Un soñador de confines (Michel Le Bris)

No hay tiempos buenos o malos para soñar con confines, aunque algunos, por sombríos y porque pueden acabar contigo haciéndote perder el alma, sí sean más propicios que otros. Soñar con confines es un vicio, una manía, que viene de un desasosiego, de una inadaptación, que no tiene que ver por fuerza con la necesidad de escapar de un medio opresor, sino de una curiosidad febril que te empuja hacía el là-bas donde la mayoría dirá  que «allí no se te ha perdido nada». Lo cierto hay momentos de desolación y desasiego, de indignación y de tristeza en que quisieras estar lejos solo para encontrar tu verdadero lugar en el mundo: lejos, allí donde tienes el mejor sitio posible, el de quien pasa y se va, enriquecido por los encuentros o desaparece para renacer en otra geografía: «Necesidad de otro lugar,  necesidad de los otros. Si hay una enseñanza del viaje, es al menos esta: que el camino más corto que uno y uno mismo, y por otra parte el único, es el encuentro con el otro. Un lugar no llega a ser tal más que por el modo en el que los hombres, al hilo de los siglos, lo han habitado, o soñado: eso que se llama «una cultura», Ignorarlo es condenarse a no ver nada, o casi»

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¿Y ahora qué?

DNC6FRKW4AA259u.jpg_largeLa República catalana proclamada (o algo así), por un parlamento disuelto a estas horas, y el rodillo del artículo 155 de la Constitución echado a rodar dispuesto a aplastar todo lo que suene a rebelión. Tengo serias dudas de que las elecciones convocadas por el Gobierno para el 21 de diciembre sean la solución a un problema de fondo que no ha hecho sino acrecentarse en los últimos meses y que va a cobrar mayores proporciones en cuanto la fiscalía presente su querella contra todo el Govern con la segura garantía de que sus medidas, más ejemplares que cautelares, van a ser atendidas por la magistratura. Más bien creo que esa convocatoria no pasa de ser una demostración de fuerza del poder del Estado y en la práctica una humillación a los independentistas catalanes. A lo anterior habrá que añadir las muchas medidas de fuerza que, amparadas por el artículo 155 de la Constitución, irán aplicándose conforme se desarrollen los acontecimientos y aparezcan en escena las respuestas al Gobierno de Madrid, protagonizadas por quienes tienen la resistencia como programa inmediato y con dos líderes cualificados ya en prisión.

Esas elecciones catalanas están en vilo desde el momento mismo en que han sido convocadas. Está por ver si van a ser aceptadas por los partidos independentistas abanderados tras la declaración de la República catalana, que era su objetivo prioritario desde que obtuvieron su representación parlamentaria; esto al margen de que puedan ser silenciados y proscritos por quien se ha hecho por decreto con las riendas del Gobierno catalán.

«¿De verdad creéis que dos millones de personas van a desaparecer porque digáis que vais a aplicar un artículo?», preguntó el honorable Albano-Dante desde la tribuna del Parlament, en referencia a los votantes del referéndum del 1-0, celebrado en condiciones extremas y nada propicias. Aceptar esas elecciones convocadas de manera extraparlamentaria y desde Madrid, supone en la práctica declinar la declaración de independencia. No creo que una abstención masiva eche para atrás a los «constitucionalistas», es decir a quienes se han apropiado de la Constitución de 1978 como única válida y como blocao de resistencia frente a cualquier cambio, por mucho que la sociedad no sea la misma de entonces, tal y como expuso días pasado el diputado Manuel Monereo en una brillante intervención parlamentaria: necesitamos una nueva Constitución, ahora más que nunca, porque la actual aparece más como un antifaz de ocasión para las trapacerías de los gobernantes que como un texto legal de referencia para todos los españoles. Tal y como acaba de decir la fiscal del caso Gürtel, y por su causa, el daño causado «tendrá una costosa reparación social», algo que puede extenderse a toda la política practicada por el Gobierno en los últimos años.

La confrontación social está servida y el callejón sin salida más cerrado que nunca. No son dos ideas políticas enfrentadas, sino dos formas de vivir. La fractura social es un hecho que se elude tanto que hasta se nombra con dificultad. No hace falta que esa confrontación sea violenta en extremo, ni que haya brotes de vandalismo patriótico consentido aquí y allá –esos matones fascistas que en Rumanía llamaban húligans–, porque con la violencia del vivir a diario a cara de perro y su veneno, basta. Eso no se va a arreglar con un flamear de banderas.

