Va para largo

unnamedMejor no engañarse y admitir que a pesar de las euforias, esto va para largo. Esté uno u otro arriba o abajo en la rueda de la fortuna electoral del PSOE, me temo que las cuestiones de fondo van a seguir donde estaban y que la coalición PP-PSOE ya armada en cuestiones concretas sigue siendo una amenaza para cualquier cambio social y político de los que se ambicionaban hace cuatro años. Para empezar, el nuevo líder socialista, cuyo triunfo fue aplaudido hasta por los que lo han padecido, ha aplazado la puesta en marcha de su política al otoño, cuando lo cierto es que las acciones políticas de calado no admiten demora ni sesteo. Malum signum.

         Hace años se hablaba mucho de desencanto, no sé si se acuerdan; más adelante, cuando una buena parte del país despertó de manera brusca de su letargo, la palabra mágica para hablar del clima social fue indignación. Las dos cayeron en desuso y no tanto las palabras como su sentido, origen y oportunidad.

         Quien ha conseguido una victoria pírrica te dirá que los cambios van viento en popa, pero está claro que una moción de censura está condenada al fracaso mientras el PSOE no la apoye, y que el referéndum catalán corre serio riesgo de acabar de mala manera. Lo primero significa la posibilidad de cambio político, casi de régimen (al extremo al que ha llegado la situación), y de devolver a la democracia lo mucho que Rajoy y los suyos le han quitado; lo segundo que el modelo de Estado es inamovible, es decir, que las cosas van a seguir como están ahora mismo, o peor, con más ejercicios de fuerza, y con ellos otros cambios no menores. Dudo mucho que sea derogada la ley Mordaza, que se reviertan las privatizaciones, que se fiscalicen y auditoríen empresas públicas o semipúblicas, que se reforme la educación en profundidad a riesgo de ser considerados regresivos, que se detenga el saqueo de la ciudadanía en beneficio de la banca, la contratación basura, los despidos; que se garantice la vivienda por encima de políticas económicas asociales; que no se transforme la administración de justicia en una sucursal del ministerio de la policía y de gobernación, o lo que es peor, de la sede del partido político en el Gobierno, en una alarmante consolidación de la dictadura parlamentaria y de la impunidad.

         La acción política parece reducirse a la burla, el chiste, el insulto, la demanda, el desahogo, la greña, los numeritos de gallera parlamentaria, más deplorables unos que otros, el imparable baile mediático de dirigentes, que marea, y mucho, mientras que cunden las demostraciones de fuerza de la derecha, en algunos casos apoyadas de manera asombrosa por la propia policía, algo que hubiese resultado intolerable en sentido contrario. ¿Tienen las Marchas de la Dignidad la misma fuerza que en su primera convocatoria o también ahí ha cundido el desánimo? ¿Cuál es la fuerza que puede hoy ejercerse desde la calle y cuál la capacidad de aguante de una oposición condenada a envejecer siéndolo?

         Cierto, no todo es así, no seamos derrotistas, pero prefiero no olvidar que en estos cuatro años los motivos de indignación no solo no han desaparecido, sino que han cundido de manera alarmante, tanto como los modos de represión. Los abusos gubernamentales ya rutinarios no han debilitado al poder político actual, al contrario, han provocado una explosión de bulla cómplice, como sucede en toda dictadura que se precie. El próximo asalto será sin duda a los espacios donde sí se han conseguido cambios, por mínimos o modestos que estos sean, con la ayuda de una población que ve siempre con malos ojos las disidencias, los cambios y las rebeldías, aunque sean institucionales y estén amparados en las urnas; una población y unos medios de comunicación que hacen de la violencia un arma eficaz y aplaudida.

         No se trata de conspiraciones de clase alguna, sino de la triste realidad de que una mayoría política, que se confunde con una mayoría social, no quiere cambio político alguno, en defensa explícita de los intereses económicos que representa la casta gobernante. Y así vamos tirando, a trompicones.

*** Artículo publicado en los diario del Grupo Noticias, 28.5.2017.

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Las pirañas y los «eitis», Je me souviens*

Portada-PirañasJe me souviens de la época en que escribí Las pirañas. La comencé a mediados de la década de los ochenta –felices, década prodigiosa– y la acabé cuando la farra empezaba a oler a chamusquina.

