La balada de una alegre travesía (Pablo Cingolani)

La balada de una alegre travesía
 
 
 
“… y toda cercanía se ha hecho piedra”.
Rilke: Libro de la Pobreza y de la Muerte
 
A Miguel Sánchez-Ostiz
 
Recuerda, recuerda siempre, compañero:
A las montañas no sólo las admiras
Las sueñas y las seduces en su belleza cautiva
En su infinito estar siendo montañas
 
A las montañas, a los cerros, compañero: las amas.
Sientes su amparo sin límites, penetras en esa soledad
Que cobija tanto amor que te pierdes, te ausentas de vos
Te alejas de tormentos, de pesares, de dolores
Y luego vuelves. Regresas para, simplemente, amarlas.
 
El amor por las montañas es el más puro
El amor por las montañas no tiene igual
El amor por las montañas –como todo verdadero amor
No pide nada, no se angustia, no cede, no ceja
Comulga para sí y sólo con sus grietas
Que se colman de bondad, nunca desasosiego
Siempre con paciencia, clemencia, virtud
Pasión, silencio, sabiduría
Jamás vanidad, jamás esa soberbia que lacera
El alma.
 
¿Has visto lo que sucede mientras caminas y caminas
Y te afanas y te sientes parte del reino de las piedras?
La montaña te enseña, te va enseñando eso:
Sentir el horizonte adentro tuyo
Llenarte los ojos con quebradas que se elevan
Desafiando lo imposible
Saber de la ternura que esconde cada roca
Respirar esa vida que no es hastío ni temor, sino esa celebración
Que se perpetúa en las cañadas, se revela en cada huella, cada peña
Pisar fuerte las moradas de lo sagrado
Saber que lo sagrado se roza, se acaricia, con las manos
Darte cuenta que eso es tan real como la flor de un cactus
Como el anhelo de llegar hasta el collado
Como cada paso que das
Dentro de esa eternidad momentánea
Que sólo la montaña acuna
Que sólo la montaña guarda
Para aquellos que se animen a buscarla
A encontrarla. A sentirla.
Para todos aquellos que se atrevan a amarla.
 
Pablo Cingolani
Río Abajo, 17 de agosto de 201

El sahumerio tapa bocas

Se lo compré el sábado pasado, al paso, a una chiflera de la calle Santa Cruz de La Paz, a la que no hay año que no le compre alguna enormidad relacionada con el más allá y el tenebro.  Le estaba enseñando a mi sobrino Alex, que venía de Buenos Aires, esa La Paz termitero, comerciante y originaria, que mercadea hasta el delirio,  bajo un sol de fuego y un cielo azul y otro de chawiñas de colores, sobre todo rojos: pescados, flores, verduras, frutas, carnes, papas, ají, comidas y bebidas al paso…. Un sábado de mercado en la ciudad es algo muy especial. En el comercio de la chiflera estaba una vieja chola comprando material para una mesa de cementerio y otra contra la inbidia y no sé qué más cosas tenebrosas todas. Es mes de charlas y de mesas a la Pachamama.

Viene esto a cuento, si es que viene a algo, de esas molestias del trato humano que son la maledicencia dictada por la inbidia y los trabajos del escachafamas. Algo habitual entre poetas y no poetas. Nada como decirle a alguien que otro está hablando mal de él o lo está alanceado para recoger el aplauso del público y la oreja fácil del ofendido nunca se sabe si en falso o en verdadero. A todo lo que no te digan a la cara hay que hacer orejas de mercader, pero… siempre hay un pero, el de la vanidad y el orgullo heridos. Es posible que haya ensalmos, conjuros y sahumerios contra la maledicencia, pero contra la estupidez no lo creo.

 

Carta de lejos

Cuando estás lejos, estás a otras y el interés por lo que sucede en el lugar del que te has ido decae por fuerza, por aburrimiento incluso, y lo que puedes contar de lo que a cambio ves y vives tiene un interés relativo, a no ser que te propongas escribir una crónica de motivos exóticos, que no es el caso.

