Presunción de inocencia

Vergüenza ajena, como poco, es lo que produce la defensa de la presunción de inocencia por parte de quienes durante años han practicado el linchamiento más impune, tanto en medios de comunicación como en redes sociales, en las que se ha difamado a placer. Todo es válido si de tus enemigos, que no adversarios políticos, se trata.  Ah, eso sí, si el dedo acusador te señala, a ti o a tus compinches, es otra cosa, el reclamo y la petición de amparo son inmediatos,  y la puesta en tela de juicio de la actividad policial lo mismo, esa que habían elogiado y alabado sin recato en otros casos que los beneficiaban.

Durante años ha sido habitual ver portadas de prensa, leer titulares y escuchar declaraciones oficiales sangrantes, todas acerca de detenidos utilizados como trofeos de la lucha antiterrorista que o bien han salido libres sin juicio, después de largas permanencias en prisión o han sido absueltos por el tribunal que los ha juzgado. Silencio. Los mismos medios y los mismos comunicadores que se cebaron con ellos y los lincharon, callaron luego, como callan ahora mismo cuando eso sucede.

Me fio de Michel Onfray cuando en un ensayo reciente sostiene que la prensa, hoy, equivale a un tribunal de excepción. No se trata de informar, sino de derribar al enemigo político, al objeto de nuestra animadversión, se trata de ganar la partida, de amañarla. Prensa y redes sociales, todo depende del alcance y del poder que va con ellas, y de las servidumbres político-económicas que tengan.

Pero si esa presunción de inocencia resulta cosa de tartufos, no le va a la zaga lo sucedido ahora mismo con los informes de la guardia civil remitidos al juez instructor acerca de las actividades de la Cifuentes y otros conspicuos miembros de la casta pepera gobernante, implicados de lleno en casos de una corrupción y un mal gobierno que exceden en mucho lo económico y tienen impregnado el tejido social: la doblez y la falta de escrúpulos en lo público y en lo privado.

En este caso, lo más chusco ha sido que quienes han dirigido la brutalidad policial –ampliamente documentada de manera gráfica, hasta que esto fue prohibido–, multado, amedrentado, pergeñado y aprobado una abusiva ley Mordaza y unas reformas del Código Penal propias de un régimen policíaco, hablen ahora de la amenaza de un estado policial y se rasguen las vestiduras porque una institución administrativa pueda suplantar las decisiones y actos judiciales, algo que ellos mismos han practicado en propio beneficio. Tartufería en estado puro, que no siempre lleva aparejado el descrédito de esa casta política y social, porque hay quien silencia sus mañas toscas y quien las aplaude como si de faenas taurinas o manos de poker bien jugadas se tratara. Que no hablen del bien común porque cuando lo hacen están refiriéndose a joder a alguien.

Además, indignante es que una ley represiva, y sin otra motivación que esa, sea a la vez una fuente de saneados ingresos para el Estado en manos de quien la ha puesto en circulación, que redunda en la más completa inseguridad jurídica para la ciudadanía, cuya presunción de inocencia o inocencia a secas está siempre en entredicho.

El nuestro es el país del esperpento, eso lo tengo claro, pero un esperpento de derrota, más que un verdadero sacudimiento de conciencias que invite a actuar de manera urgente y directa, en la calle y en el Parlamento hasta donde se pueda.

Hace unos días, Felipe Alcaraz escribía que «es una pena que en una situación como la que sufrimos haya connivencia e incluso se moteje de frivolidad y circo a una moción de censura». Estimo que tiene razón, pero por mi parte añadiría que más pena es que una parte significativa de la ciudadanía no «sufra» la actual «situación» o no parezca hacerlo, sino que por apoyo expreso o por un viejo fatalismo de refranero y perro apaleado, la sostenga como si no pasara nada, confiando en que quien tiene el poder, tiene por ello la razón con él y que nada es nunca tan grave como parece mientras no te toque, y aun así.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 21.5.2017

Biarritz, pasos perdidos.

DSC_0094.jpegHace ya un año que tengo que pasar un día a la semana por Biarritz por motivos no del todo agradables ni propios del flâneur. Es más, el flâneur escapa de esas residencias de ancainos que en realidad son morideros de los que si nos libramos es de milagro o por haber reventado antes: Je voudrais pas crever... A veces me asomo al mar, salpicado de surfistas, otras deambulo por calles solitarias, de silencio,  flanqueadas de villas muy hermosas, en estilos neo-vasco, modernista, paliego-pomposo, cortijero andaluz… que están cerradas la mayor parte del año y hablan de un pasado cada vez más remoto y más convencionalmente novelesco, poblado de personajes que parece salidos, y a veces lo hacen, de alguna novela de Patrick Modiano. Los nombres de esas casas son vascos, rusos, franceses, ingleses… Hace treinta años (1987) utilicé alguna de ellas como decorado de una novela La caja china que tardó muchos años (demasiados) en ser publicada y que no he vuelto a abrir. Novelas que no podría volver a escribir, aunque quisiera. Mi idea de la escritura y de la invención novelesca, hoy es otra, por mucho que me sigan resultando atractivas esas incógnitas de las casas cerradas, los nombres desaparecidos y los objetos que como toda huella dejamos a nuestra espalda.

