El pasado impredecible

Captura de pantalla 2017-06-28 a las 8.58.29«¿Le es familiar un dicho ruso que dice… » [Fargo]

«Ese extraño país que es el pasado», concluye Robin Maugham, en El sirviente… sobre todo cuando te toma por asalto y no es tu memoria la que lo convoca, sino la ajena, sorpresiva siempre, como cogotero nocturno.

Mis recuerdos y tus recuerdos, no son  casi nunca especulares, salvo cuando se conviene para tener la fiesta en paz o para beberla: un pasado común une mucho, aunque sea pura invención.

Nunca sabes cómo va a recordar el viaje quien en él te ha acompañado o qué versión de los hechos dará el testigo, de cargo siempre… el otro lo más probable es que esté «instruido».

Te guste o no, eres más como te ven  o te recuerdan que como tu lo haces: «No permanece uno como lo que es –como lo que fue–, sino como lo ven –como le vieron– los demás», escribe Max Aub al comienzo de su Luis Buñuel, novela.

 

 

Las cosas del caloret

 El ministro Montoro quiere prohibir por ley las amnistías fiscales que él mismo puso en marcha, en beneficio sobre todo de quienes mantienen en el poder al partido político al que pertenece. No pasa nada, cuatro burlas y un sarcasmo, y a correr. Frente al despropósito, burlas, porque ninguna otra acción cabe. Todo está tan dicho y tan poco hecho que no parece haber otra salida que el sarcasmo, la bufonada vitriólica (hay que esforzarse mucho), eso sí, medidos, no vayan a aplicarnos legislación antiterrorista. Mejor decir «parece que han vuelto a beber», que afirmar que son una banda de maleantes sin escrúpulos decididos a chulearse a una ciudadanía inerme.

Un futbolista dice que paga lo que debe, el montante de una defraudación fiscal de grandes proporciones, no porque haya podido delinquir y deba, y mucho, y esté obligado a pagar, sino «como gesto de buena voluntad», demostrando con ello que pertenece a la raza superior de aquellos con quienes no van las leyes que rigen al común. En ningún momento el potentado del balón ha sido presentado como un defraudador y solo así, como es habitual en otros casos de menor cuantía y menos implicaciones mediáticas de salsa guapa. El relato de nuevo, la impostura de una puesta en escena que más que por una realidad escurridiza, está dictada por las conveniencias. En otro caso la fiscalía que ha aceptado la multa en lugar de prisión para que un futbolista estrella  pueda seguir jugando al fúrbol y no vaya a la cárcel, y sobre todo para que se aquiete el lodo del negocio. Es una cuestión de estado o como tal tratada. Bochornoso. Aquí lo que cuenta es el fúrbol, no las leyes, que pueden ser apañadas por quien tiene poder económico. Lástima, porque de haber entrado en Soto del Real, que es a dónde van los barbis, podrían haberse incorporado a la cátedra y al máster que allí se está organizando: la nueva economía española, emprendedores unidos… a este paso la Comercial de Deusto y el IESE van a acabar perdiendo muchos puntos. No tardará mucho en que haya concurso de méritos y pruebas de selección para entrar en Soto con el fin de sacarse el máster en emprendimiento español, como si fuera aquella academia de choros que pergeñó Mariano Ozores en La llamaban la madrina, con Lina Morgan como catedrática. Esta academia de ahora tiene menos gracia, por no decir que no tiene ninguna, aunque me temo sea efectiva en el mantenimiento de vocaciones.

