Amanecer en La Paz, otro.

El caserío enladrillado de La Paz, hacia Tembladerani y La Cela, de El Alto. De un color un otro lo he ido viendo cada mañana desde la ventana de mi alojamiento, en las últimas semanas, un mes ya en esta ciudad, lleno de citas, conversaciones, idas, venidas… En cualquier momento voy a escuchar la campana del regreso. Mientras, preparo una charla que debo dar mañana en el Círculo de la Unión sobre cuatro visiones de Bolivia de otros tantos escritores españoles singulares, cada cual a su modo: Ciro Bayo, Eugenio Noel, Agustín de Foxá y Giménez Caballero. Me asombran los cuatro artículos que escribió Foxá porque equivalen a cuatro tomos, por su intensidad y sensibilidad: atrapó Bolivia con su prosa y percepción de las cosas. Habló del suicido por tristeza que acompaña al sonido libre de la quena y del verbo tristear, yo tristeo, tú tristeas, y de la coca y del olvido, o de algo más hondo, del secreto del pasado y sus grandezas precolombinas en el silencio indígena. Me asombran los delirios alucinados y apretados de erudiciones cruzadas de Gecé que veía su España hasta donde no estaba, maravillado, deslumbrado por el paisaje y el poso de la historia… y pienso que, en comparación, nuestras crónicas son bien pobres, demasiado kodaks, y que ignoramos esa fantasía con la que penetrar en las cosas y en las vidas que nos son ajenas.
En unos días dejaré de ver ese paisaje urbano de entrañas insospechadas y volveré al mío propio, hecho de bosques y de libros, y empezaré sin duda a echarlo en falta y a recomponerlo para contármelo de la mejor manera posible, para acomodarlo a una nostalgia festiva que puede encender páginas que necesito escribir acerca de lo aquí vivido de manera intensa.

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Con Alex Ayala en la plaza Abaroa

Esta mañana había quedado con Alex Ayala Ugarte, un personaje categoría, en la misma cafetería de la plaza Abaroa de La Paz, en la que nos conocimos hace años. Alex es un vitoriano que lleva dieciseis años en La Paz y ha escrito sobre la ciudad y sobre Bolivia libros memorables. Hemos tomado unos tomado cafés y mantenido una intensa conversación sobre mutuos proyectos literarios y de vida. Alex es de un optimismo contagioso y de una asombrosa capacidad creativa, imaginación y ojos de pájaro para ver la realidad, el mundo en torno, para escudriñar sus rincones. Me ha regalado su último libro Rigor Mortis. La normalidad es la muerte, del que aquí se hablará cualquier día de estos. Al salir, y antes de despedirnos, hemos pasado por delante de ese torno que subsiste en una institución infantil cercana a la plaza, en el centro de la ciudad, en una calle de mucho boliche de trago, jazz, fusiones varias… Triste, acongojante.

 

Callejero paceño

Esta mañana me eché a la calle para comprar ají picante (mucho), bien lavado y molido. Fui a comprárselo a una casera de la Max Paredes que hace unos años me enseñó como prepararlo para incorporarlo a los guisos de arroz y otros, y me ha proporcionado cada semana mi nostalgia boliviana. La mujer, en el setentena, ha estado muy simpática y me ha explicado sus métodos de moler ají en batán para que salga limpito. La recordaba afable, pero hoy me sonreía coqueta mostrando una dentadura profusamente decorada con estrellitas y corazoncitos de oro. A las buenas hemos quedado, me ha dado la manita y me ha encomendado al Señor para que me proteja en mi viaje. De eso me he acordado un rato después cuando en la plaza de San Pedro he oído las soflamas apocalípticas de dos predicadores al paso que biblia en mano amonestaban, desgañitándose, a todos y sobre todo a nadie, como perdidos sin remedio, desde el llamado Kiosco de los Mariachis. Sobre la plaza caía un sol abrasador.

Hay veces que patear La Paz, aturde. Estos días, por ejemplo, a ritmo de petardos, gritos, matracas –hechas con botellas vacías de refrescos y piedras–, bloqueos… Hoy merodee por las calles Burgoa, Lara y Boquerón, muy de mercadeo callejero, de piso de cantos rodados pulidos por el roce, embalajes de cuerda y paja, azules las chawiñas, los mandiles, las tribunas y los tendales… azul cielo, paceño. Casi todos los puestos estaban cerrados y las caseras sentadas en el suelo cortando las calles con unas grandes banderas bolivianas de lado a lado. Luego han cortado el centro de la ciudad, petardo va, petardo viene, con una marcha de miles de comerciantes al detall… A las protestas bolivianas hay que mirarles las trastiendas, a todas, y en muchos casos hacer orejas de mercader.