Contar, por ejemplo, de los grupos de muchachos cleferos (los que aspiran pegamento) que hacen rap en el centro de la ciudad de La Paz, diurnos y nocturnos, y cantan de manera alucinada su desdicha y su desgarro, su marginación y rebeldía, su muerte olfateada, pues con un pie en el estribo están muchos de ellos, antes de que el pozo de la noche se los trague.

¿A quién le interesa esta historia en el país del turismo y a la vez, ahora, de la rebeldía y protesta que adquiere formas grotescas, contra esa industria turística por fuerza masificada, y a la que se le culpa de males sociales ligados al deterioro de la pintura amable del paisaje de una época que no lo es?

A mí me gustaría saber con exactitud qué bien se pretende proteger con el movimiento antiturismo y a qué se invita en concreto a reflexionar. ¿Se pretende acaso que las ciudades regresen a ser el belén entrañable que, de haber sido alguna vez, lo fue allá lejos y hace tiempo, ese lugar al que no se puede volver? ¿Se desea que el mundo rural deje de ser un parque de atracciones y vuelva a su pureza originaria intocada? Me da la risa solo de escribirlo. Y qué decir de los pastelones históricos que se inflingen al turista cultural que entre la procesión y el peregrinaje se asoma a las oscuridades de la historia y a quien se le resume lo que no tiene forma alguna de ser resumido, salvo de manera interesada, dando oficialmente gato por liebre para no meterse en honduras. ¿También habrá que cancelar los circuitos histórico-identitarios? ¿Imponer un turismo a la carta, propio de la reserva?

Se ve que el turista molesta, merodeando o gamberreando a la puerta de tu casa, haciendo más o menos lo que le viene en gana porque paga, pero tú estás convencido de que no molestas cuando turisteas en otra parte y te metes a husmear donde te parece y de manera más o menos ruidosa; tú compras donde mejor te parece tu pasajera parcela de paraíso, de sueño, de otra cosa, de respiro leve entre dos largos períodos de trabajo; y ese derecho no hay quien pueda discutírtelo, no lo admites, tú pagas y no hay otra ley que esa. Probablemente ni siquiera seas capaz de ver que alguien se sienta moleste con tu presencia de curioso impertinente. En una época de viajes incesantes todos somos el turista indeseable para otro, hagamos lo que hagamos. Puestos a estropear paisajes, tú también lo haces sin pretenderlo.

Turistas y no turistas, viajeros, unos por gusto, otros por necesidad, porque no les queda más remedio: los refugiados, que si no han desaparecido por completo del horizonte informativo, al menos se les ve menos, ocultos tras una niebla mediática, detenidos en esa tierra de nadie de las fronteras y las alambradas, indeseados y convertidos enseguida en indeseables, en problemas, blanco de los odios raciales, los abusos y la extrema precariedad existencial. No son acogidos, se ven como una amenaza, los políticos así los tratan jugando a la patraña estadística, acallando sus conciencias y las de la ciudadanía: la acogida es mucho menor de lo que dicen. Empezó la época de cerrar puertas y de no desear la presencia de gente de lejos en nuestro paisaje.

El imparable goteo de muertos en el Mediterráneo ahí sigue, escalofriante a nada que pienses un poco en ello, sin que sepamos con certeza cómo sigue el viaje de los sobrevivientes a los naufragios, los rescatados, cuando no pueden hurtarse a los centros de internamiento sobre los que penden denuncias de infamias. Si por fin llegan a donde pretendían llegar, esta gente de lejos no viene y se va, como el turista, sino que se queda, se hace un hueco, y probablemente para siempre, sobrevive como puede en este paraíso que no engaña a nadie y en el que se les quiere poco o nada, como obra de mano barata, como mucho, concitando odios y desprecios cada vez más visibles. Amable sin duda nuestro mundo, quieto, idílico, vacacional…

Desde Chuquiago

 Ese es el nombre aymara de la ciudad de La Paz y el título de la crónica urbana que ayer presenté en la Feria Internacional del Libro, fruto de nueve viajes a Bolivia. El regreso para presentar ese libro me ha deparado algunas sorpresas, no todas amables. La realidad no está para hacerte fiestas y cucamonas, al margen de que tus percances son eso, percances y pejigueras .