Unas semanas atrás di con  esa Villa Cocodrilo, pero no llevaba la cámara. Hoy he acudido con ella y una mujer mayor que estaba tirando un paquetón de periódicos a la basura, me ha preguntado si buscaba algo. Cuando le he señalado el nombre de la villa ha exclamado con una pronunciación graciosa: «¡Ah, le cocodrilo!» y se ha vuelto A su casa a carcajadas. Ignoro qué historia puede haber detrás de ese nombre tan exótico: un excéntrico, un original, un rico americano, un humorista, un hombre de circo, un cazador…

Diario volátil de un día cualquiera

Fetidez intolerable de las primeras planas informativas, titulares excrementicios, por su contenido o su intención, o por las dos cosas. En las redes el espectáculo es siniestro: hay intención plena de ofender en quien se sabe impune y no corre riesgo alguno, arropado por su afición.

Quisieras irte fuera, lejos, pero estás dentro, mal que te pese y no sabes encontrar la salida. Atrapado. Por muchas voces que des.

Cuando se piensa en los escenarios de los exilios y expatriaciones, estos son siempre dorados, cafetiles, novelescos, nunca se menciona el papeleo de inmigración, la edad, los medios de subsistencia, el trabajo necesario, la sanidad, la vejez, el despojamiento: farsas, imposturas literarias y solo eso.

¿Alguien puede extrañarse de que Thoreau. su Walden y su voluntad de apartamiento se haya convertido en una referencia…? Y no solo en este país de todos los demonios.

Más que en el alegato fiscal permanente habría que ir pensando en los exorcismos y los conjuros.

 

 

Las pirañas (vuelta)

Ayer me dijeron que Las pirañas era «un libro de referencia». No me dijeron para quién ni de qué. Ahora mismo sigo viviendo la resaca de su relectura y corrección después de más de veinte años de no haberlo abierto. ¿Por qué? Pues tal vez por miedo a lo que iba a encontrarme en su interior, que para mí no tiene gracia alguna, a rememorar episodios desdichados en lo privados sobre todo y a no querer enfrentar el mayor error de mi vida: no haberme ido para siempre del lugar en el que vivía y donde di por concluida la novela: los extramuros de la ciudad en la que nací, escenario a su vez de la novela Un infierno con jardín.  Tal vez eso haya sido el mayor motivo de desasosiego de esta reedición: lo irremediable y el dolor que le acompaña. Ni siquiera lo abrí cuando tradujeron algunas páginas al polaco, ahora que me acuerdo; y sé  que  está en esa lengua porque la traductora me lo dijo.
No sé quiénes pueden ser sus lectores hoy, cuando el tiempo es otro y los lectores, cuando los hay, también. Los pozos negros son igual de malolientes que entonces, pero me temo que más profundos. ¿Aquel desbarre es la madre de este? No lo sé.  Lo que sí sé es que los cambios sociales también alcanzan a la literatura y la golpean de lleno, y aquello que fue celebrado y aplaudido cuando apareció por primera vez es desdeñado por ilegible casi, unos años después, además de haber caído en el olvido: títulos, autores… «dolor de papeles que  ha de llevar el viento». Me pregunto cómo podrá leer esas páginas un lector, una lectora que esté en la veintena, en la treintena, en… y que era un niño cuando aquella novela hizo  ruido, al menos durante un tiempo. ¿Qué reconocerá, qué le resultará familiar o extraño, qué repulsivo, qué ridículo…? No voy a decir que no me importe la opinión o la lectura de gente de mi generación, pero sí que es la de gente más joven la que hoy me interesa.

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Repeticiones

Ya no sé si la Historia se repite o la repetición se ha convertido en «la Verdadera Historia», la única posible. Asomarse a lo que viene llamándose de manera pomposa «la agenda mediática» da una mezcla de asco insufrible y de vahídos, ira también, pero menos, controlada: la indignación ha perdido fuerza. No se trata solo de la podre, más que mera corrupción en asuntos dinerarios, o no solo de eso, sino de algo más profundo que a mi modo de ver alcanza al clima moral de un país entero.

Cierto que no todos los ciudadanos participan de esa podre, pero es igual de cierto que el cieno alcanza de lleno a la cúpula ahora mismo dirigente, que ostenta el poder económico y legal en un imparable estado de denuncia de delitos, irregularidades, indecencias y faltas de decoro en lo público y en lo privado exhibido sin pudor, objeto de caza y trofeo mediático. Pretender echarlos de ahí no es ninguna fantasía ni un atentado a la democracia, es una cuestión de salud social… una cuestión previa, elemental, porque me temo que el saneamiento de las instituciones españolas es una tarea tan ardua como de largo alcance que exige gente nueva, programas nuevos en lo legislativo, lo judicial, lo educacional, lo económico… El juego electoral actual resulta insuficiente si quienes en él participan son siempre los mismos y pertenecen a la misma casta… algunos llevan decenios en el negocio, porque de negocio se trata, y heredan fuentes, mañas, trucos. De este modo, lo que del caso Lezo se destapa a diario tiene trazas de perpetuarse porque se ve que viene de muy lejos, de un concepto patrimonial de la dedicación política, en la que la renovación cultural queda excluida porque se trata de una carrera de relevos.

