La cacería

3098169 A desfachatez no hay quien les gane. El número 2 de Interior acusa a la prensa y a los diputados de la oposición de salir de cacería tanto contra él, por su inexplicada reunión con un hoy encarcelado, como contra su partido, sacudido por la actividad judicial. Eso es negar la evidencia, aunque como le sucedió a su ministro, le traicione el subconsciente al hablar de cacería porque ahora mismo eso es poco menos que remitirse de frente a una de las monterías de Escopeta Nacional llena de gandules, parásitos y ladrones: lo que en realidad hay aupado al carro del oro de las instituciones. Cacería pues al descubierto para indignación y asombro de esa parte de la ciudadanía que se niega a aplaudir.

La torpe acusación del cargo público es como si el espoliado que se atreve a gritar «¡Al ladrón!» se viese perseguido de inmediato por difamación y acoso. Da la impresión de que confunden el ejercicio del cargo público con la obtención de la Carta de Marca que habilitaba a los corsarios, y que les ofende que se la quiten.

Es de no creer que la gravedad de lo sucedido se tome no en sí misma, sino como un numerito de oportunismo político por parte de la oposición. Hay que rebajar el tono «a como sea», esperar que amaine el clamor acusatorio, y no encarar lo que Martín Pallín y muchos otros señalan como un «Estado fallido».

El presidente del Gobierno, como toda respuesta a la avalancha de podre que se le ha venido encima, habla nada menos de que en su partido no hay nadie que se porte mal. ¿Portarse mal? ¿Portarse bien? Rajoy parece olvidar que al menos en los escenarios le tratan como a un hombre de Estado y que no es una madre superiora de las de antes más a cargo de un internado o de un reformatorio. No se trata de portarse bien o mal, sino de no ser un delincuente cualificado, que es la especie que ha venido brotando a su alrededor y ha generado una cosecha no de cuernas y navajas de montería, sino de imputados que supera las 800 cabezas, 800, que se dice pronto. Se ve que sin él advertirlo tiene la corralada llena de desobedientes, díscolos, revoltosos y asociales. Cero en conducta, pues; pero no se trata de eso, sino de mucha y eficaz instrucción judicial.

El número 2 dichoso obvía, lo mismo que el caradura de Marhuenda, que las denuncias de corrupción se remontan a años atrás y que a pesar de haberlas tapado todo lo que han podido ha habido condenas, políticos que están en la cárcel o que deberían estarlo. Pero eso sí, con o sin denuncias, en las trastiendas se han corrido una farra de aúpa, una auténtica montería de golfos legitimada por las urnas, ese gran equívoco que aúpa al poder a una minoría que habla en falso de hacerlo en nombre de la mayoría y se convierte de inmediato en un cotarro blindado reacio a cualquier cambio de fondo, empezando por su propia condición. Los votantes deben hacerse con el control eficaz de su voto hecho mandato.

Estamos tan atrapados en el día a día del ruido que cuesta pensar en el después. Resulta intolerable que esto solo sea un suma y sigue cuando de lejos se ve que las instituciones están extenuadas y se sostienen por la fuerza. Hasta los propios fiscales (progresistas) acaban de descubrir el Mediterráneo y dicen que «en los dos últimos meses» la ciudadanía ha perdido confianza en la institución. ¿En los dos últimos meses? Ay, me temo que no hay dos Españas, sino dos mundos casi del todo invisibles el uno para el otro.

Da vértigo preguntarse «¿Hasta cuándo va a durar esto?», cuando se ve que fuerzas políticas como el PSOE no están por el cambio, sino por la continuidad del sistema –tienen pavor a enfrentarse de verdad a la corrupción del partido en el Gobierno­–, y que es dudoso que los resultados electorales que puedan darse en el futuro ofrezcan en la práctica ocasión real de reformas políticas radicales. Resulta lastimoso ver cómo el Gobierno central torpedea las iniciativas de cambios políticos y sociales emprendidas por los parlamentos autonómicos en cumplimiento de programas electorales, reduciendo las autonomías a niveles de representación. Toda una prueba del sistema democrático en el que creen. Hablar de régimen malsano es poco.