Esta situación que vivimos tiene difícil compostura y hasta dudo si el fin último de unas necesarias elecciones generales no sería otro que el restaurar el sistema, intentar volver atrás, en lugar de un cambio social y abrir un proceso constituyente acomodado a la actualidad, a los cambios sociales y al deterioro institucional… Dudo que ese cambio constitucional, y de modelo social y político con él, esté en el programa de ningún partido político que no sean los aborrecidos nacionalistas periféricos o la izquierda parlamentaria siempre ridiculizada, no el PSOE, con el que se ve que no se puede contar para gran cosa, no desde luego el actual Gobierno ni sus socios, convencidos de que la única solución a la fenomenal crisis social que estamos viviendo es la imposición, la fuerza, el sometimiento… olvidan que no se puede gobernar un país uniformando al disidente con camisas de fuerza.

*** Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias, 29.10.2017

*** L’Esperit Català, de Antoni Tàpies, 1971, qué lejos va quedando todo. El baile de los símbolos.

 

«Le Modiano nouveau est arrivé…» (Souvenirs dormants)

«A medida que pasan los años, acabáis sin duda por desembarazaros de todos los lastres que arrastrais y de todos los remordimientos»… No estoy tan seguro y tampoco de que la escritura ayude mucho en esa tarea, al revés, es posible que sea su principal acicate, a riesgo de queda siempre en grado de tentativa.

Ahora no recuerdo con precisión si fue el crítico Bernard Frank (un incondicional de Modiano por otra parte) quien hablaba de que cada nuevo Modiano era el mismo Modiano.  No es la primera vez que Modiano recurre a esos «recuerdos durmientes» que un día, como jirones de un sueño inquietante regresan a la superficie e invitan a darles sentido. Poco de nuevo entonces, como de costumbre, en Souvenirs dormants y sin embargo algo te lleva a no abandonar el  caminar sonámbulo del autor en una niebla de recuerdos, menos espesa de lo que se presenta, hasta la última página, tal vez  porque esos recuerdos durmientes que afloran, al hilo de un encuentro callejero o del hallazgo de una anotación en un papel olvidado, pueden ser los tuyos: gentes que Modiano conoció en su juventud desarbolada y que pudieron destruirle de no haber conseguido escapar. La necesidad de escapar de las relaciones de ocasión sería el hilo conductor de esta deriva:  cómo salvarse de los encuentros azarosos que pueden acabar contigo. Gente que conociste en el pasado y que llevaba la ruina o la muerte consigo, la de la historia de Modiano y la de la tuya. Basta haber rozado la desarboladura existencial para saberlo.

Birds in the night

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Un día es Luis Cernuda, otro García Lorca y ahora Miguel Hernández en las manos sucias de aquellos que se niegan a anular indecentes procesos militares como el que llevó al poeta a la cárcel que le mató y condenar de frente al régimen franquista que envió al exilio sin retorno al español sin ganas, autor de «Es triste que fuera mi tierra», y asesinó en Granada al de «El toro de la reyerta / se sube por las paredes
Ahora es la Cifuentes, siniestro personaje, quien se ampara de Hernández para hacer política gubernamental. Aplauden lo que fue escrito contra ellos, banalizan lo que puede perjudicarles, honran a aquellos que representan lo contrario de lo que ellos son, de sus actuaciones y prédicas.
Luis Cernuda lo clavó en su poema Birds in the night, dedicado a las pompas  gubrnamentales, inglesas o francesas, en honor de Rimbaud y Verlaine, en el mismo lugar donde los poetas fueron perseguidos, encarcelados, execrados. Busquen, lean:

¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?
Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable
Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella,
Como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita
Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno
Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.
Tal vez exageraba: si fuera sólo una cucaracha, y aplastarla.

 

 

La bandera y su paisaje

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No, lo siento, no soy yo quien se repite, sino los acontecimientos diarios y con una alarmante tenacidad además.

La patria y su sagrada unidad está en peligro, banderas a la calle pues, altisonancias, bravuconadas… y tristezas, muchas. No hay quien no se sienta Don Pelayo, por lo menos, pero de que tenemos «el único sistema de seguridad social del mundo con patrimonio negativo», de eso ni palabra, y de que, en consecuencia, el sistema de pensiones ha entrado en el terreno del milagro porque esa misma situación en una empresa privada es causa de su disolución y cierre, de eso menos. Silencio, pero silencio total.

Han saqueado el fondo de pensiones. Catalunya pues, traición, sedición, cárcel para todos, y si no queda más remedio que hablar de Catalunya, entonces Venezuela y esas cunetas que no le importan a nadie porque, en efecto, ni los que en ellas yacen ni quienes tienen legítimo interés en dar con ellos cuentan para nadie en el mundo que quienes gobiernan y sus secuaces están construyendo. Con las últimas imputaciones por causa del sistema económico implantado por el PP, el del pelotazo (a escondidas) y tente tieso, pasa lo mismo. La bandera lo tapa todo, la bandera lo aguanta todo, como el pan de molde aquel que sacaban por la televisión.