 

 

Arte callejero… y Víctor Hugo Viscarra

Me lo encontré esta mañana en una calle con olor a aguas servidas y fruta en descomposición, y a su vista me acordé de algo que me contaron el otro día relacionado con el inevitable Víctor Hugo Viscarra (Borracho estaba pero me acuerdo): en la época en la que la policía le protegía, trabajó para esta recopilando pintadas callejeras, murales, muestras más o menos artísticas o jeroglíficas de las paredes donde gritan o silban o sonríen los que no tienen otro lugar donde hacerlo.

Ciro Bayo y Pío Baroja, en La Paz.

Mañana tengo que hablar de Ciro Bayo y de Pío Baroja en la carrera de Literatura de la UMSA paceña, gracias a la generosidad de la profesora Ana Rebeca Prada. No sé si me sobra soroche o me faltan ganas para hablar de ese asunto, o va a ser hacerlo de algo que me va quedando cada día más lejos porque los reclamos de mi tiempo y mi escritura son otros. Cierto que les he dedicado a ambos autores varios trabajos, el último Cirobayesca boliviana, sobre la estancia de Ciro Bayo en Bolivia, pero también es cierto que Baroja me interesa cada vez menos y que de Ciro Bayo me interesa más su enigma biográfico que sus estrictas páginas literarias sobre Bolivia. ¿Por qué se siguen leyendo esos autores o por qué siguen estando presentes en el panorama literario español tan proclive a celebrar el pasado y cicatear el presente? Tal vez sea de eso de lo que merezca la pena hablar; sin contar con que hacerlo de esos dos escritores a estudiantes bolivianos de hoy sea poco menos que relatar empresas de extraterrestres. Mañana se verá.

Carta desde Bolivia

Ahora mismo no recuerdo si fue Cioran quien dijo que las utopías venían anunciadas por ángeles trompeteros que difundían a los cuatro vientos las bondades del negocio que se traían entre manos, y acababan con esos mismos ángeles que dejaban a un lado las trompetas y echaban mano de las metralletas. De eso me estoy acordando estos días en Bolivia, donde cunde un intenso rumor de fronda opositora al gobierno de Evo Morales y al proceso de cambio. Son ya muchos colectivos y movimientos sociales los que se han echado o se van a echar a la carretera y a la calle, empezando por los temibles campesinos de Achacachi, en la región de Omasuyus, liderados en buena parte por el katarista Felipe Quispe, el Mallku, que fue uno de los que puso a Morales en el lugar en el que está y que ahora sostiene que esta es una dictadura más dura que una bota militar. Todo un personaje, con maneras de caudillo milenarista o así visto por muchos de sus seguidores. Ha organizado una marcha multitudinaria desde la región del lago (Omasuyus) con intención de llegar a La Paz y ocupar sus calles. Se dice que en las últimas horas se le ha unido, para formar un frente común, el ex presidente de la República Carlos Mesa Gisbert, una personalidad política que en los últimos meses ha cobrado una relevancia política indiscutible, gracias a su sobresaliente intervención en el conflicto del mar con Chile. Pero esto es posible que solo sea uno de los últimos bulos que corren de manera interesada para provocar el desconcierto.

Así las cosas –auspiciado o no el ambiente de revuelta, y de manera ritual, por la Embajada de los Estados Unidos–, parece ser que vienen semanas de bronca callejera, bloqueos de carreteras, marchas, petardos y dinamitazos… y de que cunda el inveterado miedo paceño al «cerco», por parte esta vez no solo de los ponchos de Achacachi sino de cocaleros de Yungas, indígenas originarios de la Región de Tipnis, maestros, comerciantes… Resulta irrelevante que esto sea o no cierto. El objetivo, no por esperado es menos sorpresivo: tumbar a Morales. Frente a los defensores a ultranza del proceso de cambio emprendido hace ya años por Morales y los movimientos sociales, se ha ido extendiendo un descontento social, basado en hechos reales, pero también en bulos disparatados y constantes: corrupción institucional cierta –uno de los frentes de ataque hechos públicos por el Mallku –, y junto a esta, las manos negras, el racismo nunca resuelto, el hacer correr la paranoia de la vigilancia y la policía política en manos cubanas y venezolanas, el fantasma del «narco Estado» y sobre todo el «no hay dinero», y junto a este, el más extendido: «esto va a acabar como Venezuela»; algo que contrasta de manera chocante con el nivel de vida de una clase media alta y con el incesante comercio de bienes materiales en manos de una clase chola a la que parece no importarle otra cosa que su impresionante volumen de negocio, uno de los sostenes de la economía boliviana.

