La mandragora en Gît-le-Coeur

Raro es el viaje que he hecho a París que no haya pasado por esa calleja de Gît-le-Coeur, buscando la Taverne des Ratés de l’Aventure, donde beber un negroni o un spitz veneciano, según receta de Hugo Pratt, o un mezcal; esa taberna que pasa inadvertida pero que abre sus puertas, en un resquicio, junto a la academia de esgrima, salle d’armes, de maître Pinel de la Taule que hoy estaba tapada con andamios, con los floretes de reclamo ya muy maltrechos. Quería dar con una edición de Pequeño manual del perfecto aventurero, de Mac Orlan, en edición de La Sirena, y esta vez lo conseguí, y con un par de negronis pude leerlo sentado en un rincón de la taberna. La aventura, dice Mac Orlan, mejor a parado y además se reduce siempre  a una cuestión de paga. Sabía de qué hablaba.
Me importa poco que en esa calle estuviera el Beat hotel (Hôtel du Vieux Paris) de la generación beatnik –Burrouhgs, Ginsberg, Corso, Orlovsky…–, o que el surrealista Stanislas Rodansky –más personaje de su propia novela intensa que autor de verdad conocido y frecuentado: los invisibles, los olvidados de la librera Agnés Denis, en Courant d’air esa que nos va  a llevar a todos–, merodeara por los patios y bodegas en busca de piezas para nutrir el rompecabezas de su locura.

Me importa mucho más, para mi novela desordenada de ahora,  que en 1971 esa librería hoy mortecina estuviera especializada en libros esotéricos, ciencias ocultas y que en el escaparate exhibiera dos frascos  con mandragoras, esas que crecen al pie de las horcas y se riegan con  orina o semen  de ahorcado, según consta en tratados de época, y puedo comprobar en el tratadillo de Albert-Marie Schmidt. Escribí sobre el particular un artículo que le sirvió al mala sombra de Cándido para insultarme en otro –demostrando que no tenía ni puta idea de lo que decía, pero dándose pisto: cultura española genuina–, al que no pude responder porque en ABC no me dejaron, aduciendo que era «autor de la casa» e intocable por tanto, que no era mi caso, a pesar de ser también autor de la casa, cuando les convenía.  ABC, esa gran academia de tragar sapos que recuerdo con asco. Pero estaba en 1971, frente al escaparate de las mandrágoras, junto a un amigo de entonces, aficionado al esoterismo, a los fantasmas, a las investigaciones de creencias populares centroeuropeas de los hermanos Grimm, al abate Migne y al Diccionario infernal, de Colin de Plancy, amén del Martin del Rio y del Pierre de Lancre, que ojeábamos en la pequeña biblioteca (casi un cuarto secreto) de un pariente suyo que había vivido en París, en el tiempo del Buey en el Techo, ese del que hablaba el otro día, y que había regresado a su ciudad en compañía de un caimán, varios cajones de libros, y unas cuantas pipas de opio testimoniales en las que no logramos fumarnos más que alguna triste china legionaria (seguirá en cuanto pase po mi biblioteca y pueda consultar algunos libros).

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