Me acuerdo de que un año antes de empezar esas páginas había colgado mi toga de abogado para siempre, o casi, porque aun me costó unos años sacudirme los últimos pleitos.

Me acuerdo de que para mí fueron los años de mis primeros libros –Trieste, Seix Barral, Anagrama–, años de luces y de sombras.

Me acuerdo de que fueron años de euforias, de proyectos culturales que dieron en nada o en poca cosa (por suerte algunos cogieron alas y sobrevivieron), de espectáculos, de mucho aborrecer «lo muermo», de agitación, de crímenes, de arrebuches económicos, de negocios sucios, de especulación salvaje, y en los que «el más tonto hacia relojes de madera», eso se decía mucho. Lo mismo el «hay pasta en el aire, solo basta…» y aquí se amagaba un cuco gesto con la mano en forma de cazuela.

Me acuerdo de que el país se sacudía el pelo de la dehesa como podía y florecían los gastrósofos, los filarmónicos, los taurinos, los catadores, los philosophes, los morrofinos y los hedonistas bulliciosos.

Me acuerdo de que la Transición invitaba a dejar los viejos uniformes de campaña en la consigna del otro barrio y apuntarse a la arruga es bella, en lo ideológico o de la mano de un estilista rompedor, o mejor, de las dos cosas.

Me acuerdo de que los pensadores de Bandera roja o Estrella roja o algo, no sé, pero radical, descubrieron, con idéntico entusiasmo, la buena vida, los pesebres del Gobierno y hasta el neo-pop.

Me acuerdo de que las ejecutivas regionales del partido en el Gobierno eran trampolines olímpicos para dar en le gloria de las eléctricas.

Me acuerdo de que unos iban ya de mano y ganaban, y otros perdían nada más salir a la pista porque ya venían con una perdigonada de mala suerte o de impericia en el ala.

Me acuerdo de que las euforias y el «vivir la vida a tope» se llevaron a unos cuantos por delante.

Me acuerdo de que fueron los años de la perica a cucharadas soperas, del jaco, de las andadas mayúsculas, las comilonas, el estreno de la política profesional que a la postre beneficiaba despachos profesionales de todas clases, desde los que luego se compraban billetes de lotería premiados para enjuagar dinero negro.

Me acuerdo de que los promotores-constructores neoliberales, y feroces, antiguos maoístas, ORT o LCR-LKI, te hacían pagar la mitad de la compra en negro con una desfachatez mayúscula. Así lo vi y así lo recuerdo. Los corruptos estaban en su apogeo, forrándose y nadie parecía darse cuenta.

Me acuerdo de la noche en que uno de los protagonistas de la novela entró en el bar de la tribu al grito de «¡He descubierto que el mal y el bien ya no existen!» y pidió, feliz, un gin-tonic bien tirado, antes de ir «a visitar a Roca».

Me acuerdo de los guardias de seguridad de una autovía del norte amenazada por ETA que llegaban de madrugada, borrachos, a la zahúrda que les servía de oficina, entre blasfemias y carcajadas y se les caían las pistolas por las escaleras. Era una empresa pufo, de socios fantasma, como tantas otras (1º, izda.).

Me acuerdo de que había político del partido en el Gobierno que en sus fiestas regalaba hachís envuelto en un sobre de la Dirección General de la Policía…

Me acuerdo de la llamada de Pere Gimferrer que leyó las primeras páginas de borrador cuando yo estaba terminando Tánger bar en una habitación del Monasterio de Leyre…

Je me souviens, también aquí. Sería mejor un escueto inventario de recuerdo como meteoritos que un sesudo tratado sobre aquellos años cuyo oro pinta el tiempo de mugre, y que alcanzó su culmen en los despropósitos de la Expo 92 de Sevilla.

No me acuerdo como si fuera ayer porque no quiero, porque prefiero que fuera hace más de veinticinco años, porque las barracas de aquella feria esperpética cuelgan el cartel de «Cerrado por defunción», «Liquidación por derribo» o «Cerrado», a secas.