Dicho lo cual, añadiré que no soy un politólogo, que Bolivia me parece un avispero de consecuencias imprevisibles si lo pateas y que resulta triste ver en qué se ha ido convirtiendo aquella utopía social, indigenista, integradora, modernizadora… No sé si el deterioro viene de dentro del sistema político de gobierno o desde fuera, con la creación de un progresivo descontento social hábilmente manejado o por esa hartadumbre que no hay gobernado que tarde o temprano no sienta hacia sus gobernantes. Pero el resultado es que el encantamiento y el entusiasmo por ese régimen teñido de utopía que se puso en marcha hace ya once años, ha empalidecido mucho y que cunde el descontento y una sorda cólera social, azuzada de múltiples quejas. Que esto se inscriba en un publicitado descalabro de la izquierda latinoamericana es otra cosa, ya no se trata de logros o de fracasos, sino de que caigan una detrás de otra todas las opciones políticas basadas de cerca o de lejos en utopías socialistas. Por mucho que la policía no quiera actuar, el futuro inmediato no huele a humo de inciensos y palo santo, sino a pólvora y a gases lacrimógenos.

Melancolía del Café Ciudad

El Café Ciudad, de la plaza del Estudiante, de la ciudad de La Paz, es un café que abre las 24 horas del día. Era un lugar pintoresco, bullicioso, en el que te podía pasar cualquier cosa y se ha convertido en un lugar siniestro, deteriorado y a veces desierto. He visto en ese local peleas memorables: borrachos, predicadores, prostitutas, travestis, familias en derribo, arreglos de cuentas… Una vez pedimos un café expreso, de máquina, sencillo, y nos dijeron que se les habían acabado que ya solo les quedaban los dobles: «¡Qué nos estás mamando hermanito!»

El Café Ciudad está cerca de mi alojamiento y en otros viajes solía ir al caer el día a comer algo. Escribí mucho en esas mesas, bajo esa luz verdosa. Una vez pensé que era la última   y no ha sido así. Ya no sé si el lugar ha perdido su encanto descalabrado y bullicioso de botella,  o a mí se me han ido las ganas.

Los últimos encuentros amables que he tenido en el Café Ciudad han sido con el poeta Humberto Quino y con Martín Zelaya y otros amigos.

Un día te das cuenta de que te roban en las cuentas nunca claras, impresas casi sin tinta y destinadas a borrachones a los que el alcohol y la presbicia nublan la vista, y se convierten de ese modo en presa fácil. Artistas pues en el arte de cobrar dos veces lo consumido o de cobrar lo nunca pedido, pero en los barullos ya se sabe, y aparece en escena la violencia y los malos modos, y te das cuenta de que, como con los cogoteros, el objeto social del negocio no es darte de comer y de beber, sino rastrillarte. Melancolía de cuando te das cuenta de que las sonrisas ocultan en triunfo de haberte mamado, verbo este genuinamente boliviano que flota en el aire de la ciudad vayas por donde vayas: mamar, engañar, sisar, estafar, sacar ventaja con embustes… Hay que acostumbrarse y hay que tararearse La mélancolie, esa canción genial de Léo Ferré
LA MELANCOLIE
C’est se r’trouver seul
Plac’ de l’Opéra
Quand le flic t’engueule
Et qu’il ne sait pas
Que tu le dégueules
En rentrant chez toi