La lista de morosos de Hacienda es espectacular, deben todo le mundo, menos aquellos que no pueden escapar del pago porque ya llegan sisados, y demuestra que, en efecto, el mundo empresarial español marcha sobre ruedas porque sencillamente no pagan todos los que deberían hacerlo o pagan poco, o a destiempo. Por no hablar de cargos con tareas de gobierno. Colmos. Obviedades. Morosos, defraudadores, evasores probados que se esfuman… No creo que sea cosa de la Agencia Tributaria, sino de falta de medios, de verdadera voluntad política y de desconcierto institucional. Es difícil luchar contra un clima. Me temo que la conciencia ética de este   país está poco menos que anestesiada y que la ciudadanía lo aguanta todo, sobre todo si puede reírse con las farsas mejor o peor urdidas que representan a aquellos a quienes padece. Coplas de maldecir, guiñoles, comedias, películas y novelas neo-noir más bien tímidas…

El gobierno hace todo lo posible para que la ciudadanía no tenga acceso a aquellos documentos que prueban las actividades delictivas ligadas a las trastiendas del poder político, como está sucediendo con Las cloacas de Interior, el documental sobre la policía política urdida desde la cúpula del Gobierno con el fin de dañar a sus oponentes, y sobre todo a quien les viniera en gana, cuya exhibición, en cualquier otro país, sería una cuestión de salud social, mientras que aquí es torpedeada (hasta en sede parlamentaria) y nadie se atreve a publicarlo. No se trata de defender honores difusos, sino de ocultar indecencias que dañen aún más el ya muy deteriorado prestigio de las instituciones y del temor fundado a que las denuncias se vuelvan contra los denunciantes.

*** Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias, 25.6.2017

 

 

Diccionari sobre Joan Fuster

Y un buen motivo para comprobar hasta qué punto crece al inquina anticatalanista, la voluntad de silenciar, desde ámbitos de lengua castellana, a escritores valiosos, como lo fue Fuster, a contra corriente, independientes, molestos, sagaces y vitriólicos. Los mismos que se solidarizaban con él cuando le ponían bombas hoy callan: la trinchera es otra, todo lo que huela a catalanismo está proscrito como secesionista.

«Hoy no hay función»

Podría decir «Hoy no hay función», pero eso forma parte de la puesta en escena, del guión borroso de esta performance continua y barata, interactiva y gansa, en la que boqueamos como peces en ciénaga… o así. Además nunca sabrás si el cartel lo cuelgas tú o te lo cuelgan, como tampoco sabes cuando el teatro se vacía o arde y se viene abajo y te llega la hora de aparejar.

Despropósitos e imposturas

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«Peligroso arte la novela, le da ideas al mundo», decía Anthony Burgess o ese terreno inestable, movedizo, hecho de palabras como hojas de otoño arrastradas por el viento del sur, en el que lo vivido se mezcla con lo imaginado, la invención con aquello que es crónica o deposición de testigo de cargo, el alegato fiscal con el guiñol burlesco…

Creo recordar que es un episodio de Las pirañas. Un presidente autonómico, corrupto hasta las cachas, en el escenario de un cine de barrio con motivo de la entrega de las llaves de unas viviendas sociales, arengando a los adjudicatarios: «¡Vamos a acabar con la especulación inmobiliaria!». A su espalda y entre bastidores los promotores-constructores, Ferminito Zolina entre ellos, se partían el culo de la risa.

Te obligaban a pagar en dinero negro y luego figuraban como comprometidos paladines sociales («De aquellos polbos»)

Primero especulas y encareces las viviendas, defraudas a Hacienda y a tus clientes y abusas de ellos con una promotora-constructora, y luego te dedicas al mundo de la edición exquisita (Maneras del tiempo) y te aplauden tus secuaces, los que esperan sacar algo y los medios de comunicación a los que les da igual arre que so.

Los abanicos

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«Dobla, dobla, dobla y tienes el abanico»: la solución del consejero de Sanidad de Madrid a la ola de calor en los colegios madrileños –en los que ha habido evacuaciones y medidas extraordinarias– igual no tiene ya cabida en la historia de la infamia pepera, esa que no cesa, pero solo por falta de espacio. Está visto que el desprecio es una forma del cainismo nacional, un diálogo imposible de amos a criados. ¡Qué nivel intelectual!

Así que cuando en la Asamblea, una diputada le entregó un abanico, el chuleta –eterno personaje de nuestro esperpento nacional- lo tiró al suelo. Mala crianza, o buena si de ensalzar los valores de la chulería se trata.