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«Las pirañas», en ABC Cultural

De la mano de mis editores de Limbo Errante traigo la reseña y de un amigo que a comienzo de la tarde me hizo llegar un aviso de su publicación. Solo que en el lugar donde vivo no es posible conseguir un ABC. Me ha alegrado mucho la publicación del artículo porque el libro salió hace ya dos meses y me temía el silencio del barullo editorial-mediático en cuya escorredura vamos todos, autores y editores. Es un libro duro de leer, sí, pero más duro fue escribirlo y mucho más corregirlo para esta edición, pero esto  no debe influir en  el juicio del lector. Al ebanista le pedimos que nos haga un sillón cómodo, no que nos cuente las dificultades que ha tenido con la calidad de la madera y su ensamblaje.

No puedo elogiar el artículo de Julio José Ordovás porque se elogia por sí solo, o eso creo. Claro que lo que yo crea y nada, siendo su autor, poca importancia tiene. Ordovás conoce bien mi obra y sus trastiendas desde hace muchos años.  Para mí su artículo tiene el valor de lo hecho a conciencia, después de leer con minucia el texto, tal y como hicieron Silvia Broome y Eduardo Irujo cuando escribieron el epílogo. No sé por qué me ha venido un viejo verso de Ramón Irigoyen, que no puedo consultar en este momento, en el que hablaba de la vergüenza ajena y advertía de que antes la había pasado propia. Con la picota levantada en ese libro pasa algo parecido, que no se haya querido ver así no es cosa mía. El paso de los años no ha hecho sino confirmarlo.

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Y volver, volver…

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Ya estoy tardando, pero no renuncio a hacerlo más pronto que tarde, como quien se mete espuela a sí mismo, jinete de alma perdida que se hunde en la noche (la de vueltas que le he dado al relato de Irving desde que lo leí de niño).

Kay llakikuna, kay phutikuna,
amaña kaypi kachunchu.
Amaña ima llakipas kachunchu.

Estas penas y tristezas / que ya no estén más aquí. / Ninguna tristeza se quede aquí.

Esto copio De Ina Rösing, la autora de Las almas nuevas del mundo callawaya (Análisis de la curación ritual callawaya para vencer penas y tristezas). Nada que ver con la fotografía que es de la feria dominical de La Ceja, de El Alto, por donde estaba el librero de batalla y derribo al que una chola como las de la imagen le increpó impaciente: «¡¿Pero cuándo me vas a traer mi Flavio Josefo!». Y volver, volver… Chuquiago marka, encrucijada y fuga (título provisional) mi crónica de esa ciudad que te agarra y no te suelta que, ahora sí, ahora va a ver la luz, en su sitio además, la ciudad de La Paz, Bolivia.

No solo me he acordado de los rituales callawayas para espantar el susto (algo que hacían los curanderos del Pirineo navarro a finales del XIX) y recuperar el alma, sino de una conversación con Víctor Hugo Vaca Guzmán, maestro charanguista, en Sucre, un pozo de información sobre usos y costumbres de la población originaria de Chuquisaca.

A lo dicho, y volver, volver, volver…

Pecios y rompecabezas novelescos

No hay chamarilero donde no acabes por encontrar los jirones de alguna historia vagamente novelesca en forma de pecios de algún naufragio o de piezas de un enrevesado rompecabezas.
Por ejemplo, cómo ha llegado hasta ese suelo, que fue de una carnicería, la maleta de lujo del marqués de Alcedo y de San Carlos, Fernando Quiñones de León y de Francisco-Martín (París 1858-1937), propietario del pazo de Castrelos, en Vigo, erudito y viajero.
Y lo mismo cabe decir de la sombrerera de piel blanca, muy trotada, cubierta de etiquetas de viajes en avión de la marquesa de San Carlos que cuando pasaba por París paraba en el hotel California, de la rue de Berri, en el XVI, cuyo marido, si no me equivoco, fue el primer buscador del tesoro de lord Anson en la isla de Juan Fernández,  siguiendo la documentación encontrada, según la leyenda de la isla, en un castillo inglés –los Quiñones de León estaban emparentados con vieja nobleza inglesa e irlandesa– y cuya hija, todo un personaje… busquen. La marquesa, que vivió entre otro sitios en San Juan de Luz, en El Quiñón, una quinta de la carretera de Senpere, falleció en Santiago de Chile en 1982.
Otro Quiñones de León, José María, que también vivió en París, fue el último embajador de Alfonso XIII en París y el que le organizó a Franco los servicios secretos y la representación oficiosa para unos, oficial para otros, de los alzados entre París y San Juan de Luz entre 1936 (Agosto) y 1937, cuando los trasladaron a Biarritz (La Belle Fregate). Esos servicios fueron los que le dieron a Baroja pasaporte para regresar a España en 1937…

