Vanitas de papel impreso

Johann Stoeffler,  Calendarium Romanum magnum, Oppenheim, Johann Köbel, 1518… y 1514. Hay otros mundos, pero están en este. No es cuestión de buscarlos, no siempre. En ocasiones te tropiezas con ellos de manera inesperada. Fue hace mucho, cuando la ciudad vieja era otra y yo también, y andaba protagonizando una fantasía novelesca que dió en bien poca cosa. Ignoro cómo fue a parar ese libro de astronomía y astrología de comienzos del siglo XVI a aquel chamarilero. El libro estaba en mal estado y el tiempo no hizo sino empeorarlo, pero justamente por ese motivo acabó allí y no en una sala de subastas. Pongamos que quien lo puso desde la sombra en el mercado fuera un marchante de libros y antigüedades de pocos escrúpulos, por no decir ninguno. Actúa como garduña de momias y sucesiones diversas en una de mis novelas, en La flecha del miedo, creo recordar, más que nada porque además de traficar con viejorrerías de precio solía exhibir un carnet de agente secreto y vivía en un nido de picaraza, hecho fortaleza, rodeado de sus tesoros. Si fuera esto una obra de teatro alternativo estoy seguro de que los duques de Montpensier, grandes conspiradores, harían aparición en escena, cuando menos pasando de un lado a otro, como dando a entender. Tiempos, otros. No hay trastiendas de anticuarios, coleccionistas y chamarileros que no tengan detrás una novela de otro tiempo ya, para otros lectores me temo, novela negra, de verdad negra, como lo son las vanitas que, con sus negruras, en lugar de invitar a la celebración feroz de la vida, lo hacen a recordar su fugacidad.

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