Juan Goytisolo, esa trinchera

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Juan Goytisolo, más que un escritor que vivía en Marrakech, era (es) una referencia constante y obligada frente a la que posicionarse a favor o en contra, a cada aparición pública de las suyas. Se vio cuando le concedieron el premio Cervantes y cometió el imperdonable pecado no ya de aceptarlo, sino de acudir vestido como lo hizo, algo que provocó la salida a escena de los Petronios del vestir y de la misma vida. Se ha visto ahora, con ocasión de su fallecimiento y de los funerales nacionales y elogios fúnebres que han seguido –la necrológica, ese género magistral de la literatura española–, y con los denuestos y críticas acerbas ad hominem que ha suscitado. Me he acordado de Luis Cernuda cuando escribe: Algo os ofende, porque sí, / en el hombre y su tarea; y también lo he hecho del país cainita que ha intentado exorcizar Goytisolo, ese en el que todos somos Abel para la ocasión.

Una concepción del país y de la vida de cada cual la de Goytisolo –a través de su obra lo veo– que resultaba intolerable para muchos, que no sé si lo leyeron o no; tal vez sí lo hicieron, en sus artículos siempre polémicos, y a la postre lo desdeñaron como «un profesional de la queja» y poco más, para no verse obligados a admitir que era el autor de una obra ingente. Abanderado de una renovación formal del relato y aborrecido por lo mismo, sus aproximaciones al mundo árabe e islámico han suscitado adhesiones y rechazos rotundos. Leerlo, para qué, si con los titulares y lo que diga nuestro gurú particular vamos sobrados. Hay actitudes y aventuras creativas que no se perdonan, todo es motivo de reproche, de achaque, de ninguneo. (Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 7.6.2017, aquí enlazado)

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