Hacía tres años que no venía a Bolivia. Entonces las quejas de miembros de la clase acomodada me entraban por una oreja y me salían por la otra porque sabía que sus negocios iban viento en popa, como habían ido desde la revolución de 1952 y antes. Ahora sin embargo, a personas asalariadas con las que tengo confianza y trato, les oigo hablar de paro, de alza de precios, de carencias de suministros, de bajadas de salario, de retirada de ayudas sociales en las empresas privadas, de los aguinaldos (pagas extras) en globo, del «esto o nada» de los contratos basura, y lo que era un clima de bonanza relativa y de mucha esperanza se ha convertido en uno de preocupación. Al Gobierno le preocupa mucho el asunto de la salida al mar y la confrontación eterna con Chile, y poco el progresivo estado de sublevación de los ponchos rojos de la región de Omasuyos, que fueron su sostén reclamador y violento, y ahora son muchos miles los movilizados en su contra por un motivo u otro. Ya no se trata de reclamaciones concretas, sino de afianzar un clima de descontento en muchos frentes.

A las clases populares, que se autodenominan medias, les preocupan los salarios, los precios, las precariedades que asoman aquí y allá, la ausencia de clientela por mucho que se mercadee hasta el delirio. El fantasma venezolano agita sus carracas en el fondo de la escena, aunque no sé muy bien cómo, al margen de la siempre interesada orquestación mediática; una carracas que, oh casualidad, están en manos de los miembros de una clase que se ha beneficiado económicamente del régimen de estos años y se ha enriquecido de manera ostentosa y palmaria.

Lo cierto es que cunde el descrédito del masismo, basado más en las acusaciones de corrupción generalizada en la clase dirigente, que encuentran su apoyo en tristes realidades, que en aceptar la precariedad de unas instituciones públicas que no han acabado de armarse, por falta material de tiempo tal vez.

Y enfrente, como es natural, los apoyos incondicionales al Proceso de Cambio, impulsado por el MAS, que enarbolan sus logros sociales, que sería injusto decir que no los ha habido. Pero no hace falta ser Chomsky para ver que la izquierda latinoamericana está en sus horas bajas. El discurso es siempre el mismo: poner en los platillos de la balanza los logros y las pifias del gobierno de turno, y que sea siempre mucho mayor el peso de estas. Veo gente que acogió con entusiasmo la llegada del MAS y de Evo Morales, representante indígena, y si no se han puesto descaradamente enfrente ­­–algunos por no haber recibido prebenda–, sí rezongan con el «no era esto, no era esto». ¿Qué era? No lo saben, casi nunca lo sabemos. Eso al margen de que los gobernantes suelen olvidar que tarde o temprano, los gobernados acaban cansándose de que sean siempre los mismos quienes dirigen sus destinos… con la salvedad de esos países donde los votantes apoyan a quienes los apalean, empobrecen, amordazan y esquilman.

También me he encontrado gente que sostiene la bonanza de la situación actual en que Pablo Iglesias dice que se ha inspirado en el Estado plurinacional de Bolivia para arbitrar una idea parecida para España… Con todos los respetos, eso me parece una melonada o un error de óptica, o desconocer de manera paladina en qué se materializa esa plurinacionalidad. Las realidades de los países no son ni similares, sus necesidades y anhelos no son idénticos, muchas veces ni parecidos.

Al fondo de la escena aparece aquel ángel de la utopía que dibujó Cioran, ese que en un primer momento toca trompetas de gloria y acaba empuñando una metralleta, la del autoritarismo, la del enrocamiento, y a su lado otro ángel, igual de negro, de una manipulación informativa de verdad retorcida.