* Ejercicio a la manera de Georges Perec

Después del después

Imposible no comentar los resultados de las elecciones en el ya muy denostado PSOE, tanto que daba la impresión de que todo el mundo sabía más de sus entresijos y ambiciones políticas que los propios militantes y dirigentes. Yo no sé lo que sucede dentro del PSOE y fuera apenas, pero espero que quien se ha alzado con el triunfo, Pedro Sánchez, sea de verdad consciente de quiénes han sido sus encarnizados opositores dentro, y sobre todo fuera de su partido, desde posiciones de poder económico, mediático y político. Resulta inquietante que hasta los enemigos naturales del partido socialista apoyaran la descarada candidatura progubernamental y prosistema de Susana Díaz, y manifestaran de manera ferviente su deseo de que perdiera el hoy ganador: políticos de la derecha y de la extrema derecha, comentadores volatineros, medios de comunicación gubernamentales, una parte significativa y poderosa de su propio partido… por no hablar del público que ha volcado su furia, su humor, su esperanza y su mala leche en las redes sociales, a favor y en contra de unos y de otros.

Visto lo sucedido hasta ahora resultaría muy raro que ese conglomerado de enemigos políticos se conformara con el resultado de las urnas socialistas y no pasara a la acción del acoso y derribo.

Fue memorable un post de redes sociales del domingo pasado que decía que El País había perdido las elecciones. Su editorial del día siguiente se comenta solo. Triste, como poco, al haber sido ese un medio de referencia de una España que parecía progresista y tal vez lo fue en algún momento. (Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 24.5.2017, aquí enlazado)

Presunción de inocencia

Vergüenza ajena, como poco, es lo que produce la defensa de la presunción de inocencia por parte de quienes durante años han practicado el linchamiento más impune, tanto en medios de comunicación como en redes sociales, en las que se ha difamado a placer. Todo es válido si de tus enemigos, que no adversarios políticos, se trata.  Ah, eso sí, si el dedo acusador te señala, a ti o a tus compinches, es otra cosa, el reclamo y la petición de amparo son inmediatos,  y la puesta en tela de juicio de la actividad policial lo mismo, esa que habían elogiado y alabado sin recato en otros casos que los beneficiaban.

Durante años ha sido habitual ver portadas de prensa, leer titulares y escuchar declaraciones oficiales sangrantes, todas acerca de detenidos utilizados como trofeos de la lucha antiterrorista que o bien han salido libres sin juicio, después de largas permanencias en prisión o han sido absueltos por el tribunal que los ha juzgado. Silencio. Los mismos medios y los mismos comunicadores que se cebaron con ellos y los lincharon, callaron luego, como callan ahora mismo cuando eso sucede.

Me fio de Michel Onfray cuando en un ensayo reciente sostiene que la prensa, hoy, equivale a un tribunal de excepción. No se trata de informar, sino de derribar al enemigo político, al objeto de nuestra animadversión, se trata de ganar la partida, de amañarla. Prensa y redes sociales, todo depende del alcance y del poder que va con ellas, y de las servidumbres político-económicas que tengan.

Pero si esa presunción de inocencia resulta cosa de tartufos, no le va a la zaga lo sucedido ahora mismo con los informes de la guardia civil remitidos al juez instructor acerca de las actividades de la Cifuentes y otros conspicuos miembros de la casta pepera gobernante, implicados de lleno en casos de una corrupción y un mal gobierno que exceden en mucho lo económico y tienen impregnado el tejido social: la doblez y la falta de escrúpulos en lo público y en lo privado.

En este caso, lo más chusco ha sido que quienes han dirigido la brutalidad policial –ampliamente documentada de manera gráfica, hasta que esto fue prohibido–, multado, amedrentado, pergeñado y aprobado una abusiva ley Mordaza y unas reformas del Código Penal propias de un régimen policíaco, hablen ahora de la amenaza de un estado policial y se rasguen las vestiduras porque una institución administrativa pueda suplantar las decisiones y actos judiciales, algo que ellos mismos han practicado en propio beneficio. Tartufería en estado puro, que no siempre lleva aparejado el descrédito de esa casta política y social, porque hay quien silencia sus mañas toscas y quien las aplaude como si de faenas taurinas o manos de poker bien jugadas se tratara. Que no hablen del bien común porque cuando lo hacen están refiriéndose a joder a alguien.

