La tricolor y otras

Exhibir la bandera tricolor es casi la única forma de hacer de verdad visible no ya el sentimiento republicano, sino la idea misma de cambio de régimen y de deseo de una tercera república. No se trata de un mero cambio decorativo de bandera, sino de la voluntad de un cambio en los fundamentos mismos de la organización del Estado, incluido el territorial, y de todas sus instituciones, es decir, de otra manera de gobernar y de hacer política, de un cambio real en lo económico, cultural, educacional, judicial… La tricolor es más que un símbolo de homenaje y nostalgia, es un propósito de cambio de régimen político.

Ahora bien, en la medida en que ese cambio de régimen no es que no sea del agrado del PP-PSOE, el partido de «La Tenaza», sino que cuenta con la firme oposición de este, va a ser cuestión de exhibirlas y hacerlas ondear a la menor ocasión, y con toda la profusión posible, antes de que prohíban hacerlo y declaren la bandera republicana ilegal… y terrorismo, y eso conlleve los palos, las multas y los años de cárcel preceptivos en el actual juego democrático. Ambiente para hacerlo lo tienen. Las voces airadas en contra de la exhibición de la bandera republicana cunden, al margen del silenciamiento de otras manifestaciones de afirmación republicana: cualquier consulta popular queda por el momento excluida. Cuentan con el apoyo popular a todas las formas de represión de la disidencia. La aversión a las consultas populares y los referéndums está muy extendida. La monarquía se ha venido blindando por ley y por complicidad mediática y publicitaria, hasta convertirla en algo intocable, como está sucediendo con otros asuntos que se sustraen de manera violenta a la libertad de expresión. Ha regresado lo indecible, lo intocable, lo inefable y lo sagrado… si es que alguna vez se fue y no se quedó durmiendo bajo la tóxica sombra de higuera de la Transición.

Sin el regreso de lo sagrado como sostén de la vida pública es difícil entender que la ministra de Defensa haya ordenado colocar a media asta en señal de duelo las banderas de las instalaciones militares, nada menos que por la muerte de Jesucristo, asunto este que no está previsto en la legislación que rige esas cuestiones protocolarias. Esté o no previsto ese sube y baja de banderas, la presencia militar ligada a manifestaciones religiosas de tinte espectacular, folclórico y turístico (pues así son promocionadas desde los tiempos de Fraga y antes) como son las procesiones de Semana Santa, se ha recrudecido en los últimos años y no tiene aspecto de ir a menos, sino a más, en la medida en que se trata de una exhibición claramente política, de afirmación ideológica. Tienen que demostrar quién manda aquí y cómo lo hace y con qué ideología precisa. La no confesionalidad del Estado español es un cuento de risa, de esa risa que quieren recortar a toda costa. Las exhibiciones públicas de devoción religiosa por parte de uniformados y no uniformados pueden resultar grotescas, pero conviene no engañarse: cuentan con un apoyo popular que se traduce en votos, en emoción intensa más que en ideas. Es inútil pensar que sería deseable que las devociones fueran por un lado y los alardes castrenses y patrióticos por otro. Suena a mezclar, como sentencia el dicho popular, «el culo con las témporas», pero no es así, ese culto obsesivo a la bandera de la monarquía (con querencia al obligado cumplimiento) y sus símbolos, ese regreso del mantilleo, el peineteo y las negruras a lo Romero de Torres, como seña de identidad de clase, más que como muestra extemporánea de una respetable devoción religiosa; ese apoyo político (policial-judicial) a devociones religiosas, en forma de medallas, condecoraciones, berridos y músicas marciales; esa participación de la jerarquía eclesiástica en asuntos que deberían estar reservados a las instituciones civiles, son una nueva forma de culto político-devoto, clientelista, en la medida en que las dos partes salen beneficiadas de la alianza: la una se asegura votos, la otra unos claros beneficios económicos, más que un mero sostén. No son tradiciones, no es folclore, no son devociones, es ideología, conservadora, reaccionaria, autoritaria, nostálgica de un régimen pretérito, el del ordeno y mando, y la represión de toda disidencia, el del nacionalcatolicismo por hablar claro, y todo lo travestido y puesto al día que se quiera.

*** Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias, 16.4.2017

ITEM MÁS: El ejemplar de la Constitución republicana de la imagen proviene del archivo desbaratado de un diputado a Cortes 1931-1936 no precisamente de izquierdas.
He renunciado a ilustrar este artículo con las repulsivas imágenes de policías uniformados, legionarios y otros militares participando en actos religiosos porque sencillamente me parecen groseras, al margen de que ya hayan sido publicadas con profusión.

