No era el mejor día

DSC_0119o tal vez sí para escuchar el ruido bronco del mar. Eso sí, he conseguido empaparme. No siempre estás de humor y menos en un día como este por mucho que camines –sobre la desobediencia escribe ahora, con éxito comercial, Frédéric Gros, el aplaudido apóstol del caminar: de la teoría a la práctica hay un trecho fabuloso–. Pienso que hace cinco años, cuando estaba escribiendo El asco indecible, una actuación como la de Rajoy proclamando la llegada de la tormenta del artículo 155 de la Constitución me hubiese enfurecido, hoy me ha producido más tristeza, desasosiego  y desesperanza que otra cosa. Hace ya tiempo que sostengo que pase lo que allí pase, nos va a salpicar a todos. Algo se ha roto estas últimas semanas o ha terminado de romperse, y el desgarro tiene mala compostura. Estamos en días de borrasca y de callejón sin salida, y no me complace escribirlo. Ayer me decía que no es lo más grotesco, porque es lo más habitual, pero tiene guasa que quienes contribuyen con su complicidad mediática a que, en efecto, esta sea una época poco propicia para lirismos convencionales y esteticistas, o para abstracciones académicas, son los que más celebran esta frase de Adam Zagajewski: «No es difícil percibir que nos encontramos en un momento que es poco propicio para la poesía»… Dicho al margen de que tal vez este sea un tiempo de verdad apropiado para una poesía de clamor (Léo Ferré), por mucho que Octavio Paz descreyera, con motivo sin duda, de ella (evito nombrarla poesía de combate) en «La otra voz. Poesía y fin de siglo». Vueleve esa utopía de la poesía que no sea un fruto perfecto, sino lo más necesario, gritos en el cielo y actos en la tierra (Celaya, 1969, lejos, mucho)

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