Extrañas circunstancias

Blesa ha desaparecido, de propia mano al parecer, y ha sido incinerado tras una autopsia relámpago, pero a su espalda quedan las familias arruinadas por su gestión al frente de Bankia, un nombramiento político que ahora aparece desligado de sus protagonistas, que callan e intentan desaparecer del paisaje que compartían, como si el exbanquero hubiese ido a parar a su puesto de privilegio por casualidad o por milagro.

Es hora de borrar las huellas que han ido dejando unos y otros, romper las fotografías, las pruebas documentales que se pueda. Es la hora del humo y la niebla, y de los envidos tramposos. Cuando lo que importa es eso, cómo se urdió la trama gubernamental de cargos de confianza, y no solo en las finanzas, que actuaron en propio beneficio con total impunidad. Es hora de saber quién dio poder a quién, quién miró para otra parte, quién fue cómplice activo y necesario… quién no ha sido todavía detenido y encausado.

El relato del fallecimiento de Blesa es confuso y no creo que se aclare jamás. El suicida se lleva siempre consigo sus verdaderos motivos. Eso sí, hipocresía a raudales, los mismos medios que le apoyaron o trataron de minimizar los daños causados, lo tratan ahora como un mero caso de página de sucesos, pero con guantes, sin ir al fondo del asunto, y hacen bien, porque ya no hay fondo, al menos judicial, y el político, ese no existe, está blindado. Hablar de sus aficiones pagadas con dineros de procedencia poco decorosa era linchamiento, hacerlo ahora es información, adorno, biografía. Decir que esto da asco es poco.

No me sumo a las burlas que ha suscitado la muerte del exbanquero y sus circunstancias, entre otras cosas porque me acuerdo del poeta John Donne cuando contesta a la pregunta de por quién doblan las campanas –nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti–. pero no me olvido de esos preferentistas, pequeños ahorradores en su mayoría, que lo perdieron todo y que ellos sí, han ido poco a poco camino del olvido, en este país que es especialista en desmemoria y en pasar a velocidad de rayo todas aquellas páginas que le resultan molestas, que estropean el dichoso paisaje. Tampoco me olvido de los muchos suicidios que han ocurrido en este país desde que empezó el descalabro económico y social, y cuyo número ignoramos por voluntad activa de ocultación de datos enojosos que puedan generar alarma social.

Ocultar, silenciar, mentir, destruir pruebas, no es una epidemia, sino un sostén de la vida pública que sin esos fundamentos se vendría abajo con estrépito. Se necesita que alguien imponga por decreto una verdad, destruya las pruebas que pueden pintar de luto el trampantojo caribeño de la vida apacible y sonriente. Nadie roba si no es declarado oficialmente ladrón y eso hay que impedirlo a toda cosa. Hay clima para hacerlo. Si todos guindamos, nadie vive de mangarla. Hay que abstenerse de linchamientos e informaciones perjudiciales para la buena marcha del negocio, apoyar los silencios y celebrar las destrucciones de pruebas, como victorias astutas de una partida de tute. Este país no se ha desembarazado de sus maneras de Casino de Labradores o de casino a secas, de capea vinosa y de lunada furtiva. El truco, la trampa y el cepo tienen un atractivo irresistible, de lo contrario se entiende mal lo que sucede. Al que le pillan, mala suerte, el que se pilla los dedos, peor, es que no sabe, no es de los listos y la desgracia se abate sobre él, la muerte civil le agarra por el pescuezo y ya no es «uno de los nuestros», desaparece con un billete para el olvido en el bolsillo.

Extrañas circunstancias, pero no de muerte, sino de vida nacional y privada. Extrañas formas de vida, nada que ver con las de l’Amália Rodrigues, con su corazón que vivía de vida perdida. Aquí hemos perdido o nos hemos dejado arrebatar otras cosas, en lo público y en lo privado. Convivimos con la patraña como si no pasara nada, nos hemos acostumbrado a la sospecha permanente y al olvido, al pase apresurado de todas las páginas, a no acercarnos a ellas. Extrañas circunstancias las nuestras.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, el 23.7.2017

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