La balada de una alegre travesía (Pablo Cingolani)

La balada de una alegre travesía
 
 
 
“… y toda cercanía se ha hecho piedra”.
Rilke: Libro de la Pobreza y de la Muerte
 
A Miguel Sánchez-Ostiz
 
Recuerda, recuerda siempre, compañero:
A las montañas no sólo las admiras
Las sueñas y las seduces en su belleza cautiva
En su infinito estar siendo montañas
 
A las montañas, a los cerros, compañero: las amas.
Sientes su amparo sin límites, penetras en esa soledad
Que cobija tanto amor que te pierdes, te ausentas de vos
Te alejas de tormentos, de pesares, de dolores
Y luego vuelves. Regresas para, simplemente, amarlas.
 
El amor por las montañas es el más puro
El amor por las montañas no tiene igual
El amor por las montañas –como todo verdadero amor
No pide nada, no se angustia, no cede, no ceja
Comulga para sí y sólo con sus grietas
Que se colman de bondad, nunca desasosiego
Siempre con paciencia, clemencia, virtud
Pasión, silencio, sabiduría
Jamás vanidad, jamás esa soberbia que lacera
El alma.
 
¿Has visto lo que sucede mientras caminas y caminas
Y te afanas y te sientes parte del reino de las piedras?
La montaña te enseña, te va enseñando eso:
Sentir el horizonte adentro tuyo
Llenarte los ojos con quebradas que se elevan
Desafiando lo imposible
Saber de la ternura que esconde cada roca
Respirar esa vida que no es hastío ni temor, sino esa celebración
Que se perpetúa en las cañadas, se revela en cada huella, cada peña
Pisar fuerte las moradas de lo sagrado
Saber que lo sagrado se roza, se acaricia, con las manos
Darte cuenta que eso es tan real como la flor de un cactus
Como el anhelo de llegar hasta el collado
Como cada paso que das
Dentro de esa eternidad momentánea
Que sólo la montaña acuna
Que sólo la montaña guarda
Para aquellos que se animen a buscarla
A encontrarla. A sentirla.
Para todos aquellos que se atrevan a amarla.
 
Pablo Cingolani
Río Abajo, 17 de agosto de 201
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