Me pregunto si son estos los elementos con los que me gustaría novelar hoy. Creo que no. Pienso en Chesterton cuando afirmaba aborrecer las novelas «aristocráticas», pienso también Waugh, pero yo no soy Evelyn Waugh, por mucho que me guste, ni Cyril Connolly. Sin embargo, ese derribo final, esos pecios –fotografías, objetos, tarjetas postales, cuadernos de notas domésticas, cartas…–, esos objetos, no todos miserables,  esos blasones  que terminan en en suelo de una calle que huele a humedad, esa necesidad de desembarazarse de las cosas, vendidas por cuatro perras, de hacer caer telón y decorados, y derribar escenarios… las trastiendas, la tramoya, lo que nunca fue eco de sociedad.

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La tricolor y otras

Exhibir la bandera tricolor es casi la única forma de hacer de verdad visible no ya el sentimiento republicano, sino la idea misma de cambio de régimen y de deseo de una tercera república. No se trata de un mero cambio decorativo de bandera, sino de la voluntad de un cambio en los fundamentos mismos de la organización del Estado, incluido el territorial, y de todas sus instituciones, es decir, de otra manera de gobernar y de hacer política, de un cambio real en lo económico, cultural, educacional, judicial… La tricolor es más que un símbolo de homenaje y nostalgia, es un propósito de cambio de régimen político.

Ahora bien, en la medida en que ese cambio de régimen no es que no sea del agrado del PP-PSOE, el partido de «La Tenaza», sino que cuenta con la firme oposición de este, va a ser cuestión de exhibirlas y hacerlas ondear a la menor ocasión, y con toda la profusión posible, antes de que prohíban hacerlo y declaren la bandera republicana ilegal… y terrorismo, y eso conlleve los palos, las multas y los años de cárcel preceptivos en el actual juego democrático. Ambiente para hacerlo lo tienen. Las voces airadas en contra de la exhibición de la bandera republicana cunden, al margen del silenciamiento de otras manifestaciones de afirmación republicana: cualquier consulta popular queda por el momento excluida. Cuentan con el apoyo popular a todas las formas de represión de la disidencia. La aversión a las consultas populares y los referéndums está muy extendida. La monarquía se ha venido blindando por ley y por complicidad mediática y publicitaria, hasta convertirla en algo intocable, como está sucediendo con otros asuntos que se sustraen de manera violenta a la libertad de expresión. Ha regresado lo indecible, lo intocable, lo inefable y lo sagrado… si es que alguna vez se fue y no se quedó durmiendo bajo la tóxica sombra de higuera de la Transición.

