Vladimir Holan, en Praga

En diciembre de 2006 estaba en Praga, Ripellino y Patricia Runfola en mano. Fueron días de poca luz, de mucho caminar, de sol de invierno y de nieve. Al poco de llegar me eché en busca de la isla de Kampa, donde vivió Vladimir Holan, uno de mis poetas preferidos, gracias a las versiones de Clara Janés. Me gusta mucho esa imagen de la ventana de Holan encendida en la noche, como un faro, tal y como la pinta Seifert, al hablar de su amigo, aquel poeta encerrado en su casa, lector y escritor infatigable de poesía, insomniaco. Encontré las dos casas de Holan, junto al canal que forma la isla, y  de la puerta de una de ellas me llevé un pequeño adoquín blanco que estaba suelto en el suelo. Reliquias. Tengo muchas. Irán al chirrión. No importa, tambien los recuerdos de lo vivido se desvanecen y las fotografías son un pobre auxilio, y las notas de las libretas se vuelven indescifrables. Importa el recuerdo de aquellos días, por muy vago que sea, y sobre todo los poemas de Hola, otoñales.

Cuando llueve en domingo y tú estás solo,
completamente sólo,
abierto a todo, pero no llega ni un ladrón
y no llama a la puerta ni el borracho ni el enemigo;
cuando llueve en domingo, mientras tú estás abandonado
y no comprendes cómo vivir sin cuerpo
y cómo no vivir puesto que tienes cuerpo;
cuando llueve en domingo y, sólo, no eres más que tú,
¡No esperes ni hablar contigo mismo!
Entonces el ángel es el único que sabe
lo que hay encima de él,
Entonces el diablo es el único que sabe
lo que hay debajo de él.
El libro sostenido, el poema al caer…

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