Pecios y rompecabezas novelescos

No hay chamarilero donde no acabes por encontrar los jirones de alguna historia vagamente novelesca en forma de pecios de algún naufragio o de piezas de un enrevesado rompecabezas.
Por ejemplo, cómo ha llegado hasta ese suelo, que fue de una carnicería, la maleta de lujo del marqués de Alcedo y de San Carlos, Fernando Quiñones de León y de Francisco-Martín (París 1858-1937), propietario del pazo de Castrelos, en Vigo, erudito y viajero.
Y lo mismo cabe decir de la sombrerera de piel blanca, muy trotada, cubierta de etiquetas de viajes en avión de la marquesa de San Carlos que cuando pasaba por París paraba en el hotel California, de la rue de Berri, en el XVI, cuyo marido, si no me equivoco, fue el primer buscador del tesoro de lord Anson en la isla de Juan Fernández,  siguiendo la documentación encontrada, según la leyenda de la isla, en un castillo inglés –los Quiñones de León estaban emparentados con vieja nobleza inglesa e irlandesa– y cuya hija, todo un personaje… busquen. La marquesa, que vivió entre otro sitios en San Juan de Luz, en El Quiñón, una quinta de la carretera de Senpere, falleció en Santiago de Chile en 1982.
Otro Quiñones de León, José María, que también vivió en París, fue el último embajador de Alfonso XIII en París y el que le organizó a Franco los servicios secretos y la representación oficiosa para unos, oficial para otros, de los alzados entre París y San Juan de Luz entre 1936 (Agosto) y 1937, cuando los trasladaron a Biarritz (La Belle Fregate). Esos servicios fueron los que le dieron a Baroja pasaporte para regresar a España en 1937…

Me pregunto si son estos los elementos con los que me gustaría novelar hoy. Creo que no. Pienso en Chesterton cuando afirmaba aborrecer las novelas «aristocráticas», pienso también Waugh, pero yo no soy Evelyn Waugh, por mucho que me guste, ni Cyril Connolly. Sin embargo, ese derribo final, esos pecios –fotografías, objetos, tarjetas postales, cuadernos de notas domésticas, cartas…–, esos objetos, no todos miserables,  esos blasones  que terminan en en suelo de una calle que huele a humedad, esa necesidad de desembarazarse de las cosas, vendidas por cuatro perras, de hacer caer telón y decorados, y derribar escenarios… las trastiendas, la tramoya, lo que nunca fue eco de sociedad.

Guardar

Guardar

Anuncios