Además, indignante es que una ley represiva, y sin otra motivación que esa, sea a la vez una fuente de saneados ingresos para el Estado en manos de quien la ha puesto en circulación, que redunda en la más completa inseguridad jurídica para la ciudadanía, cuya presunción de inocencia o inocencia a secas está siempre en entredicho.

El nuestro es el país del esperpento, eso lo tengo claro, pero un esperpento de derrota, más que un verdadero sacudimiento de conciencias que invite a actuar de manera urgente y directa, en la calle y en el Parlamento hasta donde se pueda.

Hace unos días, Felipe Alcaraz escribía que «es una pena que en una situación como la que sufrimos haya connivencia e incluso se moteje de frivolidad y circo a una moción de censura». Estimo que tiene razón, pero por mi parte añadiría que más pena es que una parte significativa de la ciudadanía no «sufra» la actual «situación» o no parezca hacerlo, sino que por apoyo expreso o por un viejo fatalismo de refranero y perro apaleado, la sostenga como si no pasara nada, confiando en que quien tiene el poder, tiene por ello la razón con él y que nada es nunca tan grave como parece mientras no te toque, y aun así.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 21.5.2017

Biarritz, pasos perdidos.

DSC_0094.jpegHace ya un año que tengo que pasar un día a la semana por Biarritz por motivos no del todo agradables ni propios del flâneur. Es más, el flâneur escapa de esas residencias de ancainos que en realidad son morideros de los que si nos libramos es de milagro o por haber reventado antes: Je voudrais pas crever... A veces me asomo al mar, salpicado de surfistas, otras deambulo por calles solitarias, de silencio,  flanqueadas de villas muy hermosas, en estilos neo-vasco, modernista, paliego-pomposo, cortijero andaluz… que están cerradas la mayor parte del año y hablan de un pasado cada vez más remoto y más convencionalmente novelesco, poblado de personajes que parece salidos, y a veces lo hacen, de alguna novela de Patrick Modiano. Los nombres de esas casas son vascos, rusos, franceses, ingleses… Hace treinta años (1987) utilicé alguna de ellas como decorado de una novela La caja china que tardó muchos años (demasiados) en ser publicada y que no he vuelto a abrir. Novelas que no podría volver a escribir, aunque quisiera. Mi idea de la escritura y de la invención novelesca, hoy es otra, por mucho que me sigan resultando atractivas esas incógnitas de las casas cerradas, los nombres desaparecidos y los objetos que como toda huella dejamos a nuestra espalda.

Unas semanas atrás di con  esa Villa Cocodrilo, pero no llevaba la cámara. Hoy he acudido con ella y una mujer mayor que estaba tirando un paquetón de periódicos a la basura, me ha preguntado si buscaba algo. Cuando le he señalado el nombre de la villa ha exclamado con una pronunciación graciosa: «¡Ah, le cocodrilo!» y se ha vuelto A su casa a carcajadas. Ignoro qué historia puede haber detrás de ese nombre tan exótico: un excéntrico, un original, un rico americano, un humorista, un hombre de circo, un cazador…

Diario volátil de un día cualquiera

Fetidez intolerable de las primeras planas informativas, titulares excrementicios, por su contenido o su intención, o por las dos cosas. En las redes el espectáculo es siniestro: hay intención plena de ofender en quien se sabe impune y no corre riesgo alguno, arropado por su afición.

Quisieras irte fuera, lejos, pero estás dentro, mal que te pese y no sabes encontrar la salida. Atrapado. Por muchas voces que des.

Cuando se piensa en los escenarios de los exilios y expatriaciones, estos son siempre dorados, cafetiles, novelescos, nunca se menciona el papeleo de inmigración, la edad, los medios de subsistencia, el trabajo necesario, la sanidad, la vejez, el despojamiento: farsas, imposturas literarias y solo eso.

¿Alguien puede extrañarse de que Thoreau. su Walden y su voluntad de apartamiento se haya convertido en una referencia…? Y no solo en este país de todos los demonios.

Más que en el alegato fiscal permanente habría que ir pensando en los exorcismos y los conjuros.

