Del país de los agravios

Ian Gibson dice que llora por España porque no la ve en paz, que es una forma de referirse a la evidente fractura social que empaña la vida pública y privada del país: «Me da pena ver sus posibilidades y me duele profundamente que este país no esté en paz consigo mismo». Fractura negada por quienes más hacen porque se mantenga viva y enconada, y porque se ensanche a diario esa brecha entre ricos y pobres, entre unos y otros, entre los de arriba y los de abajo, y los de al lado, y los que vienen como pueden y los que se van no porque quieran, o no solo por eso, sino porque no les queda más remedio. Compatriotas espantados de serlo, qué país más raro.

Que un policía nacional reproche a un ciudadano su poco amor a España por hablar en catalán, es un asunto gravísimo, casi más que la multa de 601 euros que le ha caído de manera por completo arbitraria por ese mismo motivo. Qué forma más bonita y más eficaz, por otra parte, de impulsar el algo más que sentimiento independentista catalán.  Lenguas enemigas: qué espanto. Si se hiciera el inventario de agravios padecidos por los ciudadanos, por parte de uniformados, togados o patriotas espontáneos, repartidos por toda la geografía nacional, el resultado sería algo asombroso. Un país de incomprensiones mutuas, enconadas y voluntarias: no nos entendemos porque no queremos, porque no sabríamos cómo, porque lo nuestro es la cainina, con la que se mete picos gratis el otro, siempre el otro, no nosotros. Aquí no hay quien no tenga cuentas pendientes, hasta los ricos, por eso agarran maderos fules, servicios secretos particulares y se compran y venden indecencias como si fueran cromos de Nestlé o barajas de «las familias». ¿Se acuerdan? … De los tres cerditos… Tenerse o no tenerse agarrado por los mismísimos más ensimismados, esa forma de vida española, cuartelara y maja, que no cesa. (Artículo publicado en Cuarto Poder, 29.3.2017, SIGUE, aquí enlazado)

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