Repeticiones

Ya no sé si la Historia se repite o la repetición se ha convertido en «la Verdadera Historia», la única posible. Asomarse a lo que viene llamándose de manera pomposa «la agenda mediática» da una mezcla de asco insufrible y de vahídos, ira también, pero menos, controlada: la indignación ha perdido fuerza. No se trata solo de la podre, más que mera corrupción en asuntos dinerarios, o no solo de eso, sino de algo más profundo que a mi modo de ver alcanza al clima moral de un país entero.

Cierto que no todos los ciudadanos participan de esa podre, pero es igual de cierto que el cieno alcanza de lleno a la cúpula ahora mismo dirigente, que ostenta el poder económico y legal en un imparable estado de denuncia de delitos, irregularidades, indecencias y faltas de decoro en lo público y en lo privado exhibido sin pudor, objeto de caza y trofeo mediático. Pretender echarlos de ahí no es ninguna fantasía ni un atentado a la democracia, es una cuestión de salud social… una cuestión previa, elemental, porque me temo que el saneamiento de las instituciones españolas es una tarea tan ardua como de largo alcance que exige gente nueva, programas nuevos en lo legislativo, lo judicial, lo educacional, lo económico… El juego electoral actual resulta insuficiente si quienes en él participan son siempre los mismos y pertenecen a la misma casta… algunos llevan decenios en el negocio, porque de negocio se trata, y heredan fuentes, mañas, trucos. De este modo, lo que del caso Lezo se destapa a diario tiene trazas de perpetuarse porque se ve que viene de muy lejos, de un concepto patrimonial de la dedicación política, en la que la renovación cultural queda excluida porque se trata de una carrera de relevos.

         ¿Alguien se ha fijado en la poca presencia que tiene en los programas la renovación de la clase política en sus privilegios, blindajes y fuentes de enriquecimiento personal gracias al ejercicio de los cargos públicos?  Resulta grotesco ver cómo quienes aplauden el triunfo de Macron en Francia huyen a la carrera de algunas de sus propuestas políticas concretas que atañen a su casta.

         No tengo la menor idea de cómo unas instituciones, un sistema político como el español, pueden seguir en pie cuando las sospechas de desvergüenza alcanzan un día sí y otro también al presidente de Gobierno y a su gente de confianza: «Le soltaron pasta por la puta cinta. Para taparlo», decía un preboste, hoy encarcelado, a un exministro, refiriéndose a las (presuntas) mañas del actual presidente. ¿Verdadero, falso? ¿A quién creer? Es la credibilidad pública la que está dañada, se ha convertido en algo sectario: descreer de lo que es cierto y creer en lo que se sabe falso o se acepta de manera doctrinaria. El cargo no te hace creíble por decreto. ¿Estamos manipulados y empujados a respuestas emotivas sin trascendencia práctica? Acoquina la sospecha de que es más lo que ignoramos que lo que sabemos. Añadamos a lo anterior lo que se va sabiendo de quiénes son los que de verdad parecen gobernar el país, añadamos el ascenso de un policía torturador, las mentiras del ministro del Interior, la policía paralela al servicio no de los empresarios, sino de los magnates de la especulación, la fiscalía en tela de juicio, la justicia política y al servicio del partido en el gobierno… esa es, como digo, «la agenda mediática», un imparable caudal por lo visto, en la que apenas son visibles las colas del hambre, algo asombroso, las cifras de familias en estado de pobreza o de inseguridad, los desahucios incesantes, la precariedad laboral evidente tomada sin recato como un logro, las deficiencias sanitarias en muchos lugares, no en todos, por fortuna… Todo esto no resulta ya escandaloso, no vende nada o muy poco, es marginal; esto, en palabras del recientemente fallecido Zygmunt Baumann, pertenece al ámbito de las Vidas deperdiciadas, de las sobras.

Un hartazgo mayúsculo que por desgracia invita más a la deserción o al desinterés, que a la acción. El actual es un programa social y vital que se repite una legislatura tras otra, con cambios y victorias sociales más pírricas que otra cosa, como la reciente del asalto parlamentario a la fosa monumental del dictador. La oposición y la respuesta civil resultan ahora mismo insuficientes ante la magnitud del reto y de la tarea pendiente. La moción de censura será necesaria, pero es solo el primer paso, por mucho que hoy pueda quedar en nada.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 14.5.2017

        

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