Vuelta de San Juan de Luz

IMG_0001A los sitios donde dejaste una casa atrás es mejor no regresar jamás, como no sea por el famoso gusto de anegarse el alma en bilis negra, muy poética, es posible, pero venenosa.

Hacía no sé cuántos meses que no pisaba San Juan de Luz. Si he caído esta tarde ha sido por accidente digamos, porque últimamente casi todo me sucede por accidente. Siempre me acerco al puerto, a ver los barcos de pesca y la casa de Maurice Ravel, al fondo, en Ziburu. Ha empezado a llover y he ido a refugiarme en un poyo a cubierto que me resulta familiar, pero me he econtrado el sitio ocupado por  un ramo de flores en honor de un montón de corsarios de la localidad y adheridos (el último Itxabe Pellot) y no me ha parecido oportuno sentarme encima del ramo a esperar que escampara. Hace cuarenta años el callejeo de San Juan de Luz era para mí de lo más novelesco (Los papeles del ilusionista, La caja china, Mundinovi…); hace treinta también. Luego, poco a poco, toda esa mandanga de la vida no vivida, la de la saudade, se fue viniendo abajo de manera silenciosa o con estrépito. Ahora que han ido muriendo mis personajes literarios y a otros, profesionales de la trampa, hubiese preferido no haberlos conocido nunca, el callejeo tiene menos gracia, por no decir que no tiene ninguna. Hay gente que cree que la trampa forma parte del juego y hasta le llaman a eso «ética vasca» y citan al aita Barandiaran para apoyar la estupidez y llevarse el monto de la partida sin que nadie rechiste. No me gustan los tramposos. «En la mesa y en el juego se conoce al caballero», era una leyenda de trinquete. En el frontón se aprende mucho. El San Juan de Luz que conocí ha desaparecido casi por completo: libreros de viejo, libreros a secas, chamarileros, cafés antiguos y cafetines (alguno queda por detrás del mercado, donde vivió Indalecio Prieto), bistrós invernales con ostras a la puerta, algún que otro bar de trueno, cines… pero sobre todo han desaparecido los personajes que representaban su particular guiñol en esos escenarios, yo mismo, el que fui de manera irremediable. Tiempo, bebido a golletazos, sin respirar, hasta que el diablo aparece en el fondo de la redoma, y tomamos la espuela, para el camino, y nos vamos yendo, y como no sea por accidente, formamos intención de no regresar.

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