Mañanera de Auzkue

DSC_0345.jpegLlevo veintitidos años patiperreando por estos parajes. Creo que he subido a todos los montes de los alrededores y sé que es probable que a alguno de ellos, al Auza por ejemplo, ese imponente cubierto de nieve, no vuelva a subir. Se te hace tarde.  Eso sí, estoy seguro de que no he recorrido ni la mitad de las sendas y trochas que se pierde en la espesura y van de un sitio a otro, de un camino a una borda, de un caserio a un pueblo, a un prado, a un regacho, a una calera… quienes las usaban, lo saben.  Y ahí sigo. No sé hasta cuando. Hoy se oían lejanos los trompeteos de las grullas, los pasos resonaban porque la hojarasca estaba helada, de las castañas solo quedaba el erizo, el frío parecía verse en la lejanía.. Cuando estaba arriba, ha llamado D., desde Madrid. Estaba viendo entusiasmada una exposición de De Chirico. Le he dicho dónde estaba, en la cruz de Auzkue para variar. Extraña conversación. Supongo que en estos veintidos años me he perdido muchas cosas, pero habré ganado otras, sin duda. Esas son consideraciones vanas. No hay quien no hubiese podido llevar otra vida. Si lo miras bien y no te dejas, no hay tiempo perdido en vano y menos para un escritor. El otro día leía en Joan Fuster que él no necesitaba de Madrid para nada. No soy tan radical, porque me parece una ciudad imponente para patearla, pero todo ha tenido su tiempo.

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