         ¿Alguien se ha fijado en la poca presencia que tiene en los programas la renovación de la clase política en sus privilegios, blindajes y fuentes de enriquecimiento personal gracias al ejercicio de los cargos públicos?  Resulta grotesco ver cómo quienes aplauden el triunfo de Macron en Francia huyen a la carrera de algunas de sus propuestas políticas concretas que atañen a su casta.

         No tengo la menor idea de cómo unas instituciones, un sistema político como el español, pueden seguir en pie cuando las sospechas de desvergüenza alcanzan un día sí y otro también al presidente de Gobierno y a su gente de confianza: «Le soltaron pasta por la puta cinta. Para taparlo», decía un preboste, hoy encarcelado, a un exministro, refiriéndose a las (presuntas) mañas del actual presidente. ¿Verdadero, falso? ¿A quién creer? Es la credibilidad pública la que está dañada, se ha convertido en algo sectario: descreer de lo que es cierto y creer en lo que se sabe falso o se acepta de manera doctrinaria. El cargo no te hace creíble por decreto. ¿Estamos manipulados y empujados a respuestas emotivas sin trascendencia práctica? Acoquina la sospecha de que es más lo que ignoramos que lo que sabemos. Añadamos a lo anterior lo que se va sabiendo de quiénes son los que de verdad parecen gobernar el país, añadamos el ascenso de un policía torturador, las mentiras del ministro del Interior, la policía paralela al servicio no de los empresarios, sino de los magnates de la especulación, la fiscalía en tela de juicio, la justicia política y al servicio del partido en el gobierno… esa es, como digo, «la agenda mediática», un imparable caudal por lo visto, en la que apenas son visibles las colas del hambre, algo asombroso, las cifras de familias en estado de pobreza o de inseguridad, los desahucios incesantes, la precariedad laboral evidente tomada sin recato como un logro, las deficiencias sanitarias en muchos lugares, no en todos, por fortuna… Todo esto no resulta ya escandaloso, no vende nada o muy poco, es marginal; esto, en palabras del recientemente fallecido Zygmunt Baumann, pertenece al ámbito de las Vidas deperdiciadas, de las sobras.

Un hartazgo mayúsculo que por desgracia invita más a la deserción o al desinterés, que a la acción. El actual es un programa social y vital que se repite una legislatura tras otra, con cambios y victorias sociales más pírricas que otra cosa, como la reciente del asalto parlamentario a la fosa monumental del dictador. La oposición y la respuesta civil resultan ahora mismo insuficientes ante la magnitud del reto y de la tarea pendiente. La moción de censura será necesaria, pero es solo el primer paso, por mucho que hoy pueda quedar en nada.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 14.5.2017

        

Rumbo a no sé dónde

Este es el título de mi dietario del año 2015 que se publicará en unas semanas.  Debería haber aparecido a comienzos del año pasado, pero se quedó en las puertas de la imprenta por diversos motivos: tuve dudas acerca de su contenido, se cruzaron asuntos extraliterarios, me faltaron ganas… yo qué sé, cualquier excusa es tan buena como insuficiente. Cuando menos su editor fue comprensivo y detuvo entonces la edición. Dudé del género, digamos, de esa gavilla de notas diarias que te enmascara más que te aclara. Bastaría ver las anotaciones más personales que han quedado fuera para comprobar que una cosa es un  diario privado y otra un texto compuesto para su edición con la forma ya rutinaria del diario. Me disgustó esa dualidad.  Lo explico al comienzo del dietario 2016.  Philippe Murray decía en su Ultima necat que un diario que se precie debe ser póstumo. Es posible, pero también lo es que hay anotaciones diarias, bote prontos que tienen sentido en el momento de su escritura, no más tarde.

Seas o dejes de ser franco o con esa voluntad escribas, la escitura de un dietario destinado a la publicación no es más una puesta en ecena, más ventajosa que otra cosa, por mucho que hables del tiempo que hace, que viene siendo borrascoso, o de cosas vistas y páginas leídas, y hasta de ti mismo en tu guarida. Casi sin proponértelo, queda fuera todo lo que puede perjudicar tu imagen o causarte un mínimo daño social por cuenta de tus opiniones a contrapelo.

A cierta edad el tiempo se te echa encima. No hay tiempo sería mejor decir, al margen de que, tal y como está la situación editorial, te juegas la existencia, algo que me importa cada día menos porque no depende de mí. De mi dependen los libros en los que trabajo, el dietario, las novelas, las crónicas (bolivianas ahora mismo), los poemas también, que han regresado no sé cómo. Es una suerte poder publicar ahora mismo ese dietario y una pena no haberlo hecho en su momento. Es de tontos escribir libros para meterlos en un cajón casi por capricho y no porque no te quede más remedio.