Y si los ruidos patrióticos silencian las últimas novedades de la delincuencia institucional, más lo hacen con los delincuentes condenados y no encarcelados, por ese milagroso arte de birlibirloque que practican algunos tribunales españoles en beneficio del Gobierno y de quienes a su sombra han medrado, como si esto hubiese sucedido hace tanto tiempo que ha caído ya en el preceptivo olvido y en el desinterés que lo acompaña. Casos aislados todos, hilillos de plastilina. Esas actuaciones judiciales trasmiten un peligroso mensaje: los autores de las fechorías delinquían, pero tampoco mucho, no siempre lo legal va de la mano del «así es como se hacen las cosas, ya sabes», y además hacían patria desde sus puestos de gobierno o a su sombra adheridos. Por no hablar de lo que a todas luces se trasiega en las trastiendas: ese comercio de secretos, beneficios, faroles y manos sorprendentes. De pronto unos, cuando se ven con el cieno de su condena al cuello, acusan en firme a quienes habían quedado fuera, mientras que otros que estaban dentro, retiran sus acusaciones y callan. Pongan ustedes los nombres. Son los protagonistas desgastados del siniestro guiñol en el que hemos vivido como si nada fuera con ellos.

«Hablarán los tribunales…» dicen los más cínicos. Cierto, solo que unas veces lo hacen a velocidad de vértigo, como si estuvieran azuzados por el cómitre de alguna galera, y otras se lo piensan mucho, tanto que se les echa la noche encima y al final se pierde hasta el rastro mediático de los malhechores.

¿185 desahucios al día en el segundo trimestre de este año? Bandera, bandera y no se hable más. ¿13 millones de españoles en riesgo de pobreza o exclusión social? Nada, a desfilar, a la cabra, a repartir unas medallas y que le escriban un discurso al rey. De las cifras de paro no hablamos porque las oficiales son engañosas, cuando bajan hay campanas al vuelo, y cuando suben silencio total y bandera, así que vaya usted y pregunte a los interesados, a los parados de larga duración, a ver de qué viven, a ver qué dicen. El empleo precario no cuenta, la manipulación informativa es precisa para la cosa de la patria, como lo es que la desigualdad social sea cada vez mayor porque es necesario que la clase dirigente se enriquezca para que siga siendo la que lleve las riendas y la sociedad funcione… algo así dicen, algo así se les oye. La precariedad sanitaria y los escándalos a ella unidos son casos aislados que, como mucho, nutren alguna página de sucesos o de «¡Qué mundo!». ¿Y los suicidios? «Nada, hombre, leyendas… ¿Diez al día dice usted? Será por capricho, por enfermedad, nada que ver con ese vivir ahogado del que solo hablan los rojos, los populistas y los secesionistas…» Aquí lo que cuenta es la bandera  y el artículo 155 de la Constitución, ese que pocos han leído, aplastar la rebelión catalana, hacerles ir a morir al palo, encarcelar a los mossos y a todos, verlos humillados con capirotes y sambenitos, procesos, mucha cárcel… y así, con furia en vena, vamos tirando, callejón sin salida adelante.

*** Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias 22.10.2017

**** La imagen es una ilustración de Clément Serveau para Voyage au bout de la nuit, de L.F. Céline (1935).

Irse por las ramas

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Por las ramas… o a secas. La tentación es grande, pero no te vas, sino que te quedas porque no te queda más remedio, porque no es tan fácil poner tierra de por medio.

Digo que escribo de la actualidad (más rabiosa que nunca) porque no me queda más remedio, pero quizás no sea solo por eso. Sé que detrás hay un sentido de la libertad, la justicia, la fraternidad elemental, la indignación ante lo que considero atropellos que  tal vez no pueda compartir con todos mis lectores, de la misma forma que yo no asumo por fuerza los suyos.
Veo a mi lado las carpetas de trabajos en marcha y, salvo los dietarios de los años 2016 y 2017, ninguno tiene que ver con esta actualidad que nos zarandea enconados. ¿Voy a lo mío o me parapeto en las ruinas de una torre abolida? No lo sé con certeza porque también percibo que esa actualidad rabiosa acaba colándose de frente o entre líneas en mi escritura. ¿Puedo, por el hecho de dedicarme a la escritura,  aportar algo de claridad al debate general y no solo porque el alcance de mis trabajos sea por fuerza limitado? Lo ignoro, de veras que lo ignoro, porque aunque no lo parezca,  no siempre son aburridas arengas airadas, sino necesarias voces de socorro, al menos para mí. ¿La sorna, las palabras vitriólicas, que sí, que son las mías, ya sea en un artículo semanal o en un guiñol novelesco, tienen su origen en el desacuerdo radical con la realidad que me guste o no vivo? Es más que posible. No veo cómo puedo zafarme del bosque y no me zafo, pero no hago metateoría del compromiso del escritor hecho predicador o Espartaco. Ni exijo explicaciones ni las doy, con expresar mis perplejidades me conformo.