 

 

Las pirañas (vuelta)

Ayer me dijeron que Las pirañas era «un libro de referencia». No me dijeron para quién ni de qué. Ahora mismo sigo viviendo la resaca de su relectura y corrección después de más de veinte años de no haberlo abierto. ¿Por qué? Pues tal vez por miedo a lo que iba a encontrarme en su interior, que para mí no tiene gracia alguna, a rememorar episodios desdichados en lo privados sobre todo y a no querer enfrentar el mayor error de mi vida: no haberme ido para siempre del lugar en el que vivía y donde di por concluida la novela: los extramuros de la ciudad en la que nací, escenario a su vez de la novela Un infierno con jardín.  Tal vez eso haya sido el mayor motivo de desasosiego de esta reedición: lo irremediable y el dolor que le acompaña. Ni siquiera lo abrí cuando tradujeron algunas páginas al polaco, ahora que me acuerdo; y sé  que  está en esa lengua porque la traductora me lo dijo.
No sé quiénes pueden ser sus lectores hoy, cuando el tiempo es otro y los lectores, cuando los hay, también. Los pozos negros son igual de malolientes que entonces, pero me temo que más profundos. ¿Aquel desbarre es la madre de este? No lo sé.  Lo que sí sé es que los cambios sociales también alcanzan a la literatura y la golpean de lleno, y aquello que fue celebrado y aplaudido cuando apareció por primera vez es desdeñado por ilegible casi, unos años después, además de haber caído en el olvido: títulos, autores… «dolor de papeles que  ha de llevar el viento». Me pregunto cómo podrá leer esas páginas un lector, una lectora que esté en la veintena, en la treintena, en… y que era un niño cuando aquella novela hizo  ruido, al menos durante un tiempo. ¿Qué reconocerá, qué le resultará familiar o extraño, qué repulsivo, qué ridículo…? No voy a decir que no me importe la opinión o la lectura de gente de mi generación, pero sí que es la de gente más joven la que hoy me interesa.

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Repeticiones

Ya no sé si la Historia se repite o la repetición se ha convertido en «la Verdadera Historia», la única posible. Asomarse a lo que viene llamándose de manera pomposa «la agenda mediática» da una mezcla de asco insufrible y de vahídos, ira también, pero menos, controlada: la indignación ha perdido fuerza. No se trata solo de la podre, más que mera corrupción en asuntos dinerarios, o no solo de eso, sino de algo más profundo que a mi modo de ver alcanza al clima moral de un país entero.

Cierto que no todos los ciudadanos participan de esa podre, pero es igual de cierto que el cieno alcanza de lleno a la cúpula ahora mismo dirigente, que ostenta el poder económico y legal en un imparable estado de denuncia de delitos, irregularidades, indecencias y faltas de decoro en lo público y en lo privado exhibido sin pudor, objeto de caza y trofeo mediático. Pretender echarlos de ahí no es ninguna fantasía ni un atentado a la democracia, es una cuestión de salud social… una cuestión previa, elemental, porque me temo que el saneamiento de las instituciones españolas es una tarea tan ardua como de largo alcance que exige gente nueva, programas nuevos en lo legislativo, lo judicial, lo educacional, lo económico… El juego electoral actual resulta insuficiente si quienes en él participan son siempre los mismos y pertenecen a la misma casta… algunos llevan decenios en el negocio, porque de negocio se trata, y heredan fuentes, mañas, trucos. De este modo, lo que del caso Lezo se destapa a diario tiene trazas de perpetuarse porque se ve que viene de muy lejos, de un concepto patrimonial de la dedicación política, en la que la renovación cultural queda excluida porque se trata de una carrera de relevos.

         ¿Alguien se ha fijado en la poca presencia que tiene en los programas la renovación de la clase política en sus privilegios, blindajes y fuentes de enriquecimiento personal gracias al ejercicio de los cargos públicos?  Resulta grotesco ver cómo quienes aplauden el triunfo de Macron en Francia huyen a la carrera de algunas de sus propuestas políticas concretas que atañen a su casta.