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3 pensamientos en “La tricolor y otras

  1. Si, son legión los zombis (que buena parte de ellos se declaran izquierdistas y republicanos) que cuando les dices que hay que sacar la cosa religiosa de la vida pública te miran con desdén: “pero eso era antes, ahora la gente ya sabe discernir”… Pues eso, que como sábenos “discernir” seguimos como siempre: bajo la cruz y el tricornio

  2. Y me ha decepcionado la nueva clase política “del cambio””. ¿Para qué tanto alardear de que se iba a colocar la tricolor si luego se han cagado de miedo?. Me han hecho añorar a las gentes de la izquierda abertzale que jamás cejaron en su empeño de defender la ikurriña y el euskera por encima de leyes corruptas y tramposas porque estaban dispuestos a ser condenados para dejar patente la calaña de quienes les condenaban. Todos esos que suelen dar lecciones éticas sobre la lucha armada y su no sentido, porque ya está la lucha desarmada y pacifica, han demostrado que a la hora de la verdad, no son capaces de luchar ni siquiera pacíficamente si ello lleva riesgo. Están en política para ser los tontos útiles de los corruptos gobernantes. Mal vamos así. La tricolor hubo que haberla colocado de forma masiva porque haberlo hecho era un acto de lucha pacifica que iba a retratar la violencia irracional de los castigadores. Que no podamos ni celebrar el día de la República institucionalmente nos da una idea de dónde estamos y bajo quiénes estamos. Sin olvidar, por otro lado, los continuos incumplimientos de esas “leyes” -que sólo, al parecer, unos debemos cumplir- que cometieron UPN de gobernantes respecto de la rotulación bilingüe y uso del euskera: para estos pisoteadores de leyes nunca hubo castigo….. Porque estamos en un lugar donde NO TODOS SOMOS IGUALES ANTE LA LEY Y LAS LEYES NO SON IGUALES PARA TODOS

  3. Pues sí, de eso se trata, de la defensa de un cambio radical de régimen en todos sus ámbitos. Eso intentó ser la II República, y no lo permitieron los defensores de la jerarquía y la desigualdad tradicional, defensores que siguen viviendo en nuestro mundo actual, cerca de nosotros, dirigiendo el devenir de todo un país y de una sociedad muy conformista con esa ideología conservadora, autoritaria, sin alterarse, sin rebelarse… Como apuntaba el escritor RAFAEL CHIRBES -fallecido el 15 de agosto del año 2015, por la maldita desgracia de ésta la existencia- en su obra “LA LARGA MARCHA”: “España, en esos libros, es un eterno país nocturno e intransigente, cainita, en donde siempre la mitad ocupa por la fuerza el todo y lo pone a su servicio, un miserable país que grita ¨vivan las caenas¨ y saca bajo palio a los tiranos, y usa el nombre de Dios como una pistola con la que disparar sobre el prójimo, y en el que un esperpento sangriento llamado Millán Astray apunta su arma contra Unamuno al grito de ¨Muera la inteligencia¨, y donde los obispos bendicen los paredones desportillados por los impactos de las balas y manchados de sangre. Después de la larga guerra y de la terrible noche que le ha seguido, no queda nada que muestre síntomas de vida en España. Pensadores, científicos y poetas han muerto fusilados o han tenido que marcharse. Aquí no ha quedado más que la basura: energúmenos sudorosos que dan patadas a un balón; olor de sangre y estiércol y gritos de bárbaros en un redondel donde se tortura a un toro; tonadilleras que apestan a sobaco cuando levantan los brazos para tocar las castañuelas; y curas que chupan la sangre de la ignorancia y el miedo que han impuesto después de tantos años de muerte, con el solo objeto de engordar; matones que trabajan en grupo, que se imponen en grupo, que pagan y matan en grupo”. Esta España no ha cambiado tanto, pues las transiciones en la Historia nunca rompen de manera total con los elementos opresores y autoritarios del pasado, como sucedió en la Transición, en donde no hubo un gran ruptura con el pasado autoritario, jerárquico, desigual y basado en la ignorancia cultural.

    A pesar de ello, no hay que perder la esperanza de un cambio de régimen, y mientras se pueda habrá que manifestarlo con banderas como la que encabeza su artículo.

    Un abrazo, Miguel, y a seguir adelante

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