         Y es que ese gesto representa a la España de los chulos, los majos, las majas empeinetadas y los que brindan su faena a su tendido, seguros de gustar y de recibir el aplauso y el premio de su afición. Se vio en sede parlamentaria cuando días pasados sacaron a pasear a su capitano Spavento della Valle Inferna, el Bocazas (Giangurgolo), el Matasiete, el Matamoros, guapetón y camorrista…  Me guste poco o mucho Podemos, frente a la brillantez de Irene Montero exhibieron la zafiedad, como valor intelectual. No, esta no es la comedia del arte –a no ser que el arte sea el del Dos de Oros (birlar los caudales)–, sino la tragedia del sevillano patio de Monipodio, el del hampa, el crimen, el robo, que puso Cervantes en escena en Rinconete y Cortadillo. Novela que se puede leer en clave de «representación nacional», entonces y ahora.

 Hay otra España que padece olas de calor cuando toca y olas de frío cuando lo mismo y que no puede pagarse ni calor ni frio a voluntad, y dobla y dobla la cerviz y el espinazo, y se abanica o se abriga como puede. Este es el país que se abanica por decreto, porque no le queda otra. En un ambiente parlamentario tabernario, un poco de demagogia no choca y hasta refresca. Ladrones y mentirosos… se lo dijeron con pruebas desde la tribuna del Congreso y no se dieron por enterados. Se abanicaron con las hojas de un Código Penal a su medida.

         La ola de calor. Hay que abanicarse. De otro modo cómo digerir que pese a las reiteradas promesas del mentiroso profesional que nos gobierna, el que aseguraba que el rescate bancario no nos iba a costar un duro, la casi totalidad del dinero entregado de manera graciosa a la banca, para que no dejara de hacer negocios en propio beneficio, se haya esfumado de manera irrecuperable. ¡Paf! Magia. El país está anestesiado y no solo por el calor. El Banco Popular avisa a sus empleados que vigilen las miradas airadas de los clientes que entran en sus oficinas con reclamos legítimos, cuando en un país menos pacífico que el nuestro les habrían dado fuego a las barracas. Aquí no, aquí, Vientos del pueblo, el poema de Miguel Hernández ese que dice que Los bueyes doblan la frente, / impotentemente mansa, / delante de los castigos, se ha transformado por arte de magia en unas perpetuas florecillas negras, y al hermano banco le cantamos unos gozos perpetuos para celebrar su buena salud a costa de nuestros piños (como poco). Nunca medraron los bueyes / en los páramos de España… resulta asombroso que este poema fuera en tiempos un himno de resistencia antifranquista, algo que tal vez debiera sonrojarnos, pero no, doblamos, doblamos, doblamos y nos abanicamos, y olvidamos, y nos vamos yendo. Somos los abanicos de nosotros mismos por mucho que los atropellos y la ira nos enciendan. Nos abanicamos y nos apagamos, nos hacemos sombra, por la cuenta que nos trae.

         Que le digan que se abanique a la periodista Cristina Fallarás, a la que le han metido 600 euros de multa por pisar la calzada de una calle que la propia policía tenía cortada, cuando participaba en una protesta por los asesinatos de periodistas en México, algo que demuestra que pueden hacer con nosotros lo que les dé la gana.  ¿Cómo te defiendes con eficacia del sinsentido y del abuso de autoridad cuando sospechas que tienes a la magistratura en tu contra, convertida en una pieza más de la represión institucionalizada? ¿A quién recurrir en un régimen policiaco? Al abanico, está claro.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 18.6.2017

 

Plazazelai, esta mañana

DSC_0057.jpegHacía tres semanas que no caminaba por Plazazelai, desde el portillo de Orabidea. Hoy lo he hecho muy a primera hora, cuando el fondo del valle estaba cubierto por una espesa capa de niebla. El camino estaba casi por completo en sombra, había mucha humedad, aromas diversos, muchas flores de hipérico, restos de dedaleras  y un intenso guirigay de pájaros. No me cansaré de decir que ese es un buen ejercicio para ir dejando por el camino todos los  murciélagos que puedas, que le aniden a otro, carajo. Cada día un poco más lejos. Mañana no ha llegado, pero hoy es hoy, lo diga Séneca o Marco Aurelio, autoridades. En unos días será el solsticio del verano, tal vez por eso me he acordado del poema «Solstici», de Miquel Martí i Pol, con el que cierro mi último dietario publicado, Rumbo a no sé dónde:

En soledad, pero no solitarios,
reconduzcamos la vida, con la certidumbre
que ningún esfuerzo caerá en tierra estéril.