Sin el regreso de lo sagrado como sostén de la vida pública es difícil entender que la ministra de Defensa haya ordenado colocar a media asta en señal de duelo las banderas de las instalaciones militares, nada menos que por la muerte de Jesucristo, asunto este que no está previsto en la legislación que rige esas cuestiones protocolarias. Esté o no previsto ese sube y baja de banderas, la presencia militar ligada a manifestaciones religiosas de tinte espectacular, folclórico y turístico (pues así son promocionadas desde los tiempos de Fraga y antes) como son las procesiones de Semana Santa, se ha recrudecido en los últimos años y no tiene aspecto de ir a menos, sino a más, en la medida en que se trata de una exhibición claramente política, de afirmación ideológica. Tienen que demostrar quién manda aquí y cómo lo hace y con qué ideología precisa. La no confesionalidad del Estado español es un cuento de risa, de esa risa que quieren recortar a toda costa. Las exhibiciones públicas de devoción religiosa por parte de uniformados y no uniformados pueden resultar grotescas, pero conviene no engañarse: cuentan con un apoyo popular que se traduce en votos, en emoción intensa más que en ideas. Es inútil pensar que sería deseable que las devociones fueran por un lado y los alardes castrenses y patrióticos por otro. Suena a mezclar, como sentencia el dicho popular, «el culo con las témporas», pero no es así, ese culto obsesivo a la bandera de la monarquía (con querencia al obligado cumplimiento) y sus símbolos, ese regreso del mantilleo, el peineteo y las negruras a lo Romero de Torres, como seña de identidad de clase, más que como muestra extemporánea de una respetable devoción religiosa; ese apoyo político (policial-judicial) a devociones religiosas, en forma de medallas, condecoraciones, berridos y músicas marciales; esa participación de la jerarquía eclesiástica en asuntos que deberían estar reservados a las instituciones civiles, son una nueva forma de culto político-devoto, clientelista, en la medida en que las dos partes salen beneficiadas de la alianza: la una se asegura votos, la otra unos claros beneficios económicos, más que un mero sostén. No son tradiciones, no es folclore, no son devociones, es ideología, conservadora, reaccionaria, autoritaria, nostálgica de un régimen pretérito, el del ordeno y mando, y la represión de toda disidencia, el del nacionalcatolicismo por hablar claro, y todo lo travestido y puesto al día que se quiera.

*** Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias, 16.4.2017

ITEM MÁS: El ejemplar de la Constitución republicana de la imagen proviene del archivo desbaratado de un diputado a Cortes 1931-1936 no precisamente de izquierdas.
He renunciado a ilustrar este artículo con las repulsivas imágenes de policías uniformados, legionarios y otros militares participando en actos religiosos porque sencillamente me parecen groseras, al margen de que ya hayan sido publicadas con profusión.

Lecciones de tinieblas

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** Resulta asombrosa la cantidad de jirones de vida privada que van quedando atrapados en la frecuentación de las redes sociales, ajenas y propias. Una mezcla de exhibicionismo despreocupado, gritos de socorro, impudor, jactancia, imprudencia, parva afirmación de uno mismo, inmodestia, desahogos necesarios, urgentes, alardes de valores y virtudes… De nobis ipsi silemus, en estos tiempos, eso para el gato, el que sale al escenario no existe y eso es una tragedia; pero también es para el gato que pesca ese deseo (propósito) de Michel de Montaigne, el de pintarse del todo entero y del todo desnudo, fijado al comienzo de sus Ensayos. Nada de eso, antes que ser, parecer, representar, subir a escena con las mejores galas… Agrippa d’Aubigné en Les avantures du baron du Faeneste.

** Antes de pronunciar una sola palabra sabes que no vas a ser entendido porque tu intelocutor no quiere. Buen motivo para insistir… o para callar y dar media vuelta, si la porfía da flojera.

** Días de tregua estos, me digo, pero pasan veloces y no hay tregua que valga, solo lecciones de tinieblas, ruido de carracas, martilletes de chopo.

** El miedo a desentonar y a perder la clientela (el público) que lastra y reduce la ambición de cualquier empeño de verdad creativo… y la arrogancia con la que afirma no padecerlo.

