necrófilas.

El recinto del crematorio es imponente: furgones fúnebres, grandes y pequeños, cerrados, abiertos, muchos croque-morts, familias y cortejos que entran y salen, se atropellan, apenados o a prisa y corriendo. Llaman a una familia y entran en la sala dos personas arrastrando el carrito de la compra. Gente que acude y que no saluda, nadie sabe quién son, los familiares que no se han hablado en décadas y tampoco ahora, pero que se dejan ver, parientes salidos de la nada y que a ella vuelven sin haber abierto la boca, que resulta que no lo son y se asoman nadie sabe a qué. Triste, sobre todo eso, triste.

En Francia los cadáveres dan muchas vueltas, tal vez demasiadas. Entre el fallecimiento y el entierro pasan varios días, muchos a veces.  Si hay problemas para una incineración todavía es peor porque hay que embalsamar el cadáver para después darle fuego.  Un negocio fabuloso en el que no repara nadie, más que una vez que todo ha pasado. Lo primero las pompas, eso lo saben los deudos y los buitres que caen sobre quien está solo y apesadumbrado, descompuesto, tal vez agotado de semanas de hospital y de asistir a la agonía lenta de quien quiere irse y no le dejan, entre despropósitos mayúsculos y abusos de todas clases.

Te hacen pasar a un subterráneo por cuyas escaleras los ancianos se mueven a duras penas. Tu difunto está en la caja, lacrada. Te dejan a solas con él; minutos de recogimiento dicen. Pasa el tiempo.  Nadie dice nada, y de pronto entra un tartufo que recompone las carcajadas que has visto por la rendija de la puerta y pone cara de fosor y te dice que se acabó la función, que no hay plaza ni nicho, que te vayas, que el féretro se queda allí, a buen recaudo de la Administración con reglamentos en mano como luparas. ¿Y dónde se queda le difunto? No sabes ni cuándo lo van a incinerar ni cuándo te van a avisar de que tienes a tu disposición la urna con las cenizas para meterla en un columbario porque ya no dejan llevártelas a casa porque en ese caso les desaparece una tajada del negocio.

Entre tanto, los sobrevivientes siguen su vida, van de papeleo en papeleo, pagando sin parar. Hay compañías que se ocupan de esto, del papeleo, porque la burocracia francesa es esa otra cara de la «vida literaria» que no quiere ver ni Dios. En las funerarias operan ladrones de buen porte que se presentan al día siguiente y venden seguros falos que revelan prepuestos con mucha letra pequeña por la que hay que meter en danza a algún abogado ducho en líos funerarios y ganas de enredar.  Hay que pagar para enterrar al difunto, para tirar sus cenizas, para meterlo, para sacarlo, para momificarlo, para enfriarlo, para calentarlo… De esto se habla poco o mejor nada, bibliofilia, escaparatismo, flanerías… que te dejan con la boca seca y un pico de ansiedad en el alma. Hoy me jodo en la literatura, mucho, mañana probablemente también.

Anuncios

Un pensamiento en “Cremación en el Père-Lachaise

  1. Por aquí no es muy diferente, siempre que voy a la incineradora del cementerio que son cuatro o cinco veces al año, me pregunto si realmente darán fuego a la caja que vale un huevo, y se acaba de estrenar hace unas horas…y sí carísimo todo excepto si lo llevas pagando desde que naciste con el “ocaso” o aseguradoras igualmente listas que entonces será sin duda mucho más caro, monumental negocio para algunos incluida la administración, con lo poco que costaría tirarnos al río y los cangrejos se encargarían de un gratuito y ejemplar reciclaje ecológico…el negocio funerario existe porque se permite, por la misma razón que un notario cobra por una firma 10.000 euros…ninguna.

Los comentarios están cerrados.