Juan Carlos Calderón Romero, Arquitecto

IMG-20170901-WA0003«Si oscureces la foto no está del todo mal y es un buen recuerdo»… me  decía el arquitecto Juan Carlos Calderón, cuando le envié esa foto furtiva, sacada por un Ballivian travieso, mientras Juan Carlos me iba desgranando apuntes de su lectura de Chuquiago. Deriva de La Paz, con vista a una nueva edición, la que va a publicar La Línea del horizonte en breve. Estábamos en el Círculo de la Unión, de La Paz, después de un almuerzo con amigos –Agustín, Carlos, Mariano…– donde gracias a él di una conferencia días después sobre los viajeros españoles en Bolivia. No hubo tiempo para otro breve adio que el telefónico y luego los mensajes, hasta el silencio de ayer, que Juan Carlos falleció. Hizo mucho por mi libro, incordió a mucha gente, libreros, periodistas, diplomáticos… Creo que hicimos buenas migas desde el día que nos conocimos, en mi viaje del año 2009 y en casa del historiador Alberto Crespo Rodas –tal vez porque tenía antepasados navarros…–, y hemos mantenido una amistad entrañable, de muchas complicidades, carcajadas, gustos y disgustos compartidos… Daba gusto escucharle de su juventud en San Francisco, en los años sesenta, antes de que Scott McKenzie lanzara su canción, de las óperas en el Metropolitan Opera House, de los viajes mexicanos, de la obra de Frank Lloyd Wright, que aparecía como icono en varios rincones de su estudio, de O’Neil y de Tennesse Williams, de las acuarelas de Mario Conde… Tuve la suerte de que me mostrara La Paz, su La Paz, sus  propios edificios, sus luces, como el de la CAF, la Alianza, y otros ya emblemáticos de la ciudad, y el último, la Bolsa de valores, hace tres meses. Gracias a él conocí a gente que de otro modo no hubiese conocido, como el pintor Alfredo Laplaca o a Luis Zilveti.

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Hace cuatro años, cuando le operaron, hizo una visita de obra en silla de ruedas. Otros, a su edad, hace mucho que han tirado la toalla. Creía en su profesión. Mucho. «Un arquitecto es un monje con un mazo de lápices de colores en la mano», me solía decir  y lo llevaba a la práctica: sus dibujos minuciosos, sus proyectos más soñadores, sobre papel. Pero me digo que esa, mutatis mutandis, es buena para todo creador. Es de esa gente a la que echas de menos sin remedio. También somos nuestros muertos o estos forman parte de nosotros, o los tenemos a la espalda, o qué se yo. La pena.

 

 

 

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