Con Joseph Grimaldi y su carraca, a escena.

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Para festejar la muerte de tus enemigos hacen falta secuaces; en privado, a solas, es otra cosa… las campanas.

«Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.». John Donne

Ser virtuoso en escena no tiene más dificultad que encontrar el público adecuado, darle lo que pide, recoger el aplauso; entre bastidores es distinto, ahí hay sombras y luces, bajas, penumbras, callejones y el recuerdo una puerta que se puede cerrar a voluntad y dejar atrás, como exorcizaba Borges en «Alguien soñará»: Soñará que el olvido y la memoria pueden ser actos voluntarios, no agresiones o dádivas del azar.

Oh, el baile de las cuentas pendientes, condenadas a no ser saldadas jamás. Contabilidad nocturna que nunca cuadra, debe, debe, debe y nunca haber.

– Hay gente que vive vidas imaginarias.
– ¿Y tú cómo lo sabes?
– …
– Porque las frecuentas, ¿no?

Breve historia del circo, de Pablo Cerezal.

18670771_502296009894325_5605171763057277834_nConocí a Pablo Cerezal en Cochabamba, ahora hace cuatro años, en el Tunari, un comedero de El Prado, propiedad de uno que había sido agente secreto, formado en Cuba. Había un colosal piqué macho sobre la mesa. Me pasó entonces sus Cuadernos del Hafa,  y escribí algo sobre él en algún lado porque el libro me gustó mucho. En otros encuentros, Pablo  me contó de su vida y milagros, compartíamos filias literarias y fobias sociales o políticas. Tenía una pasión literaria contagiosa, por la lectura y por la escritura. Todo era viaje para él. Sé que Cerezal fue dichoso en Cochabamba y también que las pasó putas, sencillamente putas, o que se lo hicieron pasar. Tengo dicho que un país no lo conoces hasta que no haces cola en Inmigración, y Pablo y Sabah hicieron algo más que cola. Hubo gente que no fue nada generosa con él. Luego llegó Munay, su hijo, tan presente en este libro, como asidero de esperanza y vida mejor…

El circo de niños de la calle del que habla Cerezal y para el que trabajó en una ONG, lo vi actuando en la plaza años atrás. De los niños de la calle y sus tragedias me habló Gregorio Iriarte, una gran persona, y conocí a algunos de ellos en un refugio de Cochabamba, algo tremebundo: historias turbadoras que te ponen un nudo en la garganta a poco que las recuerdes, y que Pablo conoce mucho mejor que yo. Yo pasé y me fui, él estuvo,  a diario, contra viento y marea, más agitados que otra cosa, él hizo, que de eso se trata y que lo cambia todo. En este circo de Pablo Cerezal no hay impostura humanitaria alguna en busca del aplauso, hay testimonio, herida, memoria.

Dicho lo cual diré que si algo me admira de este libro, tejido sobre el dechado de su vida en Cochabamba, es que Pablo haya obviado las putadas que le hicieron y haya orientado su relato por otros derroteros, menos previsibles para mí y más luminosos, por mucho que del dolor y la mugre con la que se encontró en Cochabamba hable. Este relato está sostenido en la verdad de una vida relatada con evidente pasión literaria.  El talento literario está en que para que las páginas te conmuevan no hace falta saber lo que las sostiene o tienen detrás, y las empujan una palabra detrás de otra. De Cochabamba se habla en este libro, cierto, la ciudad, sus calles y mercados, o cuando menos en ese escenario se invoca la mejor vida, pero es de esta de lo que trata, en un soberbio ejercicio de ascesis. Cerezal no se dejó ahogar por la mugre.