 

Chuquiago

Chuquiago es el nombre aymara de la ciudad de La Paz. ¿De qué trata el libro? Pues del patiperreo por la ciudad a lo largo de varias estancias más o menos largas, entre el año 2004 y el 2013. Estos días, al hilo de mis conejeos, me he dado cuenta de que se me quedaron muchas cosas en el cajón y con ello de que la ciudad es inagotable, todas las ciudades: si «una vida no es suficiente para conocer la propia ciudad», que decía el poeta, para rato lo va a ser esa otra en la que estás por fuerza de paso. Cosas vividas, cosas vistas, libros leídos, gente, pintura, cine, mercados, cementerios, ruinas, paisajes inagotables… Esa calamina pintada de azul de la cubierta de Martín Sánchez me parece un acierto. Ese azul aparece muy a menudo iluminando el fondo de los callejones en los que me meto. Parafraseo a Joyce cuando habla de Dublín: «La Paz, tienes tanto que enseñarme».

Me hubiese gustado que este libro se hubiese publicado en España, como estaba previsto, pero no ha sido posible. Lástima. Hoy lo presento en la FIL de La Paz, en buena compañía con gente que admiro y estimo, sé que va a ser una fiesta.

La fotografía y su riesgo (paceños)

La Mélancolie… el precio de una foto aceptable de la entrada mañanera de la cárcel paceña de San Pedro, la cárcel más loca del mundo. Un tipo malencarado con tres galones en la bocamanga del uniforme y cara picada, aliento avinagrado me ha agarrado violentamente de la zamarra y mientras me zarandeaba, me ha espetado: «¡Está prohibido sacar fotos! ¡Tiráte de acá y que no te vuelva a ver…!» Y no sé qué más, pero «de las mil putas», y con un empujoncillo de propina. La plaza estaba llena de escolares uniformados o vacilantes, ellas, encima de unos zapatos de tacón de aguja de vértigo, abrazados, algunos, a sus instrumentos musicales para el ir y venir de sus machacones desfiles patrióticos. Horas y más horas de charangas y desfiles.

En situaciones de estas siempre me acuerdo de Leo Ferré y de su canción La Mélancolie

C’est se r’trouver seul
Plac’ de l’Opéra
Quand le flic t’engueule
Et qu’il ne sait pas
Que tu le dégueules
En rentrant chez toi

y tú te cagas en su muertos cuando regresas a tu casa… Es igual, ahí está la foto que quería de la entrada atestada del lugar.

Sacar fotos en las calles de La Paz es una especie de deporte de alto riesgo. Sé dónde sacar y dónde no, y a quién es inútil pedirle permiso. Habré sacado unos cuantos miles de fotografías a lo largo de diez viajes, pero no diré que no haya tenido incidentes: con policías, con maleantes, con coqueras, con comerciantes, con un afilador, con quien pasaba por allí o con ese al que el cuerpo le pedía sangre, sobre todo con este, en cuanto te veía con una cámara en la mano. Hubo una época en que estaba prohibido sacar fotografías de mercados y otros lugares. Lo cuenta Christopher Isherwood en El cóndor y las vacas.

Ahora sospecho que lo que está atrapado en la red de esos miles de imágenes es mi visión de un mundo que he intentado describir en Chuquiago, Deriva de La Paz y en Cirobayesca boliviana. Un relato fragmentario y unas piezas documentales que pueden hablar por sí solas, no lo dudo, pero a las que siempre les faltará mi relato: el por qué, las circunstancias, el momento, el humor de quien aprieta el disparador. Me he engañado pensando que esas fotografías sustituían con ventaja el cuaderno de apuntes o el diario de viaje. La fotografía de campaña nos está volviendo perezosos de mirada. Y aun así qué difícil resulta sustraerse a la tentación del enfoque y captura de lo que te maravilla, abruma o sorprende, una cosa es la teoría y otra la práctica.