Ciro Bayo y el tambo de Socabaya

En el mes de nero de 1893, CirBayo y Segurola, trotamundos, dromómano, escritor y poeta,  llegó a Sucre, a lomos de una caballería y con un cartel a su espalda que publicitada la hazaña que había proyectado: ir de Tucumán a Chicago a caballo para participar en la Exposición Universal Colombina que se celebraba ese año. Venía roto del camino recorrido y poco menos que con una mano delante y otra detrás, lo que le obligó a buscar alojamiento en un tambo, el de Socabaya, una posada pública para arrieros y mercaderes, almacén de mercaderías también, que estaba en los claustros o patios ruinosos de antiguo convento de San Agustín, desamortizado por el mariscal Sucre, quien  convirtió la iglesia en teatro, como el Omiste de Potosí. El tambo estaba muy cerca de la plaza del Khatu, donde se prodigaban herboristas y médicos kalawayas, que él llevaría a uno de sus relatos de viaje… Hoy el tambo es el colegio don Bosco, inaugurado en 1896, el año que Bayo deja Sucre para dirigirse a Villa Bella y Riveralta o La Cruz… asunto este del que me ocupo en Cirobayesca boliviana, el trabajo que le he dedicado a Ciro Bayo en los últimos años.  Bayo contó su vida en Bolivia como le convino, e hizo bien, pero dejó muchas zonas en sombra, y no relató de manera cabal ni sus polémicas ni su vivir entre dos fuegos sociales y políticos, los de liberales y conservadores, que desembocarían en la Guerra Federal.
A estas alturas me pregunto a quién le puede de verdad interesar ese escritor de la generación del 98, por decir algo, un raro entre los raros, en medio de un siglo de terrores, conflictos, migraciones, amenazado con la llegada de unos nuevos bárbaros que no es que estén a las puertas, sino dentro de la Ciudad. Ahora, las erudiciones son un lujo, una forma de supervivencia, una construcción cada vez más fantástica y surrealista, como sostenía Steiner. Me ocupo de Ciro Bayo en un país convulso, Bolivia, amenazado desde dentro por aquellos que hasta ayer eran sus valedores, convertidos de pronto en una oposición feroz y sorpresiva. Me ocupo de Bayo para lectores de un país, otro, el mío, en tan prolongada descomposición que esta misma es el fundamento del Estado.
Tal vez sea esta la última vez que me ocupo de investigaciones de medio pelo. No es mi oficio ni probablemente mi mundo. Se me ha acabado el tiempo para los juguetes literarios. Frente a reminiscencia, creación, invención. Frente al viaje ajeno, el propio viaje.

 

Ciro Bayo, sir Evenyn Wood y la coca

No sé cuál es el misterio de esas llaves prendidas en una de las puertas de la catedral de Sucre. Mañana pregunto. He pasado toda la tarde y buena parte de la mañana en la Biblioteca Nacional huroneando en papeles que tienen que ver con la estancia de Ciro Bayo en Sucre, entre 1893 y 1895, y en el Madre de Dios, entre 1895 y 1897, de donde no contó prácticamente nada del ambiente de violencia que, por fuerza, vivió de muy cerca, ni de quién era en realidad su empleador.
En Sucre, Bayo publicó una revista cómico-literaria, El Figaro, en la que hoy he encontrado un suelto asombroso. Relata Bayo, en 1894, que el general inglés, sir Evenyn Wood, acababa de experimentar, en las maniobras de Alderhost, con soldados voluntarios, el acullico  de hoja de coca, remojada en agua con llujta. El objetivo era ver cómo soportaban la sed. Hubo soldados que rechazaron el sabor amargo de la hoja, pero otros estuvieron encantados. Los resultados fueron tan satisfactorios que el general había elevado un entusiasta informe al alto mando británico para promover la propagación de la hoja de coca mascada no ya en los ejércitos y la marina militar y mercante de todos los países, sino entre la población rural… no sirvo para investigador, me tira sin remedio lo pintoresco, la excrecencia, el mueble de los muchos cajones, llenos o vacíos.

 

A un viejo púgil (De Jorge Teillier) en Bolivia

Revistas color sepia, programas de matches estelares,
el par de guantes firmados por el Presidente
cuando ganó el Campeonato
colgados junto al retrato de la Difunta
lo hacen buscar la gloria del Álbum amarillento
y mientras hierve el agua en el anafe
va recordando la cara del público y sus rivales
a quienes el tiempo les ha contado diez.

La tarde cuelga frente a su ventana
como una raída y sucia bata de combate,
y él vuelve a bailotear en el ring,
siente ovaciones en la tarde muerta.

No crean que está solo
mientras prepara el café
y hace guantes frente al espejo
que le muestra su nariz rota y sus orejas de coliflor.

Todas las tardes regresan sus admiradores
que en la estación se empujan para llevarlo en hombros
a la vuelta de su gira triunfal
y lo dejan en la primavera del césped de pez—castilla
donde —como le prometió a su madre—
sueña que ha esquivado —sin despeinarse— los golpes del olvido.