«¡Qué pesadilla! Una pesadilla»

Eso es lo que dice la protagonista de  Die Unberührbare (Ningún sitio adonde ir), de Oskar Roehler, asomada a la ventana de un apartamento de las afueras de Berlín Este, un apartamento para escritores, mugre pura, en un barrio descalabrado, sórdido. Y añade: «Ahora no podré volver a dormir». Y tú recuerdas el «solo en el dormir hay misericordia», de Carlos Fuentes.
¿A dónde ir? Cuando te has perdido en tu propia vida no hay lugar a dónde ir, ni el encierro en la madriguera es suficiente porque no hay madriguera que valga, porque los asideros del pasado y del presente se han venido abajo, porque el fracaso es indigerible, porque no da cámara ni tiene prestigio alguno: es tóxico. Una escritora que ha envejecido, que no puede publicar, a la que dejan de lado, que naufraga en una incesante nube de humo y de trago y de somníferos, que no digiere los cambios políticos –son los días de la caída del muro de Berlín, 1989– que eran su ficción ideológica, su patraña, y que necesita  Ir a algún lado, empelucada, grotesca, más incluso que la máscara de la marquesa Casati de Van Dongen. El fracaso, los espejismos en que apoyar una vida y una obra, el momento de la verdad siempre pospuesto, siempre relatado de forma lo más ventajosa posible.

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