«Venga, vamos, vamos…» (Diario volátil)

El impaciente y desapacible «Venga, vamos, vamos…» de la charlotada procesal protagonizada por el presidente de Gobierno hace unos días, me ha recordado el trato que, todavía en los años setenta, recibíamos algunos jóvenes letrados por parte de magistrados que venían, no ya de las covachuelas del franquismo, sino de las sentinas del golpismo de 1936 y de sus retaguardias criminales. Me ha hecho retroceder a una época que preferiría no haber vivido como lo hice. ¿Yo letrado poco hábil defendiendo lo indefendible? En los callejones sin salida, cuando se han hecho pozo, no es fácil dar con la puerta de escape o de socorro. Me estoy acordando de Faulkner cuando, en El ruido y la furia, habla de uno de los Compson que vivió una época de personalidad divida intentando ser el maestro de escuela que creía que quería ser, hasta que aceptó ser el jugador que en realidad era. No hay peor cosa que llevar la vida que no te corresponde: no consigues más que ser la sombra de ti mismo. Te aferras al «de algo había que vivir», pero al final ni siquiera sabes si eso es del todo cierto o una componenda para pasar una página personal incómoda.

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