Nostalgias franquistas

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Que el sistema político español protege al franquismo, como régimen dictatorial, con apoyos policiales y judiciales, queda ahora mismo fuera de toda duda. Son los hechos, del dominio público, los que hablan como pruebas eficaces, y a diario, por mucho que los medios de comunicación afines al Gobierno los quieran silenciar, los tergiversen o los apoyen de manera expresa. No sé qué puede resultar más escandaloso (si todavía hay algo que consiga serlo), que el Gobierno declare que la exaltación o enaltecimiento del franquismo no es delito, que consienta que la Fundación Francisco Franco conserve documentos considerados como secretos de Estado o que un juez de clara inclinación política, exsenador del PP, admita a trámite una querella contra Wyoming y Dani Mateo por una burla sobre el monumento de Cuelgamuros, que no hace sino expresar lo que una parte significativa de la sociedad española opina de esa construcción y de su significado. Dicho sea de paso, querer convertirlo en un monumento «a la concordia» por decreto es un abuso y un agravio… y una sandez. El Valle de los Caídos es lo que es y fue construido como fue construido, por mucho que historiadores afines al régimen franquista sostengan en su apoyo que quienes allí trabajaron lo hicieron poco menos que por gusto. Sus muros fueron rellenados, sin contar con las familias en muchas ocasiones, además de con los restos de los «héroes», con los de personas «sacrificadas» –pues esa es la expresión que figura en documentos oficiales de la Guardia Civil encargada de esas exhumaciones– y enterradas en campo abierto de las que ni siquiera se pudo establecer identificación alguna.

La represión gubernamental que ha caído sobre humoristas y no humoristas ha tenido el efecto de radicalizar el discurso de la disidencia, de modo que los «chistes» sobre Carrero Blanco o el Valle de los Caídos se han convertido en un aluvión, en claro desafío y respuesta a la demencial sentencia caída sobre la tuitera Cassandra. Burlas y feroces veras. A propósito, ¿esos chistes son sobre o son contra? Yo creo que son contra, pero no contra alguien en concreto, ni mucho menos contra las víctimas del terrorismo, sino contra la ideología que inspira el actual Gobierno español: policiaca y autoritaria. Esos chistes valen por columnas de opinión o editoriales, por tomas de posición y por gestos de rebeldía. (Artículo publicado en Cuarto Poder, 12.4.17, aquí enlazado)

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El muro

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No sé cuál de las dos esculturas de Juan Muño representa mejor lo que para mí es uno de los efectos de la depresión: el vivir de cara a un muro ciego. Esto, a quien no las ha padecido, a depresiones serias me refiero, a quien no sabe lo que es vivir días, semanas, meses y años bajo la nube, no se lo expliques, porque no puede entenderlo. La depresión te aisla y aleja, la vida de los demás va en otra dirección, a secas, la tuya no, la tuya se ha quedado estancada en un momento negro: ese pozo, en el horizonte de ese muro ciego.

Mucho ruido y pocas luces

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** Manipulación emocional de origen mediático: colaboras con ella ya casi por costumbre, por dejarte llevar, por no poner en duda nada del noticiero al que te asomas o que te llega sin siquiera aosamrte y crees que atañe de manera directa a lo que te constituye y confirma en tus ideas o creencias. Un sano escepticismo no es tarea fácil. El bote pronto resulta más agradecido, más satisfactorio quiero decir. ¿Pensar o desahogarse?  Casi mejor lo segundo, lo primero puede ponerte en un enojoso aprieto.

** A la postre, las informaciones en aluvión resultan poco veraces a fuerza de estar alentadas  por una más que evidente toma de partido, de modo que los titulares valen por editoriales… certezas de un día… de unas horas mejor… volátiles más que efímeras.

** Cuando las reflexiones «de fondo» resultan propaganda sin recato… y su lectura, rutina de devocionario.

** El escenario está abarrotado, esta ópera de cuatro perras tiene exceso de figurantes y el patio de butacas es también escenario:  predicadores, espadachines, cátedros, doctos, guapetones, delatores, camorristas, duendes, listos, mordaces de profesión u oficio, inquisidores… Demasiada verdad en danza. ¿A quién creer?
—Y a propósito… ¿Y tú qué haces ahí? (te pregunta tu sombra y tú, para variar, callas)

** Ayuntarse a bando de manera bulliciosa evita hacerse preguntas que enseguida resultan demasiadas, incómodas y de difícil respuesta.

** Crees que has tomado partido y que estás rompiendo lanzas con coraje en favor de ideas honorables, y solo estás armando bulla.