         No tengo la menor idea de cómo unas instituciones, un sistema político como el español, pueden seguir en pie cuando las sospechas de desvergüenza alcanzan un día sí y otro también al presidente de Gobierno y a su gente de confianza: «Le soltaron pasta por la puta cinta. Para taparlo», decía un preboste, hoy encarcelado, a un exministro, refiriéndose a las (presuntas) mañas del actual presidente. ¿Verdadero, falso? ¿A quién creer? Es la credibilidad pública la que está dañada, se ha convertido en algo sectario: descreer de lo que es cierto y creer en lo que se sabe falso o se acepta de manera doctrinaria. El cargo no te hace creíble por decreto. ¿Estamos manipulados y empujados a respuestas emotivas sin trascendencia práctica? Acoquina la sospecha de que es más lo que ignoramos que lo que sabemos. Añadamos a lo anterior lo que se va sabiendo de quiénes son los que de verdad parecen gobernar el país, añadamos el ascenso de un policía torturador, las mentiras del ministro del Interior, la policía paralela al servicio no de los empresarios, sino de los magnates de la especulación, la fiscalía en tela de juicio, la justicia política y al servicio del partido en el gobierno… esa es, como digo, «la agenda mediática», un imparable caudal por lo visto, en la que apenas son visibles las colas del hambre, algo asombroso, las cifras de familias en estado de pobreza o de inseguridad, los desahucios incesantes, la precariedad laboral evidente tomada sin recato como un logro, las deficiencias sanitarias en muchos lugares, no en todos, por fortuna… Todo esto no resulta ya escandaloso, no vende nada o muy poco, es marginal; esto, en palabras del recientemente fallecido Zygmunt Baumann, pertenece al ámbito de las Vidas deperdiciadas, de las sobras.

Un hartazgo mayúsculo que por desgracia invita más a la deserción o al desinterés, que a la acción. El actual es un programa social y vital que se repite una legislatura tras otra, con cambios y victorias sociales más pírricas que otra cosa, como la reciente del asalto parlamentario a la fosa monumental del dictador. La oposición y la respuesta civil resultan ahora mismo insuficientes ante la magnitud del reto y de la tarea pendiente. La moción de censura será necesaria, pero es solo el primer paso, por mucho que hoy pueda quedar en nada.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 14.5.2017

        

Rumbo a no sé dónde

Este es el título de mi dietario del año 2015 que se publicará en unas semanas.  Debería haber aparecido a comienzos del año pasado, pero se quedó en las puertas de la imprenta por diversos motivos: tuve dudas acerca de su contenido, se cruzaron asuntos extraliterarios, me faltaron ganas… yo qué sé, cualquier excusa es tan buena como insuficiente. Cuando menos su editor fue comprensivo y detuvo entonces la edición. Dudé del género, digamos, de esa gavilla de notas diarias que te enmascara más que te aclara. Bastaría ver las anotaciones más personales que han quedado fuera para comprobar que una cosa es un  diario privado y otra un texto compuesto para su edición con la forma ya rutinaria del diario. Me disgustó esa dualidad.  Lo explico al comienzo del dietario 2016.  Philippe Murray decía en su Ultima necat que un diario que se precie debe ser póstumo. Es posible, pero también lo es que hay anotaciones diarias, bote prontos que tienen sentido en el momento de su escritura, no más tarde.

Seas o dejes de ser franco o con esa voluntad escribas, la escitura de un dietario destinado a la publicación no es más una puesta en ecena, más ventajosa que otra cosa, por mucho que hables del tiempo que hace, que viene siendo borrascoso, o de cosas vistas y páginas leídas, y hasta de ti mismo en tu guarida. Casi sin proponértelo, queda fuera todo lo que puede perjudicar tu imagen o causarte un mínimo daño social por cuenta de tus opiniones a contrapelo.

A cierta edad el tiempo se te echa encima. No hay tiempo sería mejor decir, al margen de que, tal y como está la situación editorial, te juegas la existencia, algo que me importa cada día menos porque no depende de mí. De mi dependen los libros en los que trabajo, el dietario, las novelas, las crónicas (bolivianas ahora mismo), los poemas también, que han regresado no sé cómo. Es una suerte poder publicar ahora mismo ese dietario y una pena no haberlo hecho en su momento. Es de tontos escribir libros para meterlos en un cajón casi por capricho y no porque no te quede más remedio.