Tiempo de perros

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Estamos que mordemos. Es asombroso la manera en que nos desautorizamos unos a otros, poseídos de la verdad y el sentido de la historia. Temible ese inapelable  saber  cómo tienen que ser las cosas, tanto como el sentido de legalidad que unas veces es intocable y otras no, a conveniencia de parte. ¿De verdad que queremos vivir en paz o deseamos de poco secreta manera una hecatombe de bolsillo en la que participar de espectadores y que no nos arrastre con ella? Pugnas estas que no terminan en acuerdo porque no es costumbre, sino en una paz de vencedores y vencidos… y ya volveremos a vernos las caras en la próxima ocasión. Manera parcial, sesgada la mía de ver las cosas, pero lo cierto es que no puedo compartir ni fervores ni entusiasmos, aún sabiendo que en estas circunstancias el de simple espectador es mal papel, temores e inquietud en cambio sí. Tan difícil es hablar con independencia de criterio, con el corazón y cabeza, sin mirar al público ni temer al perjuicio social, como callar. Temo el sentido del orden, la legalidad y del uso de los métodos represivos que tienen quienes gobiernan. Descreo de sus métodos de gobierno y de su rectitud de intención. ¿Importa? Nada. Palabras perdidas en la Taberna de los Cuatro Gatos. Temo lo que está previsiblemente por venir, en lo público y en lo privado, eso es todo.

*** Imagen de Bucarest 2007, Kalea Plevnei

Fronteriza

mm8390_140919_11747_1800x1200Quienes argumentan a favor de una época sin fronteras, de una ciudadanía del mundo, de un internacionalismo sin barreras, parecen en cambio no ser enemigos de esas alambradas fronterizas que impiden la entrada en Europa de refugiados en estampida, con un coste cierto en vidas humanas, humillaciones, vilezas, maltratos… por no hablar de las burocracias delirantes de los permisos, visados y demás sobre los que no dicen ni palabra. Lo que en una palestra es argumento de peso, en otra es silencio y un obstinado mirar para otra parte. Ese abajo las fronteras suena a todo lo contrario que a desalambrar cortijos.

No era el mejor día

DSC_0119o tal vez sí para escuchar el ruido bronco del mar. Eso sí, he conseguido empaparme. No siempre estás de humor y menos en un día como este por mucho que camines –sobre la desobediencia escribe ahora, con éxito comercial, Frédéric Gros, el aplaudido apóstol del caminar: de la teoría a la práctica hay un trecho fabuloso–. Pienso que hace cinco años, cuando estaba escribiendo El asco indecible, una actuación como la de Rajoy proclamando la llegada de la tormenta del artículo 155 de la Constitución me hubiese enfurecido, hoy me ha producido más tristeza, desasosiego  y desesperanza que otra cosa. Hace ya tiempo que sostengo que pase lo que allí pase, nos va a salpicar a todos. Algo se ha roto estas últimas semanas o ha terminado de romperse, y el desgarro tiene mala compostura. Estamos en días de borrasca y de callejón sin salida, y no me complace escribirlo. Ayer me decía que no es lo más grotesco, porque es lo más habitual, pero tiene guasa que quienes contribuyen con su complicidad mediática a que, en efecto, esta sea una época poco propicia para lirismos convencionales y esteticistas, o para abstracciones académicas, son los que más celebran esta frase de Adam Zagajewski: «No es difícil percibir que nos encontramos en un momento que es poco propicio para la poesía»… Dicho al margen de que tal vez este sea un tiempo de verdad apropiado para una poesía de clamor (Léo Ferré), por mucho que Octavio Paz descreyera, con motivo sin duda, de ella (evito nombrarla poesía de combate) en «La otra voz. Poesía y fin de siglo». Vueleve esa utopía de la poesía que no sea un fruto perfecto, sino lo más necesario, gritos en el cielo y actos en la tierra (Celaya, 1969, lejos, mucho)

Cuestión de mirada

DSC_0089El atardecer de ayer tuvo momentos muy hermosos. Todo depende de la luz y de la propia mirada sobre todo, más incluso que del escenario. No está siendo un otoño muy de Verlaine ni de Trakl siquiera. Ojos vendados. Casi todo lo que no sea participar del ruido general, aunque no aportes nada, suena a frivolidad. El otoño y sus luces están ahí, pero tú estás en otra parte.