Territorios comanches

Todas las ciudades que tengan un casco antiguo en tránsito de descalabro, los tienen. Este mural de la Nabarreria, art street belfastiano, lleva ahí más de un año, tal vez dos. No lo borran, no multan al propietario, los servicios de limpieza que embadurnan de manera cansina todos los días las pintadas de la calle por la que entran los peregrinos a Santiago para que estos no vean que aquí las cosas son de otra manera a como les dicen, no lo tocan y no por falta de ganas, sino porque es propiedad particular, y alguien quita uno tras otro los carteles que lo ocultan. Lo que en unos lugares se persigue, en otros no. Misterio. O no, de misterio nada, son las leyes de tiempo. Para mí esa pintada dice mucho de la mentalidad de una parte de los habitantes o frecuentadores del barrio que hacen del mural bandera, no de otra, que también es vecina y frecuentadora, para la que es motivo de enojo y rituales afirmaciones patrióticas. Es un signo discutido de nuestra época, una trinchera social y política, una más, que alienta enconos y adhesiones. Nabarreria, territorio comanche. Cada vez me gusta menos,  por no decir que no me gusta nada, ese barrio que fue el de mis 18 y 19 años sobre todo, un poco antes y un poco después, el Tuenti y las buhardillas de los pintores, los Santos Óleos, o de los fugados de sus mundos familiares,  mucha reunión conspiratoria en torno a una botella de mol de batalla, humo, un poco de sexo sin hacer caso de Willhem Reich que aconsejaba no practicarlo vestidos, el despacho de abogados laboralistas del número 29, pero esto más tarde, en 1976-1977 ya, cuando empecé a ejercer de abogado… Tabernones, bajeras insondables, trasteros, tugurios, comercios desaparecidos, artesanos lo mismo, esteladas, tricolores e  ikurriñas en los balcones, el palacio de Rozalejo convertido en gaztetxe y a las horas puntas un cristo de aúpa de vario sentido, entre borrokas y pijos sopladores, y guiris que acuden al reclamo de una industria turística patética… la Nabarrería del Zestas y la historia de la pistola de M. (Souvenirs dormants), de la bodeguica de San Martín, del Zuriza, el jaco, de sus campeones, el Tino, el Perolas, el Tarzán, los pelotazos, las barricadas mínimas, los tiros, ha pasado a mejor vida, es otra, quedan algunos castizos como si fueran cheroquis, metidos en una reserva, que hacen lirismo con las calles que fueron las de su infancia. No es que estén en su derecho, sino que hacen santamente. Cada cual sobrevive como puede al paso arrollador del tiempo. He conseguido pasar por ahí como un turista, muy de cuando en cuando, y con algo que hacer entre manos, con mis recuerdos dormidos y despiertos. De pasada, ya de pasada, siempre de pasada, y a lo mío.

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